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Violencia, ¿de género? 

Mucho se escucha hablar de la violencia de género y de acabar con discursos de odio. Se presiona para elaborar leyes que penalicen este tipo de “violencia”, ocupa las primeras páginas de los diarios, los principales puntos de la agenda política. Si alguien apareciera por las calles, sin estar en antecedentes de lo sucedido, pensaría seguramente que las personas con diversidad sexual son víctimas cotidianas de abusos, discriminaciones, insultos, violencia física y asesinatos. Obviamente, sin estar en antecedentes, pensaría que debe ponerse un freno a tales abusos, sirviéndose quizá, de penas especialmente fuertes para desincentivar a los agresores.

Pero si uno vive en la sociedad y está en antecedentes, no encuentra por ningún lado esa clase de violencia. Por lo menos la violencia hacia la “diversidad sexual”.  Sí encontrará, tristemente, violencia hacia la mujer, feminicidios, como los tristemente famosos de Ciudad Juárez. Pero, que yo sepa, recientemente no ha habido un asesino serial de gays.

Muchas veces los miembros del colectivo LGTBIQ culpan a las organizaciones religiosas de fomentar violencia y discursos de odio en contra de ellos. Pero difícilmente podrán señalar, por lo menos entre ministros católicos, exhortaciones violentas, en cualquier sentido y en particular hacia ellos. Si van al Catecismo, como texto oficial de referencia, leerán literalmente que “se evitará, respecto a ellos (los homosexuales), todo signo de discriminación injusta”. Resulta extraño: dicen que fomentamos la violencia contra ellos, pero difícilmente podrán señalar cuándo y dónde, y si alguien lo hiciera, no lo haría en tanto católico, sino yendo en contra de los principios oficiales del catolicismo.

Ahora bien, nuevamente bien insertados en la sociedad y en el mundo en qué vivimos, ¿respecto de qué realidad se escucha hablar con frecuencia, con casos concretos, no teorías, de atentados violentos? No hace falta ser la persona más informada del mundo para darnos cuenta de que la forma más difundida de violencia, hoy por hoy, no es de género, sino religiosa. Quizá se disputan la triste primacía la violencia de los carteles de drogas, la terrorista islámica y la dirigida contra personas y organizaciones religiosas. Esta última versión, además, impunemente.

Hay violencia física, y no sólo en los países donde el Estado Islámico persigue abiertamente con motivos religiosos. En España, por ejemplo, a una monja un hombre le propina un puñetazo en la cara que le rompe la nariz “por ser monja”, van varios intentos de quemar una capilla universitaria en Madrid, y se propalan pintadas que invitan a la violencia con la leyenda “la única Iglesia que ilumina es la que arde”, sufriendo con frecuencia actos de vandalismo los templos católicos. En México el padre Machorro es degollado en plena misa por un loco, a otro le clavan un desarmador en la cabeza. Un obispo africano aparece brutalmente asesinado en Camerún, la lista podría seguir…

Todo mundo puede burlarse, impunemente, de lo que es sagrado para los creyentes, parece una moda. Recientemente, para celebrar el “orgullo gay” Jwan Yosef, pareja de Ricky Martin colgó en Instagram un dibujo de un sacerdote masturbándose. Tristemente no es el único caso de burlas a la religión hechas por famosos: de Madona a Lady Gaga, de Kim Kardashian a Beyoncé pasando por Miguel Bosé. Todo mundo se considera con derecho de escupir sobre la religión sin que nadie diga nada; a la católica en particular, y a la cristiana en general, pues las burlas son contra Jesús o la Virgen, como en el reciente Drag Queen de Canarias, donde se hizo una parodia donde aparecían como travestis.

En fin, aunque se escucha poco, existe mucha violencia, pero no de género, sino religiosa. Si fuera precisa una ley especial, esta debería penar la violencia en contra de la religión, que es la real, la que se puede palpar, de la que se pueden ofrecer datos concretos, nombres, víctimas. La otra, parece más bien imaginaria, cuando no paranoica, todo lo cual nos hace sospechar con cierto fundamento, que se trata más bien de un asunto ideológico, pues al fin y al cabo, si la realidad no se acomoda a la ideología, ¡peor para la realidad!

Mario Arroyo

Doctor en Filosofía

p.marioa@gmail.com

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