VIII-Dios-y-mi-alma

Dios y mi alma

14.00 

AUTOR: Rafael Arnáiz Barón
Nº. Páginas: 110
ISBN: 978-84-941124-4-7

 

Descripción del producto

Este precioso texto lo proclamaba y cantaba la Liturgia de la Iglesia en el Oficio solemne de Lecturas del Sábado Santo; y, junto con otros muchos, especialmente, con los cuatro poemas del Siervo del Señor del profeta Isaías, nos ofrecen el rostro doliente de Jesucristo, aquel Varón de Dolores, dechado de todos los sufrimientos, triturado por nuestros pecados. La Iglesia también se lo aplica a la Virgen María, al pie de la Cruz, que, en silencio, en llanto y dolor indecible (la Madre Dolorosa), parece dirigirse a las gentes que pasaban por allí o estaban cerca.

Hoy, después de releer de un tirón este «Cuaderno-Diario» del Hermano Rafael e irme quedando anegado en el estupor y sobrecogido de un espíritu de emoción indescriptible, me atrevo a aplicárselo a este joven trapense, que día a día fue progresando en el amor infinito de Dios a través de un prolongado sufrimiento cada vez más acerado, pulido y acendrado.

Totalmente sumido y anonadado en el asombro, me he quedado sin palabras y avergonzado de mis quejas por esos días amargos que a todos nos toca vivir, por esas angustias que de vez en cuando se nos clavan en el alma, por esos dolores de cabeza que no nos dejan dormir o esas molestias intestinales que, pasadas las náuseas, aquietan también el corazón; por esas articulaciones que crujen por el óxido de los años… Se agolpa en mi mente la imagen de Jesús en Getsemaní y, con ella, la de algunos santos que llevaron en su cuerpo «las marcas de Jesús» (Gál 6,17), como San Francisco de Asís, el P. Pío…; y me siento abrumado ante la oración y el sufrimiento terrible de este monje, que moría cuando yo nacía, y al que empecé a admirar y querer cuando de jovencito leí algunos de sus escritos, que incluso llegué a aprender de memoria…

Si el rostro es el espejo del alma, el alma de Fray Rafael es un alma joven y serena como la del imponente Cristo de Velázquez, recién dormido en la cruz después de aquellas horas de insoportable tormento; un alma de una dulzura inefable y una atracción que solo conoce quien hace propia la experiencia del mismo Señor: «Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, sabréis que “Yo soy”» (Jn 8,27). Y en mi alma, hambrienta de silencio e inquiriente de recogimiento, surge el deseo de la esposa del Cantar: «Llévame contigo, ¡corramos!» (Cant 1,4).

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