Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|domingo, agosto 9, 2020
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​Ligeros de equipaje 
Por Hermenegildo Sevilla

«En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo: “Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío. Así, ¿quién de vosotros, sí quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: ‘Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar’. ¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz. Lo mismo vosotros: el que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío”». (Lc 14, 25-33)

Es fácil, en una primera lectura de este evangelio, sacar conclusiones erróneas, equivocarnos acerca de lo que el Señor nos quiere decir. Podemos pensar, incluso, que Jesucristo se complace en ponernos dificultades para poder seguirle. Puede parecer que la misión de ser su discípulo está rodeada de obstáculos insalvables. Al final aparece la idea de que solo los grandes santos, los mártires han podido conseguirlo.

¿Quién es capaz de “odiar” a su madre o a su propia vida? ¿Quién puede renunciar todos sus bienes, fruto de tanto esfuerzo y trabajo? ¿Acaso Dios no nos ha bendecido también con ellos? ¿Por qué el Señor nos sitúa en esta encrucijada? La parte de nuestro ser que está amarrada a este mundo se rebela y escandaliza.

Solo desde la fe, en el marco de un proceso continuo y permanente de conversión, mirando con los ojos de Dios, podemos darnos cuenta de que lo que el Señor quiere a través de esta Palabra, es facilitarnos el encuentro con El, evitar que fracasemos. En nuestros objetivos terrenales, procuramos habitualmente tenerlo todo bien planificado, estar prevenidos ante posibles problemas, peligros y dificultades. Estamos dispuestos a utilizar los medios necesarios para evitar salir derrotados. Ponemos nuestra astucia e ingenio al servicio de la meta que nos hemos marcado. Sin embargo, en medio de estos combates que libramos a diario, nos olvidamos muchas veces de que la única batalla verdaderamente importante que debemos mantener es contra el demonio y con todo aquello que nos pueda apartar del amor de Dios.

El mundo nos lleva a perder el discernimiento y a convertir lo accesorio en trascendental, a estrechar los horizontes de nuestra vida, como si lo efímero fuera perenne, despreciando la vida eterna que el Señor nos regala.

La sociedad en la que vivimos, procura por todos los medios cargar al hombre con pesados fardos que le esclavizan y le convierten en un ser esencialmente productivo y consumista. Este hombre ya no está destinado a encontrarse con Jesucristo. Vive para satisfacer su ego y rodearse de bienes y personas que lo gratifiquen. La vanidad y el dinero se presentan como una barrera infranqueable entre el Señor y él.

Hoy, a través de su Palabra, Jesucristo quiere evitar que caigamos en el precipicio y nos adentremos en un sufrimiento estéril que nos lleve a la muerte; por eso no dulcifica su mensaje, sino que lo expone con la claridad y contundencia que son necesarias, teniendo en cuenta lo que nos jugamos. Por tanto, en este evangelio el Señor no plantea un panorama de sufrimiento absurdo, sino todo lo contrario. Cuando dice que “odie a mi padre” no está diciendo que no le quiera, sino que ponga ese amor a los pies de Él, al igual que el resto de los bienes que me regala en esta vida. Solo así podré entrar en su voluntad, disfrutar en verdad de todo y ser plenamente libre.

Aspirar a una vida eterna en compañía del Señor es incomparable. Nada en este mundo puede hacer la más mínima sombra a este proyecto que Dios ha diseñado para cada uno de nosotros. El circo de las vanidades que el mundo presenta constituye una trampa mortal, un mercado cuya moneda de cambio es la propia vida. El mundo nos invita seguir sendas cuyo destino son la frustración y el vacío.

Para el demonio el hombre es despreciable, no tiene ningún valor, su importancia es nula. Al maligno solo le interesa, y es el mayor de sus afanes, arrebatarle a Dios de su corazón. El evitar esto es el combate de nuestra vida. Por eso es necesario liberarnos de cargas que nos impidan “libertad de movimientos”. Para salir victoriosos solo necesitamos a Dios, todo lo demás debe ocupar el lugar que le corresponde, para evitar que sea un estorbo.

Jesús, que ha dado su vida por toda la humanidad, quiere que esta camine a su encuentro por un camino seguro, donde ciertamente no puede faltar la cruz pero donde la llevas con Él, experimentando que el sufrimiento y la paz pueden ir unidos. El evangelio de hoy nos marca una ruta no apetecible, a primera vista, para nuestros sentidos; solo caminando por ella podremos descubrir su verdadero valor.

Hermenegildo Sevilla Garrido

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