Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|Martes, Mayo 23, 2017
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Soy feminista 

“Me llamo a mí mismo ‘hombre feminista’. ¿No es así como se llama a alguien que lucha por los derechos de las mujeres?”

Dalai Lama. Líder budista

Soy feminista. Militantemente feminista. No porque esté de acuerdo con ninguna de esas formaciones que entienden que la igualdad de la mujer radica en igualar su presencia al número de hombres que haya en una empresa, en un consejo de administración o en una lista electoral.

¿Y qué me dicen de los que destrozan la riquísima lengua de Cervantes utilizando el masculino y el femenino simultáneamente? ¿Es que por cometer el barbarismo de decir ellos y ellas, diputados y diputadas, ciudadanos y ciudadanas, vascos y vascas, catalanes y catalanas, la mujer ya tiene resueltos los problemas que le aquejan? ¡Dios me libre de estar de acuerdo con ese bufonesco feminismo de plastilina!

Siempre he sido un rendido admirador de la mujer y no ya por sus atributos físicos, que por ley natural, como sexo complementario del hombre que es, también. ¡Faltaría más!

Soy feminista porque el complemento perfecto del hombre es la mujer, y precisamente por serlo, hace más hombre al hombre y él a la mujer.

Soy feminista porque la mujer es un elemento fundamental e insustituible en el orden y concepción de la humanidad, al ser depositaria por parte de la naturaleza, del privilegio de albergar en su seno algo tan maravilloso, inexplicable y absoluto, como es el milagro de la vida.

Soy feminista porque la mujer ha sido secularmente dominada, usada, comprada, vendida, humillada, vilipendiada y forzada por el macho.

Soy feminista porque aún hay sociedades en las que el nacimiento de una hija es considerado como un acontecimiento infeliz.

Soy feminista porque considero, que tras millones de años de este vejatorio tratamiento que el hombre ha tenido para con la mujer, va siendo hora de que esta ocupe el lugar que le corresponde en la sociedad: ni delante, ni detrás. Juntos y cogidos de la mano. No de igual a igual, porque somos diferentes. Pero sí como complemento insustituible el uno del otro.

No existe ninguna razón para que la mujer esté sometida a la prepotencia del varón, porque el auténtico valor y poder de cada uno de nosotros, está entre las orejas y no entre las piernas.

Y ¿a qué vienen estas reflexiones?

Pues porque cuentan las crónicas que el pasado fin de semana, la popular —nunca mejor aplicado el calificativo— periodista, Paloma Gómez Borrero, nos dejó víctima de un cáncer fulminante.

Pero yo niego la mayor y creo, que gracias a su fecundo trabajo durante más de 30 años como corresponsal en Roma y El Vaticano; a haber sido relatora de la labor pastoral de cuatro Papas; a haber sido embajadora de embajadores en Italia y sobre todo, a su amistad personal con Juan Pablo II, con el que cubrió la información de sus 104 viajes, su currículum ha sido considerado tan valioso, que ha merecido el reconocimiento de un ascenso, y a partir de ahora, seguirá informándonos de los temas relacionados con la fe cristiana, de la que siempre hizo gala, directamente desde el cielo.

Paloma Gómez Borrero nos dio el más claro ejemplo de cómo hay que ejercer el feminismo, desempeñando su profesión durante más de cincuenta años con el mismo entusiasmo de sus comienzos. Y lo hizo hasta que estaba a punto de dejarnos, transmitiendo en sus crónicas la sensibilidad de que siempre hizo gala, de una forma sencilla, natural y llana. Todos la entendíamos y su voz penetraba en nuestros hogares como si fuera una más de la familia.

Siempre se mantuvo en los límites del más estricto rigor informativo y eso le granjeó la confianza y el respeto del Vaticano. Su labor profesional y su comportamiento personal, la convirtieron en la mejor embajadora de España en Italia, como públicamente ha reconocido el que fuera embajador en el Vaticano, Francisco Vázquez.

Paloma, era la que abría cualquier puerta de Italia a los españoles.

Habrá quien se pregunte porqué la considero una feminista, si ella nunca hizo gala de tal condición, pero en sus comienzos, su labor constituyó un brillantísimo ejemplo para cualquier mujer que luchara por abrirse paso en una profesión tan dura como es el periodismo y en los años en que ella comenzó su andadura, fundamentalmente dominada por hombres, lo que no fue obstáculo para que en 1976, fuese nombrada corresponsal de TVE en Italia y el Vaticano, convirtiéndose en una de las primeras mujeres corresponsales en el extranjero de la televisión.

Su figura, como la de tantas otras mujeres que la precedieron en otras profesiones, rompió con excepcional ejemplaridad los moldes previamente establecidos. Ella no necesitó de ninguna cuota feminista para labrarse el merecido prestigio de una profesión, en la que no siempre brilla la verdad, ni el mejor. Y sobre todo, se ganó el respeto de las instituciones con las que mantuvo estrecha relación durante tantísimos años.

La justa causa feminista, jamás logrará triunfar porque ninguna ideología trate de imponerla de arriba abajo. La sociedad no funciona así.

La necesaria reivindicación feminista, no debe plantearse como una revancha, sino como una conquista. El objetivo no debe ser un: “Quítate tú que me pongo yo”. No se trata de que nadie sea superior a nadie por su condición, sino por su valía personal. Por ello será una conquista cuerpo a cuerpo, mujer por mujer, en la que cada una vaya alcanzando el lugar que le corresponda por sus propios méritos, pero no por el hecho de ser mujer, sino dada la consideración secular de la sociedad, a pesar de ser mujer.

César Valdeolmillos.

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