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Sor Consuelo: El mendigo misterioso 

La parroquia de San Pablo en Albera era una iglesia grande, de piedra viva poco decorada, bancos macizos y oscuros confesionarios, lo que le daba un aspecto antiguo, casi medieval, pero también acogedor a pesar de la profundidad de la basílica. Tenía un atrio en la entrada, con algunos arriates de plantas y escalones de piedra que se estrechaban en una verja ante la calle. Y en la parte trasera, un patizuelo irregular, separado también de la otra manzana por una verja, desde la que se veían las antiguas ventanas de decoración gótica de la sacristía, algunas ya ajadas y rotas. En el portal, un mendigo apelaba a la piedad de los fieles que entraban y salían de la iglesia, sobre todo a la hora de las misas.

Esa apacible tarde de lunes primaveral no había mucha gente oyendo la misa de las siete. Las bancadas del largo final estaban casi vacías. De repente, con la misa ya comenzada, el mendigo entró andando despacio, renqueando los pies, como si se hubiera llevado todos los palos del mundo. Se sentó en la última banca de la izquierda y se puso a orar en silencio, con la cabeza gacha sobre las manos. Parecía sufrir un gran pesar. Mientras, decía misa el párroco don Alberto, con su suave voz quebradiza, pues ya tenía una edad avanzada.

Tras un rato cabizbajo en silencio, el mendigo se dirigió al confesionario de la derecha que tenía la luz encendida, donde atendía el padre Rodrigo, de mediana edad. El mendigo se echó de rodillas con desesperación en el reclinatorio del confesionario y comenzó a susurrar una larga letanía. Pasados unos minutos, y mientras aún seguía la misa, se levantó, se santiguó entre las bancas de la nave central y tornó a salir de la iglesia. Ahora andaba más deprisa, como si se hubiese librado de un mal peso.

La menudita Sor Consuelo estaba sentada en una de las últimas bancas; iba todos los días a misa de tarde y, a la vez que oía el sermón del padre Alberto, había seguido los curiosos movimientos del misterioso mendigo con sus ojillos vivaces.

 

 *          *          *

 

Al mediodía siguiente, Sor Consuelo fue al Mesón Andaluz, que era el de mayor afluencia de comensales en Albera, para comprobar algo. El mesón servía buena comida casera: primeros platos de cuchara, legumbres y estofados, y segundos platos con sabroso pescado o carne. Todo por un módico precio, rebajado aún más por la devaluación general que había traído la crisis.

Como suponía Sor Consuelo, allí estaba almorzando el mendigo misterioso, cabizbajo, con su sombrero mugriento y su vieja chaqueta raída. Sentado en un rincón para ver la televisión tranquilo mientras comía, y como si quisiera protegerse de que alguien pudiera agredirle entre el paso de la gente por las mesas centrales. Comía con fruición, protegiendo el plato con los brazos mientras se zampaba las continuas cucharadas, no sea que alguien le quitara el sabroso plato de comida. Un temor exagerado y casi ridículo, pero para los vagabundos que viven mucho tiempo en la calle era por desgracia un miedo fundado en la cruel realidad. Sor Consuelo se le acercó y, en efecto, al ver a alguien próximo por el rabillo del ojo, el mendigo se echó sobre el plato, cual si fuera el oro de California. La monjita le dijo:

—¡Cosme! ¿Qué haces tú por aquí?

El mendigo no quería ser descubierto por nadie en el comedor.

—Ya ve, madre… ¡Comiendo a base de bien!

—Estupendo. Me alegra que puedas comer de menú.

—¿Qué tiene de especial? Aquí solo vale cinco euros.

—No, nada. ¡Bien barato! Era solo que, como ya no vienes por Cáritas…. Antes comías allí todos los días. Yo misma te puse el plato con frecuencia.

El mendigo decidió volverse y mirar a la monjita, de modo retador.

—¿Me está siguiendo, hermana?

—Creo que tenemos pendiente una conversación.

—Yo no he hecho nada malo.

—Te observé ayer en la iglesia de San Pablo, en misa de tarde. Voy todos los días y al salir, muchas veces te doy limosna, como sin duda recuerdas. Pero nunca te he visto entrar en la iglesia, y menos confesarte. Sin embargo, ayer entraste, rezaste un buen rato y luego te confesaste muy compungido con el padre Rodrigo.

—¿Es que no puedo confesarme?

—Claro, pero parece que has cambiado tus costumbres últimamente de manera muy brusca sin motivo aparente. Me pregunto por qué.

Cosme se levantó triste. Se habían cumplido sus peores presagios.

—¿Va a llamar a la policía?

—No. Me basta con que me acompañes para hablar con el padre Rodrigo.

 

 *          *          *

 

—No puedo revelar nada —dijo el padre Rodrigo—. Es secreto de confesión.

—Por supuesto —dijo Sor Consuelo—. Pero Cosme quizá quiera contarnos algo.

La monjita miró al mendigo, que titubeó balbuciendo:

—Fui yo quien entró por la ventana rota en la sacristía y robó el domingo anterior el dinero del cepillo. Me conozco la iglesia como la palma de mi mano y también la sacristía, pues paso mil veces por la calle y la estuve observando desde la verja trasera.

—¿Cuánto robaste? —preguntó Sor Consuelo.

—Había más de tres mil euros. No era solo el dinero del domingo, sino de muchos meses atrás. Don Alberto es muy mayor y está ya muy despistado. Guarda el dinero de cualquier manera en los cajones de la sacristía, para las obras de la iglesia y la asistencia a los pobres. Yo lo sabía y entré a por él por la verja de atrás.

—¿Eso es lo que le confesaste tan apenado al padre Rodrigo y que él no puede revelar por el secreto de confesión, a pesar de la gravedad del asunto?

El padre Rodrigo bajó el rostro. Cosme dijo:

—Así es. Supongo que ahora me entregarán a la policía.

Sor Consuelo le miró con sus ojillos sagaces.

—Puede que no. Ven mañana a Cáritas con todo el dinero y lo emplearemos bien.

—¿En qué está pensando, hermana?

Cosme estaba escamado, pero Sor Consuelo se marchó sin aclararle nada más.

 

                 *          *          *

A la mañana siguiente, muy temprano, Cosme se presentó en Cáritas Diocesana de Albera vistiendo su viejo sombrero y su abrigo mugriento, a pesar de que era primavera. Llevaba en la mano una bolsa de plástico con el dinero. Sor Consuelo ya le estaba esperando.

—¿Qué hago, hermana? No puedo traicionar el secreto de confesión del padre Rodrigo. He pensado volver a colarme en la sacristía y dejar el dinero donde estaba. Total, el pobre anciano don Alberto no notará lo que ha pasado.

—Esa es la cuestión. Podemos hacer algo mucho mejor para ti.

—¿Mejor como qué, madre? No entiendo.

Sor Consuelo señaló la puerta de los baños. Cosme miró desconcertado.

—¿No pretenderá, madre, que entre ahí y me duche así como así?

La monjita seguía señalando la puerta con decisión. El mendigo entendió que era parte de la penitencia, a cambio de no revelar todo el tinglado a don Alberto y a la policía. Le dejó la bolsa con el dinero a Sor Consuelo y entró resignado en los baños.

—Hay jabón de sobra —le dijo la monja—, ¡límpiate a base de bien! Y también hay espuma, ¡tienes que afeitarte! Yo estaré esperándote aquí en la entrada —queriendo decir que seguiría montando guardia hasta que el mendigo se duchase.

 

Un buen rato después, Cosme salió de los baños. Llevaba aún su viejo sombrero y su abrigo mugriento, pero parecía otro. Olía a limpio, se había afeitado y no quedaba rastro de su descuidada barba gris de pordiosero.

—Vaya, no está mal —dijo Sor Consuelo— aunque aún hay mucho por hacer.

—¿Es que no es suficiente, hermana? ¿No pretenderá que me quite esta ropa?

Sor Consuelo miraba a Cosme con sus ojillos brillantes. Le cogió de la mano y le llevó hasta una buena tienda de ropa cercana.

—Una muda decente no vale tanto.

Cosme salió vestido de la boutique con un sencillo pantalón vaquero, pero impecable, camisa limpia, jersey, y tan contento como un mendigo con zapatos nuevos y relucientes. Tiraron sus viejas ropas en el contenedor más próximo.

—Ahora sí que estás listo.

—¿Listo para qué, madre? No me asuste.

—¡Para empezar una nueva vida! En la bolsa aún quedan unos tres mil euros… Se me ocurre una idea para redimirte, matando varios pájaros de un tiro. Podrás devolver cuanto antes a don Alberto todo el dinero sustraído y, además, dejar la calle, con tal de que me prometas que no volverás jamás a caer en semejante falta.

Sor Consuelo convenció a Cosme para que alquilara una tiendecita de chucherías que pertenecía a una anciana recién jubilada. Con ese dinero podría emprender el pequeño negocio que supondría un giro de 180 grados en su futuro. La tienda era diminuta pero estaba frente a los colegios, por lo que las ventas no le iban a faltar a diario. Sor Consuelo solo le puso tres condiciones: que dedicara todo el dinero a ello. La segunda, que repartiera las muchas horas de trabajo dando empleo a otro mendigo de la calle. Y la tercera, que devolviera en cuanto pudiese todo el dinero robado al párroco don Alberto, asegurándole además con sinceras disculpas que nunca hurtaría a nadie más.

Así fue como Cosme se convirtió en pequeño empresario, a quien le iba muy bien. Y, adoptando el papel de salvador o ángel de la guardia, sacó de la calle también a su antiguo compañero de fatigas pedigüeñas, José Manuel Herrera, quien empezó a trabajar para él y vivir bajo un techo en un asequible piso compartido. Desde entonces, Cosme iba más a la iglesia, pero ya para oír misa todos los domingos y fiestas de guardar, como los demás fieles. Y cada vez que se encontraba con Sor Consuelo, le cogía las manos y se inclinaba ante ella, delante de todos, con infinita y sincera gratitud emocionada:

—¡Usted me sacó de la calle, madre! ¡Usted me salvó la vida!

Texto: Manuel del Pino
Ilustraciones: Julián García

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