Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|jueves, agosto 13, 2020
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No te cambio por nada 
Por Victoria Serrano

«En aquel tiempo, entró Jesús en el templo y se puso a echar a los vendedores, diciéndoles: “Escrito está: ‘Mi casa es casa de oración’; pero vosotros la habéis convertido en una ‘cueva de bandidos’”. Todos los días enseñaba en el templo. Los sumos sacerdotes, los escribas y los notables del pueblo intentaban quitarlo de en medio; pero se dieron cuenta de que no podían hacer nada, porque el pueblo entero estaba pendiente de sus labios». (Lc 19, 45-48


Al leer el pasaje del evangelio de hoy reparo en el versículo final: “el pueblo entero estaba pendiente de sus labios”. Entonces inmediatamente me acuerdo del salmo 44 cuando dice: “Eres el más hermoso entre los hijos de Adán, en tus labios se derrama la gracia”. Y es que de los labios de Jesús se desprende la verdad, porque la verdad es belleza y la belleza es verdad. Por eso las gentes se agolpaban en torno a él, pendiente de sus labios, esperando que de su boca salieran como siempre palabras repletas de consuelo y esperanza, aunque a veces no fueran comprendidas en su totalidad.

Cristo, hasta cuando es un varón de dolores, desencajado —como nos describe el profeta Isaías en el capítulo 53—sin apariencia ni presencia que pudiéramos estimar… incluso en ese momento, o mejor dicho, precisamente en ese momento, su hermosura luce más que nunca, porque hace presente el amor incondicional de Dios a toda la humanidad.

Sin embargo, alguno se preguntará, ¿y qué tiene que ver la belleza de Cristo con el enfado monumental que coge ante los mercaderes en el templo? La irritación se comprende por lo insostenible de la situación; Jesús acude a Jerusalén días previos a la celebración de la Pascua judía y se encuentra con que las inmediaciones del lugar sagrado se habían convertido en una “cueva de bandidos”, tal y como lo define Él mismo. Aunque al inicio de la historia del Templo no fuera así, con el devenir de los años terminaría por degenerarse, ya que aparte de todo tipo de animales para el sacrificio, nos podemos imaginar los trapicheos de los cambistas que, bajo una fachada religiosa, se aprovechaban de la ocasión para lucrarse.

Esto ocurre muchas veces con aquello que va perdiendo su sentido primigenio. Incluso nuestro cuerpo, templo del Espíritu Santo, podemos llegar a convertirlo en asiento de nuestras concupiscencias, o nuestro corazón, tantas veces ingrato y traidor con el amor de Dios
Pero Jesucristo no se deja manipular (esta reacción aún produce más inquina entre los sumos sacerdotes, escribas y notables hacia Él, y los evangelios hablan de que incluso precipitó su arresto y crucifixión). Como dice Cristo, su casa es casa de oración, y no de lucro. Seamos también nosotros, con la ayuda de Dios, osados para defender la vida —con nuestra voz y nuestros gestos— y denunciar todo aquello que impide al hombre contemporáneo vivir con dignidad. Entonces algo de la belleza de Cristo podrá reflejarse en nosotros.
Jesucristo nos invita a ser coherentes con el anuncio del evangelio. La batalla de la fe no es fácil pero Él permanece todos los días a nuestro lado, hasta el fin del mundo.

Victoria Serrano

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