Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|Martes, octubre 21, 2014
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Transfiguración 

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Me gustaría poner negro sobre blanco algunos aspectos del misterio de la Transfiguración de Cristo. En este episodio se suele hablar del milagro de la transfiguración, cuando el verdadero milagro —infinitamente más grande— es que el Verbo tuvo que esconderse toda su vida mortal (menos ese ratito) en los velos de su naturaleza humana. Si en el monte Tabor la transfiguración dejó turulatos a Pedro, Santiago y Juan, imaginémonos lo que hubiera sido si el Señor se hubiera manifestado siempre, desde Belén hasta el Gólgota, en su mismo Ser natural: Luz Eterna. Por eso, para poder convivir con nosotros, se autovació de su propio rango y dignidad, de sus atributos divinos, y asumió nuestra naturaleza como uno de tantos (ver Flp 2,6ss), porque esa era la forma más pedagógicamente divina y la más humana de subirnos de la tierra al cielo, de transfigurarnos a todos.

El rostro de Jesús de Nazaret, todo su cuerpo y sus vestidos se vuelven luminosos, tanto que no hay detergente en este mundo (apunta de alguna forma San Marcos: ver 9,3) que los pueda dejar así: más blancos que la nieve más blanca. Es todo su cuerpo humano el que se vuelve luminoso, cuya luz se trasluce por su túnica inconsútil. La descripción de los evangelistas no sabe cómo explicar que es una luz diferente a toda luz que ellos conocen y que los deja totalmente deslumbrados. La luz que nos envuelve, la luz que conocemos o producimos, la luz del Universo, la más potente del sol más incandescente que pudiéramos hallar en el cosmos, no deja de ser una luz creada, por lo que incluso su enorme velocidad por el espacio (300000 kilómetros por segundo) tiene un límite. Pues esta luz, por ser creada —recordemos que viene a la existencia por la orden de una Palabra: «Dijo Dios: “Exista la luz”. Y la luz existió»: Gén 1,3)—, por ser finita, limitada no deja de ser un pálido reflejo de la Luz Eterna, la Luz increada: «Dios es luz» (1 Jn 1,5), «el Verbo era la luz verdadera» (Jn 1,9), «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8,12).

un anticipo del cielo

El hecho de que los discípulos estén fuera de sí y desvaríen, no quiere decir que se han vuelto locos, sino que están en otro mundo, en el que no encuentran referentes para atinar en lo que dicen, aunque, por otra parte, son conscientes de ese nuevo estado, donde reina «esa» luz en la que ellos se encuentran divinamente bien —nunca mejor dicho—, hasta el punto de estar dispuestos a construir con toda rapidez tres chozas, porque están en el contexto judío de la Fiesta de las Tiendas.

Pedro, pescador innato de profesión, se prestó en seguida a hacer de albañil para levantar las tres tiendas: «Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra» (Mt 17,5). No deja de ser curioso este oxímoron o aparente contradicción de una nube luminosa que hace sombra (¿cómo puede ser luz una nube que hace sombra?), en clara referencia al éxodo del pueblo hebreo escapando de Egipto (ver Éx 13,21-22; 19,20).

El simple contacto con la presencia de Dios en el Sinaí produjo en Moisés el resplandor de su rostro hasta el punto de tener que cubrirse el rostro con un velo para no deslumbrar al pueblo: «Cuando Moisés bajó de la montaña del Sinaí con las dos tablas del Testimonio en la mano, no sabía que tenía radiante la piel de la cara, por haber hablado con el Señor» (Éx 34,29). Si así ocurrió con el pueblo hebreo —«y estas cosas sucedieron en figura para nosotros»: 1 Cor 10,6)—, en la pedagogía de la ley veterotestamentaria («pues si el ministerio de la muerte [el de la Ley], grabado en letras sobre piedra, se realizó con tanta gloria que los hijos de Israel no podían fijar la vista en el rostro de Moisés, por el resplandor de su cara, pese a ser un resplandor pasajero, ¡cuánto más glorioso no será el ministerio de Espíritu!»: 2 Cor 3,7-8)—, en efecto, ¿cómo hubiéramos podido nosotros contemplar el rostro de Jesús en sus treinta y pico años de su vida terrena si su Ser divino no hubiera estado cubierto por otro velo, que ya no era una simple trozo de lino puro, sino el velo de su propia naturaleza humana?

Aquello del Éxodo, pues, era prefigura de este misterio de la Encarnación del Hijo de Dios, donde la luz que era el Verbo se autovela con un cuerpo humano asumido en las entrañas de la Virgen María. Por eso, al morir Cristo en la cruz, el velo del templo, que cubría el «Sancta Sanctorum» —podía ser el velo que estaba en la puerta del Santo de los Santos o el que estaba delante del mismo santuario, según la prescripción de Éx 26,36-37)— «se rasgó en dos de arriba abajo» (Mt 27,51), dejando entender, por una parte, la epifanía de Dios que salva a todos los hombres, no solo al pueblo escogido, pues ese desgarrón del velo indica que se acabó la economía religiosa antigua y aparece un nuevo rostro salvífico para toda la humanidad. Y, por otra parte, el último suspiro del Mesías en la cruz, seguido del jirón del velo del templo, pone de manifiesto que el Dios escondido del Antiguo Testamente se revelaba (removía el velo, se des/velaba, como hacía Moisés para entrar en la Tienda para hablar cara a cara con Dios), preanunciando así, en la muerte de su Hijo querido, la gloria inmediatamente futura de la Resurrección al tercer día, porque «no me abandonarás en la región de los muertos ni dejarás a tu fiel ver la corrupción», como estaba profetizado (Sal 16,10).

luminoso misterio de salvación

El mismo desconcierto que se apodera de los tres apóstoles deslumbrados en el Tabor, es el mismo que sobrecoge a los esbirros y cohorte que acompañaban a Judas en el prendimiento de Jesús en Getsemaní: cuando les revela, por dos veces, que Él es el que Es, como en Éx 3,14 —a la doble pregunta «¿A quién buscáis?» – «A Jesús Nazareno», sigue la doble respuesta del «Yo soy»—, y «al decirles “Yo soy?”, retrocedieron y cayeron a tierra» (Jn 18,6), que es la reacción irresistible ante la presencia de Dios en el Antiguo Testamento, sea de día como en el monte de la transfiguración, sea de noche como en el huerto de los olivos.

Pero, volviendo al monte Tabor, cuando acaba aquel trasunto del cielo que han visto los tres discípulos —San Pablo, arrebatado en éxtasis al tercer cielo «oyó palabras inefables que un hombre no es capaz de repetir» (2 Cor 14,4)—, donde sí han visto el cuerpo luminoso de Jesucristo y sí han oído una voz, «una voz [que] desde la nube decía: “Este es mi hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo”» (Mt 17,5), todo vuelve como antes y descienden de la montaña. Jesús amonesta a los tres y los remite al momento de su resurrección, cuando puedan comprender que lo que han visto y oído, será lo mismo que oirán y verán entonces, después de la mañana de Pascua, cuando el estado natural de Jesucristo sea entonces el propio del Verbo en la gloria que tenía desde siempre, por siempre y para siempre, junto al Padre, la de un cuerpo glorioso, radiante de luz, porque Dios es luz.

Nosotros necesitábamos este signo para tener un referente en nuestro propio éxodo por este mundo y no atascarnos en nuestros tropiezos y sufrimientos diarios, que, con frecuencia, pueden taponarnos el horizonte transcendente del cielo: «Considero que los sufrimientos de ahora no se pueden comparar con la gloria que un día se nos manifestará» (Rom 8,18).

San Pedro lo sabía muy bien. Cuando ya el Señor había ascendido a los cielos, previene a los primeros cristianos contra las falsas doctrinas y guarda como un tesoro aquel acontecimiento que ha vivido en primera persona, como un memorial: no son fábulas fantasiosas lo que os cuento, viene a decir, pues yo estuve con él en el monte Tabor, cuando se oyó aquella voz; «y esta misma voz, transmitida desde el cielo, es la que nosotros oímos estando con él en la montaña sagrada» (2 Pe 1,18). No son cuentos orientales o fantasías etéreas lo que nos espera después de que esta tienda se desmorone. No nos engañemos; cada día que pasa resta uno a la suma de nuestros días en este mundo: «Ya es hora de despertaros del sueño; porque ahora la salvación está más cerca de nosotros que cuando abrazamos la fe. La noche está avanzada; el día está cerca: Dejemos, pues, las obras de las tinieblas y pongámonos las armas de la luz» (Rom 13,11-12).

Cuando vinimos a este mundo, camino del cielo, nacimos con fecha de caducidad. Transfigúrame, Señor, transfigúrame.

Jesús Esteban Barranco
Doctor en Teología Dogmática

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