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​Una mujer en el templo 
30 de Diciembre
Por Francisco Jiménez

«En aquel tiempo, había una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén. Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba». (Lc 2,36-40)


La cuestión es esa: una mujer en el Templo. ¿Cómo es que estaba una mujer en el templo? ¿Qué hacía una mujer allí? Aquí no hay vestales, doncellas, ni cosa parecida ¿Acaso las funciones sacerdotales en Israel, asociadas unívocamente con el templo, no son propias de los varones?

Lo cierto es que esta página del Evangelio sobre Ana cuadra a la perfección con la tradición de la Iglesia, y no solo a la admirable vida consagrada. Se le llama profetisa, y podía no ser la única. Tiene mucho interés la figura de esta “profetisa” cuando, como ahora, se plantea llegar al maximun en los oficios eclesiásticos desempeñables por mujeres. De entrada, no hay sorpresa: por el bautismo todos somos sacerdotes, profetas y reyes. Ana, estuvo casada y su viudez fue muy larga. El evangelio de Lucas se escribió cuando ya se sabía que había vivido 84 años.

Los rasgos que se nos aportan son pocos pero esenciales:

a) No se apartaba del templo ni de día ni de noche. Estaba en adoración y expectación perpetua. Se había consagrado al Adonai; ininterrumpida y definitivamente vivía lo más cerca posible de Él.

b) Había estado casada en su juventud. Tenía cubierto el campo de las expectativas de toda mujer piadosa en cuanto a ser madre y, tal vez, “engendrar” al Justo. No había retenido la vida para sí. Había estado casada: ni frustración ni desengaño. El servicio a la vida, para ella estaba cumplido.

c) Su servicio ahora era el ayuno y la oración. ¡Cuántas mujeres se pueden reconocer en este perfil! Vidas de santas, de fundadoras y de personas corrientes que conocemos, reproducen también hoy este esquema de vida. ¡Dichosas ellas! Eligen, como María, la mejor parte. No se trata de ostentar poder o de argumentar sobre comparaciones laterales, se trata de estar con el Señor, en su casa.

d) Fruto de todo ello fue que reconoció en el niño que presentaban José y María, a Aquel que tenía que venir. Alababa a Dios y señalaba al niño Jesús a cuantos esperaban la redención de Jerusalén. Su larga espera no había sido en vano y animaba a los que esperaban al Mesías. Su vaticinio era desconcertante: sí, un niño, ese que estaba a su vista era el que tenía que venir. Como Simeón, también Ana reparó en que el gesto de José y de María de —según la ley de Moisés— llevar a Jesús para “presentarle al Señor”, tenía un rango excepcional. Ambos bendecían a Dios y alabaron haber conocido el día de su venida.

El estudio comparado de las religiones no deja en buen lugar a las mujeres, no tienen precisamente la precedencia en los templos. La verdad —lo he escrito en varias ocasiones— es que “la causa de la pobreza en el mundo es la causa de las mujeres”, “pobre” y “mujer” viene a ser casi un sinónimo. Sea cual fuere el papel que las religiones hayan tenido o tengan en este hecho constatable, que no es de esta ocasión desarrollar, lo que es igualmente innegable es que las iglesias, los templos católicos, nuestras celebraciones litúrgicas están llenas —qué paradoja— de mujeres. Es una singularidad patente, un rasgo característico, constatable entre las religiones mas secundadas. Casi se puede decir que el catolicismo cotidiano, estadísticamente considerado, es cosa de mujeres.

Ya es un hecho. Son las mujeres las que sostienen a la Iglesia católica. Hágase el muestreo que se quiera —por ejemplo, sagradas comuniones repartidas un fin de semana en cualquier parroquia— la aplastante mayoría serán mujeres.

Hace tiempo que el asalto al poder —la toma de la Iglesia— ya lo han realizado las mujeres. Santa Teresita de Lisieux dejó escrito que “en el corazón de la Iglesia yo quiero ser el amor”. Ese auténtico “primer puesto” ya lo han copado las mujeres. Ser el amor en el corazón de la Iglesia es posible a todos, pero como en la carrera hacia el sepulcro vacío, ellas han sido más rápidas. La moción del Espíritu, como de forma decisiva e inconmensurable en la Virgen María, ha actuado en ellas antes. Ana sabía que de Jerusalén vendría la “salvación copiosa”, y allí —en su corazón, dado que el templo era el corazón de la Ciudad de la Paz— permanecía orando y ayunando. Como infinidad de mujeres que, contra viento y marea, aguardan en los templos, como gesto de pertenencia inequívoca a la Iglesia, la “salvación copiosa”.

Francisco Jiménez Ambel

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