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​Es el momento de volver al Padre 
10 de Marzo
Por Antonio Simón

«En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: “Ese acoge a los pecadores y come con ellos”. Jesús les dijo esta parábola: “Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: ‘Padre, dame la parte que me toca de la fortuna’. El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer. Recapacitando entonces, se dijo: ‘Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros’. Se puso en camino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo. Su hijo le dijo: ‘Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo’. Pero el padre dijo a sus criados: ‘Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado’. Y empezaron el banquete. Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. Este le contestó: ‘Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud’. Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Y él replicó a su padre: ‘Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mi nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado’. El padre le dijo: ‘Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado””». (Lc 15, 1-3. 11-32 )


Nos enfrentamos hoy a una lección magistral del amor de Dios y de llamada a la conversión. En ella está recogido todo el tesoro de sabiduría que Jesucristo ha venido a mostrar al mundo y que la Iglesia continúa proclamando hasta su nueva venida.

Lo primero que llama la atención es cómo Jesús responde al juicio y al escándalo que provoca en los “buenos” su actitud, al mezclarse con los pecadores, algo que según ellos desagrada a su Dios. Jesús, en lugar de Juzgarlos devuelve, como siempre, bien por mal haciéndoles ver que ese rechazo con el que pretenden dar culto a Dios está a años luz del amor que el Padre tiene a todos y cada uno de sus hijos, lo que nos plantea ya la primera cuestión sobre el Padre: Él considera a todos hijos, al margen de la respuesta que den a su amor. Pero no debemos engañarnos, ese amor no es “vinculante” no es algo que se nos niegue por nuestro actos —apañados estaríamos—, pero si es algo de lo que podemos alejarnos, que podemos rechazar, o menospreciar y de ese rechazo nace nuestra amargura, nuestra “muerte”, la perdida de la felicidad.

En el contexto de este Año de la Fe, y dentro de este tiempo cuaresmal de llamada a la conversión que siempre implica la palabra de Dios, es una estupenda ocasión para reflexionar si realmente somos conscientes de lo que significa “Creo en Dios, Padre todo poderoso”. ¿Somos realmente conscientes, como miembros de la Iglesia, de la intención con que nuestro corazón está en la casa del Padre? ¿Realmente lo amamos y honramos como Padre? ¿Nos sentimos parte de su casa? ¿Somos conscientes del privilegio que supone disfrutar de todo lo creado por Él? O más bien somos como estos hijos que nos muestra la parábola, que se sienten atrapados en la casa del Padre y deseamos en nuestro corazón, como el hijo menor, salir de su casa a disfrutar de lo que se supone nos quita, o como el mayor, permanecemos en su caso sin disfrutar de lo que nos da y juzgando y envidiando al hijo que se ha ido.

¿Somos realmente consciente de lo que nos espera fuera de la casa del Padre? Esta es, en mi opinión, otra de las grandes lecciones de la parábola: el mundo nos ha de quitar todo lo que el Padre nos ha dado, fuera de su casa perdemos todo las gracias y dones que nos han sido dadas —eso sí, nunca la condición de hijos. Este es para mí el gran engaño del demonio, en el mundo actual, haber hecho creer al hombre que los mandamientos, lejos de ser un mandato de vida, una receta para disfrutar de la vida en la casa del Padre, son imposiciones que la Iglesia o un Dios Justiciero te imponen y te “quitan” el acceso a lo bueno de la vida… y ante eso la actitud de cada uno es la que dice la parábola: o nos alejamos o nos quedamos en la casa del padre, envidiando al que está fuera, reclamando que se tenga en cuenta nuestro sacrificio (justo la actitud de los escribas que se consideran diferentes a los pecadores que rodean a Jesús).

Por eso esta lectura es fundamental en este tiempo de conversión, para que reflexionemos, sobre nuestra situación. ¿Cómo es nuestra relación con Dios? ¿Acaso no estamos en el mundo ajenos al Padre y derrochando los dones que nos ha dado? ¿Estamos cerca del Padre, pero juzgando al hermano?

En cualquier caso, el Señor nos llama en este tiempo a coger el camino de vuelta, a reconocer que “estar contigo es con mucho lo mejor”, y si estamos alejados, ponernos en el camino de vuelta, reconociendo nuestro pecado con humildad, acogiéndonos a los brazos abiertos de este Padre, que siempre nos espera. Si estamos cerca de Él unámonos a la fiesta de su misericordia y alegrémonos de la conversión del hermano, disfrutemos de sus dones y anunciemos al mundo que en su casa no se pierde nada, en su casa simplemente se tiene todo.

Antonio Simón

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