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Para Dios, nada es imposible 
11 de Diciembre
Por Gloria Mª Tomás y Garrido

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Es inevitable que sucedan escándalos; pero ¡ay del que los provoca! Al que escandaliza a uno de estos pequeños, más le valdría que le encajaran en el cuello una piedra de molino y lo arrojasen al mar. Tened cuidado. Si tu hermano te ofende, repréndelo; si se arrepiente, perdónalo; si te ofende siete veces en un día, y siete veces vuelve a decirte: “Lo siento”, lo perdonarás.»

Los apóstoles le pidieron al Señor: «Auméntanos la fe.»

El Señor contestó: «Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: “Arráncate de raíz y plántate en el mar.” Y os obedecería» (San Lucas 17, 1-6).

COMENTARIO

En nuestra sociedad actual, en la que tanto progreso no sólo tecnológico, nos ayudan a vivir con la dignidad y la honradez propia de la persona, también se está inoculando un mal virus: el individualismo. Es una actitud nefasta que ignora o incluso desprecia a los otros, tanto si parecen que tienen más suerte o más cualidades que uno mismo, como a los que parecen inferiores y por ello pueden robar tiempo, energía dinero…

Qué importante repensar y rezar que todos y cada uno, nos hacemos y rehacemos con los otros, que somos seres relacionales. Y por aquí. A mi entender, va la enseñanza de Jesús en este Evangelio. Nos hace considerar con distintos ejemplos que la conducta de cada uno, que la actitud cristiana incide en los demás. Y pone especial acento es que aquellas personas que, por su cargo y condición, tengan mayor responsabilidad, también aumenten en prudencia y delicadeza.

Por ello advierte la gravedad del pecado de escándalo en los dos primeros versículos y anima después a que se tenga grandeza de corazón en el perdón de las ofensas, sin caer en el engreimiento. Termina después abriéndonos a le esperanza con la preciosa simbología del granito de mostaza. En definitiva a los apóstoles de entonces, y a los de ahora Jesús nos acompaña en nuestro camino para que viviendo las exigencias y la lucha propia de los que quieren ir al cielo, se acojan a una fe definitiva en Dios, para el cual, nada es imposible.

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