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Pedimos a Dios que nos envíe un signo 
04 de Marzo
Por Ramón Domínguez

En aquel tiempo, la gente se apiñaba alrededor de Jesús, y él se puso a decirles: «Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás. Pues como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para esta generación.
La reina del Sur se levantará en el juicio contra los hombres de esta generación y hará que los condenen, porque ella vino desde los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más que Salomón.
Los hombres de Nínive se alzarán en el juicio contra esta generación y harán que la condenen; porque ellos se convirtieron con la proclamación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás» (San Lucas 11, 29-32).

COMENTARIO

¡Cuántas veces hemos pedido a Dios que nos envíe un signo, algo que nos ayude a creer y a confiar en Él, algo que confirme nuestra fe! En el fondo es algo connatural a nuestra condición humana; queremos seguridades, nos resistimos a caminar en la fe  abandonándonos a la voluntad de Aquel que nos ama; sin embargo, mientras caminamos por esta tierra, caminamos en la fe; la visión la tendremos una vez estemos con el Señor. También los contemporáneos de Jesús le pedían una señal y Él se revuelve contra ellos tachándolos de “generación perversa”, precisamente porque exigen señales.

Pues bien: ya que piden, se les dará, a ellos y a todos nosotros. Dios envía una señal a cada generación: la señal de Jonás. ¿En qué consiste esta señal? Jesús mismo es esta señal. Él ha sido enviado por el Padre para convencernos del amor de Dios para con nosotros: ha predicado la Buena Nueva y ha mostrado el amor, entregándose por nosotros hasta el extremo. Y Dios ha confirmado su persona al resucitarlo de entre los muertos. Esta es la señal: la muerte y resurrección de Jesús. Que es el amor lo que salva al mundo, pues sólo el amor puede vender al mal y a la muerte.

Y esta señal se concede a toda generación. Del mismo modo que Dios envió al profeta Jonás a la perversa ciudad de Nínive para predicarles la conversión, por ver si escuchaban al profeta y los podía salvar, del mismo modo, Dios envía a cada generación profetas que proclamen la Verdad: que el hombre pecador es amado por Dios y que busca su arrepentimiento, no su castigo. Esta es la Verdad: el amor de Dios al hombre pecador. Si una generación, cualquiera que sea, escucha a los profetas, se salvará.

Pero estos profetas no vienen sólo con palabras, sino con signos, pues Jonás es aquel que ha salido de la muerte y muestra en su propia persona, que la muerte no tiene la última palabra. Es la señal que pedía la gente a Jesús: la victoria sobre la muerte. De hecho, cuando el evangelio de Marcos indica las señales que acompañan a los discípulos de Jesús, destaca entre ellas: el coger serpientes y tomar veneno, sin que sufran daño. Es la señal del cristiano, la que lo distingue de cualquier otro: el tener poder sobre la muerte. Cuando aparece el sufrimiento, el fracaso, la muerte en la vida de las personas, éstas se hunden, desesperan, maldicen –porque no tienen poder sobre la muerte y ésta los sepulta-, el cristiano, en cambio, se mantiene en pie, sufre pero no pierde la esperanza; no maldice, bendice a Dios que le prueba y carga con su cruz, pues sabe que ella le lleva a la resurrección. De este modo, la gente puede ver señales, si quiere. De este modo es como ha evangelizado siempre la Iglesia, por medio del testimonio de sus hijos que han mostrado al mundo su poder sobre la muerte, gracias al Espíritu que han recibido.

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