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Tercer misterio doloroso: La Coronación de espinas 

El Cristo flagelado no es ya el mismo que entró para ser torturado. Aunque Pilato lo presenta como el hombre, Cristo casi no es ya ni persona, sino un guiñapo, un ser humillado, derruido, un ser que casi no se sostiene en pie. Pues así, en este estado, lo pasan al lugar llamado “El Enlosado”. Allí lo sientan los soldados y antes de devolverlo a Pilato van a divertirse un poco con Él. En primer lugar, le disfrazan de Rey, cubren su desnudez con un manto color púrpura, le ponen en la mano una caña a modo de cetro y le coronan la sien con un ramaje de espinas. Unas espinas largas, duras y afiladas que con ayuda de palos le introducen en la cabeza a golpes y empujones, llegándole a clavar alguno de esos auténticos clavos en la sien.

Después lo utilizan como peón del tablero en el que han convertido aquel suelo. Cada baldosa está marcada con un grafismo que expresa una prueba —al modo de nuestro juego del parchís— y así, a golpe de dados, lo desplazan azarosamente de una pieza a otra del enlosado. Si en esta casilla le arrean un palo en la cabeza, en la otra le dan una patada y en la de más allá le empujan, o bien le dan vueltas sobre sí hasta perder el equilibrio y, mientras, van soltando risotadas: «Salve, Rey de los judíos, adivina quién te pegó». Nuestro Señor es tratado por aquellos energúmenos como una cosa, y al dolor físico súmese esta inhumana humillación.

Maltratado de aquella manera y vestido como un bufón a modo de rey, Cristo es presentado por Pilato ante el pueblo, diciendo: «Ecce Homo» (he aquí el hombre). Sí, este es el auténtico hombre, pero nadie tiene ojos para verlo. Es más, fuera de Él nadie allí es realmente humano. La humanidad, sin saberlo, está asistiendo en ese momento a un durísimo proceso de recreación en la persona de Cristo Jesús. Está reapareciendo sobre la tierra el hombre tal como Dios lo deseó: el hombre hecho a su imagen y semejanza. ¿Qué imagen? La imagen de Dios: el amor. Dios es amor, así fuimos concebidos y he ahí nuestra imagen: ¡He aquí el Hombre!

A pesar de lo macabro de la escena, subyace en ella una gran dignidad que está del lado de Cristo. Aquel silencio suyo, imperturbable ante tanto odio y falsedad, lo atestigua. Sus escasas respuestas tienen tanta verdad que les saca de sus casillas y le golpean crispados: «¿Así contestas al Sumo Sacerdote?» (Jn 18,22). Pero Él permanece imperturbable. Es la dignidad del que sabe en todo momento qué es lo que está sucediendo y porqué, por eso renuncia libremente a toda defensa. Esta es la hora para la que vino al mundo, y esta su misión: darnos la vida.

En el encuentro previo con Pilato en el Pretorio acontece un diálogo muy breve pero inenarrable: «¿Luego, eres Rey?» —pregunta Pilato. «Tú lo has dicho —responde el Señor—. Pero mi Reino no es de este mundo, si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido por mí, pero mi Reino no es de aquí» (Jn 18,37). Entonces, ¿dónde está ese Reino que no es de aquí? Nos lo dice San Juan en el comienzo de su Evangelio: en el lugar de donde vino la Palabra, de junto a Dios, donde aquella existía desde siempre, donde habita quien es puro Amor. Esta es la única Verdad que Cristo vino a testimoniar. Vino pues esta Palabra hecha carne, puso su morada entre nosotros, pero no la recibimos y todos a una dijimos: ¡Crucifícale!

He aquí el Hombre, «he aquí mi Siervo a quién elegí, mi amado en quien mi alma se complace, haré descansar mi Espíritu sobre Él y anunciará el derecho a las naciones» (Mt 12,18). Todos tenemos ya acceso a este amor del que nada ni nadie nos podrá separar. Él ha cargado con el peso del mal para que la caña cascada no haya de quebrarse ni la mecha humeante se tenga que apagar.

Enrique Solana de Quesada
Arquitecto

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