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Sin fe ni razón sólo queda la locura 

El Enemigo, primero nos separa de Dios para después separarnos del prójimo; más tarde nos separa de nosotros mismos y acaba separándonos de la misma realidad. Se empieza perdiendo la fe y se acaba perdiendo la razón. «La criatura, en efecto, no tiene razón de ser sin su Creador» (Gaudium et Spes). La tragedia es que al rechazar al Autor rechazamos también su obra, la creación, la naturaleza y la realidad. Sabido es que Dios perdona siempre, los hombres algunas veces y la naturaleza no perdona nunca. El orgullo y la soberbia nos llevan a rechazar la historia; pero rechazar la historia y la realidad solo nos produce locura y sufrimiento.

Con el cristianismo, el mundo se hizo inteligible y progresó la ciencia. La fe en Dios creador hace buscar al hombre las leyes de la creación. El mundo ya no es el caos del politeísmo pagano. La realidad ya no es caprichosa, tiene leyes. La historia ya no es cíclica, absurda y sin sentido. La ciencia descubre un universo regulado por leyes expresables en fórmulas matemáticas y lógicas. La razón nos descubre a Dios creador, mas solo Cristo nos revela a Dios amor.

«Nadie, ciertamente, negará el orden que observamos en la creación y su desarrollo, ya que es Dios quien así lo ha querido. Pues, si el mundo y todo lo creado se movieran al azar y sin orden, no habría motivo alguno para creer en lo que hemos dicho. Mas si, por el contrario, el mundo ha sido creado y embellecido con orden, sabiduría y conocimiento, hay que admitir necesariamente que su creador y embellecedor no es otro que el Verbo de Dios», señala San Atanasio de Alejandría (siglo IV). «Quien se deja guiar por el Espíritu Santo es realista», dice el Papa Francisco (16-6-2013).

Solo fe y razón en armonía nos llevan al bien, a la verdad y la belleza. Fe y razón son las dos alas que conducen a la contemplación de la verdad (cfr. San Juan Pablo II, Fides et ratio). Si sustituimos la razón por la ideología, perdemos la realidad y decimos «no hay verdad». Si por orgullo y soberbia odiamos la fe, perdemos el bien y la belleza, y decimos «no hay Dios».

«En el mundo moderno además de crisis de fe hay una crisis de razón. El relativismo niega la razón diciendo que no hay una realidad objetiva», apunta el escritor inglés Joseph Pearce. «No hay mayor tiranía que la de las ideologías», como dice el historiador inglés Paul Johnson. La ideología podrá cambiar el código civil, pero no podrá cambiar las leyes de la realidad y la naturaleza. Tan contrario a la razón es legislar contra la ley de la gravedad, como lo es también legislar contra la familia, la vida y la libertad de conciencia.

sin el Autor la obra se vuelve loca

¿Qué razón tiene una sociedad que ya no entierra a sus muertos y tira sus cenizas a la calle o a los parques y playas? ¿Qué razón tiene una sociedad que desprecia el matrimonio, el amor para siempre de un hombre y una mujer, y fomenta la promiscuidad sexual? Sin fe ni razón solo nos queda la locura. ¿O no es locura el derecho de una madre a matar a su hijo antes de nacer? ¿O no es locura legislar a favor de la destrucción del matrimonio y la familia? ¿O no es locura llamar arte al feísmo? ¿O no es locura negar la realidad al decir que un feto no pertenece a la especie humana?

Locura es que la ley prohíba llamar a las cosas por su nombre. Locura es que la ley castigue al que llama crimen al aborto, o al que llama familia a la unión de un hombre y una mujer abiertos a la vida. Dice el filósofo alemán Robert Spaemann que hoy en Europa sufrimos graves limitaciones a la libertad de opinión. No se permite discutir racionalmente sobre el aborto o la homosexualidad. Se impone la intolerancia en nombre de la tolerancia. No se dice: “lo que sostienes es falso”, simplemente se señala que esto no lo puedes decir porque es intolerante.

Lo irreal, lo virtual, lo ficticio, lo que no es y lo que no actúa constituyen el dominio del maligno, dice el filósofo francés Fabrice Hadjadj. Mentir es negar la realidad. La mentira es la locura de la razón, y nos conduce por el camino del suicidio individual o colectivo. Tan grave es este camino que conduce a la muerte, que el mismo Dios ha venido en nuestra ayuda: Cristo ha muerto en la cruz para salvarnos y ha resucitado para darnos gratis su Espíritu de vida y de verdad. Solo el anuncio del kerigma destruye las tinieblas de la mentira, de la locura y de la muerte. Solo Cristo nos libera de esta locura.

la paciencia de Dios

Tenemos esperanza. La paciencia de Dios es nuestra salvación. “El perdón de Dios es nuestra fuerza”, decía Juan Pablo II. Al rechazarle rechazamos la historia, pero Él siempre vuelve a recrear de la nada una nueva historia de salvación para nosotros. “Cuando nos equivocamos, Dios corrige la historia”, recuerda el Papa Francisco.

Dios es como el alfarero que no se cansa nunca de corregir su obra, y nunca la arroja a la basura, aunque se estropee una y otra vez. Así se reveló Yavhé al profeta Jeremías: “El cacharro que estaba haciendo con barro se estropeó en manos del alfarero, y este volvió a empezar, transformándolo en otro cacharro diferente, como mejor le pareció al alfarero” (Jr 18,4). Cuando estropeamos nuestra vida y nuestra historia, Dios la recrea de nuevo.

Le gusta decir al Papa Francisco que el tiempo es superior al espacio. Aunque veas que el enemigo ha sembrado todo el espacio de cizaña, no temas, espera, porque será vencido por la bondad del trigo que se manifiesta con el tiempo. ¡Ánimo, que el tiempo solo es de Dios!

Javier Alba

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