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El fariseo y el publicano 
21 de Marzo
Por Ángel Moreno

“Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: “¡Oh Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”. El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador”. Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido» (Lc 18, 9-14).

COMENTARIO

Los signos nos ayudan a discernir el camino recto, de tal forma que se convierten en señales que confirman la buena dirección cuando coinciden con el Evangelio. Si la paz interior es una señal que se experimenta cuando se cumple la voluntad divina, la humildad es el mejor signo externo que autentifica la vida del creyente.

Por eficaz que parezca, por hacendosa que sea, por productiva que se estime, la vida de quien se afirma en sí mismo y en sus obras, y se afana por adquirir prestigio, fama y honor, demuestra que no sigue el ejemplo de Jesús, sino sus propios recursos naturales.

Siempre me resulta revulsivo el discurso a la iglesia de Éfeso: “Conozco tus obras, tu fatiga, tu perseverancia, que no puedes soportar a los malvados, y que has puesto a prueba a los que se llaman apóstoles, pero no lo son, y has descubierto que son mentirosos. 3 Tienes perseverancia y has sufrido por mi nombre y no has desfallecido. Pero tengo contra ti que has abandonado tu amor primero” (Ap 2, 2-4).

Jesús nos enseña de muchas maneras el modo de avanzar por el camino espiritual, y una constante es la referencia a la ultimidad, a la humildad, a saber avanzar con discreción, y sobre todo a tener conciencia de los dones recibidos, entre ellos, sobre todo, el de la misericordia.

Hoy el Evangelio nos ofrece una de las imágenes más diáfanas para discernir el camino espiritual. Si no hay humildad, no hay verdad. Santa Teresa apostilla: “La humildad es andar en verdad, que lo es muy grande no tener cosa buena de nosotros, sino la miseria y ser nada; y quien esto no entiende, anda en mentira” (Moradas VI, 10,7).

Propuesta

¿En quién y en qué te sientes reflejado, en el publicano o en el fariseo?

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