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Salmo 65 – Solemne acción de gracias 

Solemne acción de gracias

«Oh Dios, tú mereces un himno en Sión,

 y a ti se te cumplen los votos en Jerusalén,

porque tú escuchas las súplicas.

 A ti acude todo mortal

a causa de sus culpas;

 nuestros delitos nos abruman,

pero tú los perdonas.

Dichoso el que tú eliges y acercas

para que viva en tus atrios:

que nos saciemos de los bienes de tu casa,

de los dones sagrados de tu templo .

Con portentos de justicia nos respondes,

Dios, salvador nuestro;

 tú, esperanza del confín de la tierra

 y del océano remoto;

tú que afianzas los montes con tu fuerza,

ceñido de poder;

tú que reprimes el estruendo del mar,

el estruendo de las olas y el tumulto de los pueblos.

Los habitantes del extremo del orbe

 se sobrecogen ante tus signos,

y las puertas de la aurora y del ocaso

las llenas de júbilo.

Tú cuidas la tierra, la riegas

y la enriqueces sin medida:

la acequia de Dios va llena de agua,

preparas los trigales;

riegas los surcos, igualas los terrones,

tu llovizna los deja mullidos,

bendices sus brotes;

coronas el año con tus bienes,

tus carriles rezuman abundancia;

rezuman los pastos del páramo,

y las colinas se orlan de alegría;

las praderas se cubren de rebaños,

y los valles se visten de mieses,

que aclaman y cantan».

Hasta hace un par de meses no conocía este salmo y me ha impresionado mucho. Comienza diciendo “A ti se debe la alabanza en Sión”, porque la promesa se ha cumplido, ¡la muerte ha sido vencida! El hombre —como dice el salmo 50, “en la culpa nací, pecador me concibió mi madre”— desde que nace es esclavo del pecado. Ha heredado este pecado original que es la soberbia, el creerse señor de su propia vida, que no necesita a Dios porque su ego ya está lleno de lo perfecto que es él mismo. Y a pesar de nuestro pecado, que nos tiene esclavizados toda la vida, el Señor ha querido cumplir el voto de la promesa de que su Hijo va a morir por ti y por mí para romper las cadenas del pecado y de la muerte.

Este salmo es un canto de esperanza, de la confianza que tiene el salmista cuando dice “tú que escuchas la oración”. Mirando tu corazón con sinceridad, ¿es verdad que no necesitas a Dios?, ¿acaso no ansías realmente que Dios te salve de tantos sufrimientos en tu vida?

No solo no eres capaz de amar a tus enemigos, como dice Jesucristo, sino que no eres capaz de amar a tu mujer o a tu marido, a tu hermano o a tus hijos, porque no son como tú querrías que fueran. Pues este salmo nos invita a la oración, con la humildad de saber que en nuestras fuerzas no podemos nada, y sabiendo que Dios escucha.

Una frase que se me ha quedado grabada en mi vida dice así: este “es el tiempo de la paciencia de Dios”. Todos los días el Señor nos pone una palabra o un acontecimiento para convertirnos, y aun así seguimos queriendo llenar nuestro ser de orgullo, de vivir única y exclusivamente para uno mismo.

Tú borras el peso de nuestras rebeldías

Cuando llevas mucho sobre ti, sientes cómo el pecado te pesa, que nada te sacia, y te invade un vacío terrible; entonces te preguntas ¿por qué Dios, si es Todopoderoso, permite que suframos? ¿Qué le cuesta quitarme ese yugo que me oprime? Si me quitara mis sufrimientos, creería… ¡Qué necios somos!, que no somos capaces de ver que, si en nuestra vida no tuviéramos sufrimiento, no necesitaríamos a Dios, porque seríamos el dios de nuestra vida, la perfección. Si Dios permite el pecado, es para que con humildad nos convirtamos; y, en lugar de mirarnos a nosotros mismos, lo miremos a Él, sabiendo que, si con fe le pedimos que nos ayude, responde y es capaz de sanarnos.

Dios ha hecho ya una elección sobre cada uno de nosotros, desde el momento del bautismo, para que podamos vivir con la esperanza de la promesa que el Señor ha hecho; pero el demonio muchas veces nos engaña con sutileza. Cuando te miras a ti mismo y ves cómo eres en realidad, con tus pecados de orgullo, lujuria, pereza, etc., es muy fácil caer en la desesperanza y pensar que no merece la pena que Dios pierda el tiempo con semejante persona. ¿Por qué debería perdonarte si le has vuelto a fallar una vez más, y siempre te confiesas de lo mismo? Pues el salmista te invita a levantar los ojos y saber que Dios tiene poder para perdonar tu culpa. Este salmo lo escribió el rey David, un hombre asesino, adúltero, quien desde nuestra justicia merecería morir; pero que se acoge a Dios con humildad, reconociendo su pecado, sabiendo que Dios puede hacer de él una criatura nueva.

Es tan grande el amor que Dios tiene al hombre que no lo juzga como nosotros, sino que lo mira con misericordia y es capaz de borrar sus pecados. Por lo tanto, este salmo es una alabanza a Dios para darle gracias por la misericordia que tiene con cada uno de nosotros. Cada día puedo ver cómo tanta gente —compañeros de la universidad, vecinos…— viven sin esperanza; cómo la sociedad ha vendido a la juventud un modelo de vida caduco e individualista, en el que se ha roto la idea de compromiso y no interesa perder el tiempo en una relación de servicio entrega y servicio al otro. No tiene interés la familia porque no es productiva para uno mismo; la familia requiere sacrificio, tiempo de dedicación y cuidados que están privando al hombre de alcanzar sus propias metas, de tener más dinero, más poder, una vida más acomodada y así buscar el placer propio en cada momento.

Todo es caduco, se ha vendido la idea de que el matrimonio es un trámite temporal, que el amor no puede ser para toda la vida porque es mejor romper una relación que tener que convivir cada día por hacer feliz a otra persona que no sea uno mismo.

las puertas del ocaso las llenas de júbilo

San Pablo exhorta a los cristianos diciendo “aspirad a las cosas del cielo, y no a las de la tierra” (Col 3,2). Anima a buscar las cosas de arriba, lo espiritual, a tener anhelo por la vida eterna, teniendo la certeza de que Cristo ha resucitado y nosotros también resucitaremos gloriosos con Él. Para la sociedad el cristianismo es un absurdo que está anticuado, porque busca la felicidad en perder la propia vida al servicio de los demás, y esta idea no casa con el beneficio, la comodidad y la búsqueda del placer, que son las bases sobre las que el hombre moderno desea cimentar su vida. Sin embargo, a pesar de esta idea equivocada de la felicidad, la sociedad necesita encontrar un sentido al sufrimiento y a la muerte, porque desde la razón no puede entenderlo.

El salmista designa a Dios como “la esperanza de todos los confines de la tierra”, ya que Él no da a nadie por perdido. En este Año de la Fe, el Papa Benedicto XVI ha hecho una llamada seria a la evangelización, y cada uno de nosotros somos enviados a esta misión. El salmo 42 dice: “¿Por qué te abates alma mía? ¿Por qué te me turbas? Espera en Dios que volverás a alabarlo, salud de mi rostro, Dios mío”. No podemos privar a la sociedad de esta esperanza, porque cada uno de nosotros tiene la certeza de que, al clamar a Dios, Él nos ha escuchado y respondido a nuestras plegarias, en el sinsentido que hemos experimentado tantas veces.

El salmo termina con una alabanza a Dios, una acción de gracias por todas las cosas que Él ha creado para el hombre. Cuando uno se encuentra con el amor de Dios en su vida, cobran sentido todos los acontecimientos de su historia y puede ver de dónde le ha sacado la mano de Dios. Entonces descubre que todo ha sido bueno. Esta última parte del salmo me inspira compararla con la creación, como dice la Escritura: “Y vio Dios que era bueno” (Gn 1,10). Cada uno hubiéramos hecho con nosotros una historia diferente de nuestra vida; pero este salmo nos anima a descubrir que todo está bien hecho, porque de otro modo no nos habríamos encontrado con el amor de Dios.

El salmista da gracias a Dios porque puede asomarse por la ventana y ver que hay una naturaleza llena de hermosura que ha sido creada para el disfrute del hombre, como a mí me ha dado una familia, una novia, una carrera, una comunidad cristiana, y tantas cosas para que pueda ser feliz. Desde pequeño me han insistido en la importancia del “hoy”, de que cada día es nuevo, por eso cada mañana en la oración de Laudes proclamamos: “Ojalá escuchéis hoy su voz y no endurezcáis el corazón” (Sal 94). Ninguno sabemos lo que va a ser de nosotros mañana, pero sí que hoy tenemos una nueva oportunidad para pedir perdón por nuestros pecados y reconciliarnos con Cristo, para convertirnos. Debemos ser agradecidos por todo lo que Dios nos regala cada día por puro amor y misericordia.

David Zufía Rivas
Estudiante de Pedagogía

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