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​Día de la Paz 
Por Jesús Esteban Barranco

«Los pastores fueron corriendo a Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que les habían dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que les decían los pastores. Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios porque habían visto y oído; todo como les habían dicho. Al cumplir los ocho días, tocaba circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción». (Lc 2,16-21)


Confluyen en esta fiesta del primer día del año varios acontecimientos litúrgicos, todos ellos de gran importancia. El primero es la celebración de la Octava de la Natividad del Señor, día señalado por la Antigua Ley para la circuncisión de Jesús, “nacido de una mujer, nacido bajo la Ley” (Gál 4,4), y se cumpliera la profecía del ángel recibiendo el nombre de “el Señor salva”, de modo que el desdoblamiento que la Iglesia tenía para el día 2 en el que celebraba el “Dulce Nombre de Jesús”, queda asumido en este mismo día. Pero esta “octava”, también pascual (paso del Señor —¿y qué más “paso del Señor” que su entrada en la escena de este mundo como Verbo encarnado que pone su tienda entre nosotros? (Jn 1,14)— asume, acoge, ensalza y celebra a la madre que virginalmente le dio a luz, convirtiéndose por sublime elección divina en la Theokokos, la Madre de Dios, misterio tan inefable como que el Verbo Eterno se haga, a la vez, temporal e, igualmente, una criatura, aunque obra perfecta del Creador, como era y es la Virgen María, sea también, a la vez, la madre del Hijo Unigénito del eterno Padre y primogénito natural (Lc 2,7) de tal excelsa y tan bendita mujer. A todo ello se añade, como guinda de ambrosíaco pastel, la celebración del Día Internacional de la Paz, que el Papa Pablo VI instituyó a partir del 1 de enero de 1968.
Dos cosas me gustaría resaltar del evangelio de hoy: según las diversas traducciones, los pastores, en todo caso, apenas reciben el gran kerigma de Jesucristo Salvador, se van corriendo al pesebre, se apresuran, van deprisa, van derechitos a Belén, sin demora, con celeridad, con prontitud… Ellos no entienden de estrellas o cometas como los Magos de Oriente; ellos saben que estaban cuidando sus majadas y que su firmamento ha resplandecido en la noche y que los ángeles han cantado “paz” y que los han invitado a ver al recién nacido…, y que aquella vaga esperanza que alguna vez han oído a sus mayores y maestros de la Torá sobre el Mesías ha recobrado un nuevo e inexplicable vigor en el fondo de sus rudos corazones y sus almas simples…; sin darse cuenta han experimentado que aquel Espíritu del Señor que aleteaba sobre las aguas iniciales, mueve sus pasos hacia un establo como si fuera el solio real del mayor de los reyes. Aquel resplandor angélico es un signo de la iluminación interior de los espíritus que solo sabe comunicar el Espíritu de Dios, el mismo que había cubierto con su sombra a aquella Mujer que ahora les muestra al Hijo de sus entrañas y que ellos adoran en nombre de toda la creación, como los primeros adoradores en espíritu y en verdad —“Adeste, fideles” (venid fieles todos, venid, todos los que os sentís pastores, y adorad al Niño que ha nacido ya, pues ante Él se dobla toda rodilla en el cielo y en la tierra (ver Flp 2,10 y Rom 14,11)—. Esta prisa de los pastores por ir a la gruta de Belén es la misma prisa que tuvo la Virgen María apenas también ella recibió el anuncio del ángel y se puso en camino hacia Ein-Karén, al servicio de su prima Isabel… Y es que el anuncio de Dios, el “evangelio”, la comunicación de la Buena Nueva no admite demora… Cuando Dios llama a la puerta del corazón del hombre, este no puede seguir haciéndose el sordo: corre el riesgo de perder el “kairós”, el momento preciso y oportuno para decirle “sí” a Dios. Las cosas de Dios, amigo mío, no se pueden dejar para mañana…
El segundo aspecto que quiero poner de relieve es que los pastores, al volver a sus casas, a sus tareas, después de ver lo ocurrido en aquel establo, se volvieron dando gloria y alabanza a Dios. Es tal el impacto que causa el kerigma, el anuncio de Jesucristo, que llena el corazón, y lo llena de tal manera que “de la abundancia del corazón habla la boca”; los evangelios están llenos de testimonios así: muchos curados de sus dolencias y demonios, ciegos, cojos, sordos, leprosos, la samaritana… no pueden callar lo que han experimentado dentro de sí y prorrumpen en alabanza a Dios, transmitiendo a quienes están a su lado todo lo que han “oído y visto” (observemos que San Lucas primero dice “oído”, porque por él es por donde entra la fe en el alma, como respuesta a la gran alegría, “jaran megalén” anunciada poco antes en Lc 2,10). Es una invitación explícita a ser misionero, es decir, “mártir”, testigo, testimonio de la fe allí donde me encuentro cada día.
1 de enero, “Día de la Paz”: el mensaje del Papa para hoy lleva el título de “Bienaventurados los que trabajan por la paz”. Al presentarlo a la prensa, monseñor Mario Toso, Secretario del Consejo Pontificio Justicia y Paz, lo resumía así: “El mensaje aboga por el crecimiento de una familia humana que no esté dividida entre grupos y pueblos en favor de la vida y grupos políticos que militan, en cambio, por la paz, sin tener la misma pasión por la defensa de la vida humana, desde el amanecer hasta el ocaso”.

Jesús Esteban Barranco

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