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Santa Jacinta de Fátima, la incorruptible 

  • A punto de ser canonizada junto a su hermano Francisco, viene a cuento recordar la historia de sus exhumaciones

La inminente canonización de los hermanos Jacinta y Francisco Marto, dos de los tres videntes de Fátima, trae ahora a colación un hecho prodigioso que a menudo ha pasado inadvertido: la incorruptibilidad cadavérica de Jacinta. No es que el descubrimiento de su cuerpo incorrupto sea sinónimo de santidad, pues ésta consiste sólo para la Iglesia en vivir en grado heroico todas y cada una de las virtudes, como sin duda hizo ella. Pero no deja de ser un fenómeno portentoso y oportuno para abordarlo tras la reciente publicación de mi libro «El secreto mejor guardado de Fátima» (Temas de Hoy), convertido ya, al decir de toda una legión de lectores, en el fenómeno literario de espiritualidad del año.

Nacida en la aldea portuguesa de Aljustrel el 11 de marzo de 1910, Santa Jacinta Marto falleció antes de cumplir los diez años, el 20 de febrero de 1920. Quince después, el 12 de septiembre de 1935, su cuerpo fue exhumado por primera vez ante la mirada estupefacta de los presentes, entre quienes se hallaba Luis Fischer, gran apóstol de Fátima. El padre de la vidente, Manuel Marto, deslizó este comentario: «Es como estar viendo a una persona que ha crecido, y que uno la conocía cuando era joven».

En 1951 volvió a desenterrarse el cuerpo de la chiquilla con el mismo asombroso resultado, hasta el punto de que otro testigo ocular llegó a manifestar, rendido ante la evidencia: «La expresión del rostro de Jacinta era de una santa paz, y todos los que la vimos no pudimos evitar sentirnos unos privilegiados al recibir semejante favor».

Consignemos, entre tanto, que la santidad no les salió gratis a Jacinta ni a Francisco; también Lucía, declarada de momento beata y todavía en proceso de canonización a raíz de su postrera muerte en 2005, debió pasar por un verdadero calvario para llegar hasta ahí. La persecución por parte del alcalde y del resto de las autoridades políticas portuguesas fue atroz, conduciéndoles incluso hasta la misma cárcel e infligiéndoles graves torturas psicológicas, como la amenaza de quemarles vivos. Recordemos, si no, cómo el regidor de Aljustrel, D’Oliveira, intentó atemorizar a Jacinta con estas palabras: «Ven aquí tú; si no hablas, serás la primera en ser cocida y frita como una pescadilla».

Fieles a la virgen

Pero ninguno de los tres pastorcitos, pese a su extrema juventud, claudicó ante las terribles coacciones, permaneciendo fieles en todo momento a la voluntad de la Virgen de Fátima de no revelar entonces los secretos que ella les había confiado. Jacinta padecía una pleuresía. Sabía que iba a morirse pronto porque la Virgen se lo dijo. Víctima de la epidemia de gripe española, enfermó de neumonía y debió ser ingresada en el hospital de Vila Nova de Ourém, siendo trasladada a la clínica Doña Estefanía de Lisboa, donde finalmente expiró. Su cuerpo fue inhumado primero en el cementerio de Vila Nova de Ourém, luego en el de Fátima, hasta reposar hoy, desde el 1 de mayo de 1951, en el interior de la basílica del Santuario de Fátima.

Advirtamos, antes de concluir, que la mayoría de los santos incorruptos en la historia de la Iglesia no están secos ni rígidos, sino húmedos y flexibles, incluso tras el transcurso de muchos siglos. Además, en numerosos casos su conservación ha tenido lugar en condiciones que normalmente ayudarían a la aparición de la putrefacción y han sobrevivido a circunstancias que habrían significado su descomposición sin ningún género de dudas.

El ejemplo de Santa Catalina de Génova es muy elocuente: tras permanecer dieciocho meses en la tumba, su cuerpo estaba perfectamente conservado pese a la humedad y el mal estado de la mortaja. Por no hablar de Santa María Magdalena de Pazzi, desenterrada un año después de su muerte: su hábito estaba húmedo, pero su cuerpo se hallaba en perfectas condiciones; o de Santa Magdalena Sofía Barat, cuyo cadáver se mantuvo en perfecto estado durante 28 años consecutivos nada menos, aunque sus ropas estuviesen húmedas y mohosas en el interior de un féretro en estado avanzado de descomposición.

Y qué decir de Santa Teresa de Ávila… Nueve meses después de su muerte, la tapa del féretro que contenía su cuerpo estaba corroída por completo y la tierra húmeda, esparcida por todo el cadáver. Pese a que el hábito que lo cubría estaba sucio y roto, su cuerpo no sólo se encontraba intacto y fresco tras limpiarlo, sino que desprendía una exquisita fragancia… Ahora, Santa Jacinta ya ha pasado a formar parte también de la privilegiada lista de los «incorruptibles».

PRESENTE Y FUTURO DEL MENSAJE

San Juan Pablo II fue el Papa que beatificó a Jacinta y Francisco Marto hace ahora diecisiete años, el 13 de mayo de 2000. Durante la homilía de beatificación pronunciada en el mismo lugar mariano, no aludió al pasado de Fátima, sino al presente y al futuro en clave de conversión: «El mensaje de Fátima –dijo entonces Karol Wojtyla– es una llamada a la conversión, alertando a la Humanidad para que no siga el juego del “dragón”, que con su “cola” arrastró un tercio de las estrellas del Cielo y las precipitó sobre la tierra (cf. Ap. 12,4). La meta última del hombre es el Cielo, su verdadera casa, donde el Padre Celestial, con Su Amor Misericordioso, espera a todos. Dios quiere que nadie se pierda; por eso, hace dos mil años, envió a la tierra a Su Hijo “a buscar y salvar lo que estaba perdido” (Lc 19, 10)…».

 

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