Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|viernes, noviembre 16, 2018
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Sexo y fe 

“Acabo de hacer mi retiro de confirmación, pero el padre no pudo explicarme por qué está mal, es decir, la razón de que la masturbación, la pornografía y el tener agarres con amigas esté mal”.

Una pregunta frecuente. Lo primero que hay que tener claro es que Dios no prohíbe cosas por prohibir, por establecer un tabú, menos aún por fastidiar: “¿Es lo que más te gusta?, pues te lo prohíbo, ¡te fastidias!, ja, ja, ja.” Por el contrario, al ser nuestro Creador, sabe qué es lo mejor para nosotros, y nos invita a elegir ese camino, en todo, y también en la sexualidad.

En el fondo lo que está en juego es el sentido del sexo. No es poca cosa, pues dependiendo del sentido o significado que le otorguemos, se desprende el valor o el sentido que le damos al cuerpo y, en definitiva, qué es lo que entendemos por persona. ¿Por qué todas las culturas tienen preceptos sobre la sexualidad? Porque de la noción de sexo depende en cierto punto la de cuerpo, y de la del cuerpo lo que entendemos por persona, y de esta última, cómo organizamos y estructuramos la sociedad. No es un juego banal, sino algo en lo que al final de cuentas nos jugamos el sentido de la familia, de la sociedad y de la vida.

Dos ejemplos pueden servirte. Dado que ahora se ha difundido una visión del sexo alternativa a la cristiana, la propia de la revolución sexual, que en líneas generales dice: “prohibido prohibir en todo, pero particularmente en materia sexual” o “la única regla es que no hay reglas.” Es decir, todo lo que se quiera, se puede, el único límite es respetar el consentimiento de la contraparte; lo único malo es violentar a la otra persona, la violación, todo lo demás, es bienvenido y entre más creativo y excéntrico, mejor. Se puede todo, pero no me dice nada acerca del sentido del sexo; o mejor, cada quien le da el sentido que quiera según sea la ocasión; o carece de él, simplemente es una experiencia.

Con este background de fondo, que por ósmosis ha permeado la cultura y las costumbres, es frecuente que muchos chicos y chicas no se quieran casar y no quieran tener hijos. La sexualidad se ha desvinculado de la procreación y de un proyecto de vida particular. Esto, difundido masivamente, transforma la estructura entera de la sociedad. No es una broma, ahora cuando uno pregunta: “y tú, ¿cómo te cuidas?”, ya se entiende que no es “¿cómo te cuidas de los ladrones?”, “¿cómo te cuidas de las enfermedades?”, “¿cómo te cuidas del fisco?”, sino “¿cómo te cuidas para no tener hijos?”, “¿cómo te cuidas para no quedar embarazada?” Es decir, culturalmente se ve al hijo como un intruso, alguien que entorpece el proyecto personal de desarrollo… y a la inversa: sólo se acepta al hijo cuando entra dentro del propio plan de desarrollo; se ha dejado de ver al hijo y  a la capacidad de transmitir vida como un maravilloso don.

Con lo anterior quiero expresarte que la forma en la cual uno elija vivir su sexualidad es todo menos banal, y tiene importantes consecuencias personales, familiares y sociales. No es solo el hecho de que “no le hago daño a nadie” o “estamos los dos –o los tres, según sea el caso- de acuerdo.” Aquí lo que prima es la libertad absoluta, pero no podemos olvidar ingenuamente que la libertad tiene sus consecuencias, lleva aparejada una responsabilidad, y nuestras decisiones estructuran nuestra vida primero, nuestro entorno familiar y social después.

Ya me voy alargando mucho, pero no quería dejar de relatarte la anécdota prometida más arriba: hace tiempo una chica se iba a casar. Cuatro meses antes de la boda el novio sufrió un accidente y quedó paralítico. Como el novio en verdad la amaba le dijo que rompía el compromiso, pues no quería que ella fuera enfermera toda su vida. Ella se resistió, consultó con un sacerdote, el cual la animó a tomar esa dura decisión. Años después la chica se casó con otra persona y tuvo hijos. Volvió a conversar con el sacerdote, quien le explicó: “si en vez de haber sucedido el accidente 4 meses antes de la boda, hubiera ocurrido 4 meses después, mi consejo habría sido muy diferente. Te habría exhortado a cargar con esa dificultad, segura de que contarías con la fortaleza que Dios te prestaría, y que en ese generoso servicio sacrificado encontrarías tu felicidad, primero aquí en la tierra, y más tarde en el cielo.” Como se puede observar, el matrimonio es algo muy serio, que estructura la vida, le da estabilidad, y por ello, solamente ahí encuentra su pleno sentido la sexualidad, como total donación física entre los esposos, símbolo e imagen de su entrega total como personas; totalidad que incluye su temporalidad: toda la vida, y todas sus capacidades, entre las que se encuentran, las de ser padre o madre.

Mario Arroyo

Doctor en Filosofía

p.marioa@gmail.com

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