Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|domingo, septiembre 22, 2019
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A la medida de Dios 

Por supuesto que no es ninguna novedad afirmar que vivimos en una sociedad cuyos ritmos y valores golpean implacablemente nuestro corazón, abocándolo al cansancio y agotamiento; sí, es cierto, vivimos con el corazón estresado. Es la nuestra una sociedad cuya óptica de lo que entiende y preconiza por el vivir, ofrece unos horizontes tan empequeñecidos que parece como que se repliegan contra nuestro espíritu produciendo una sensación angustiosa de claustrofobia. La percepción existencial está tan recortada y disminuida que nos recuerdan unas tenazas que se elevan amenazantes sobre los latidos de infinitud  que nuestro corazón emite como única resistencia ante el brutal recorte de vida al que se ve sometido. Son latidos que intentan ahuyentar de su campo visual los fantasmas, portadores de la nada, que se pasean por nuestro espíritu.

Sin embargo, no creemos que sea ésta una problemática sólo de nuestro tiempo. Sí es posible que hoy se haya agudizado, pero la problemática como tal siempre ha estado presente en la historia, pues no radica en el exterior sino en el interior del hombre. Quiero con esto decir que tiene que ver con nuestro propio ser. Hemos sido creados a la medida de Dios, y sólo a esta medida puede encontrar descanso nuestro corazón. Sólo en su dimensión real o en su proceso por alcanzarla queda nuestro corazón liberado de la camisa de fuerza que nos quiere imponer la competitividad y, al mismo tiempo, superficialidad, de una sociedad como la nuestra que se jacta en general de valerse por sí misma prescindiendo de Dios.

Que el cansancio del corazón y del espíritu son propios de cualquier etapa histórica, lo vemos teniendo en cuenta, por ejemplo, el testimonio altamente representativo de san Agustín, quien, en la época que le tocó vivir, al principio del medioevo, nos transmite su propia experiencia: “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón sólo descansará cuando te encuentre a ti”.

Es a la luz de las contradicciones que llevamos dentro de nosotros mismos, como la de aspirar a tanto y demasiadas veces alcanzar tan poco, que podemos interpretar el diagnóstico, aparentemente pesimista, que el profeta Jeremías hizo del corazón humano: “El corazón es lo más retorcido; no tiene arreglo: ¿quién lo conoce?” (Jr 17,9). He dicho interpretación aparentemente pesimista, y así nos parece si nos cerramos en la literalidad de sus palabras. Éstas nos expresan que el corazón del hombre es retorcido, engañoso, falaz… Sin embargo, competamos esta apreciación con la riqueza y vida que alberga un corazón cuando es visitado por Dios con su Palabra. El mismo profeta nos cuenta su propia experiencia: “Se presentaban tus palabras y yo las devoraba; era tu palabra para mí un gozo y alegría de mi corazón, porque se me llamaba por tu Nombre” (Jr 15,16).

La alegría y el gozo que Dios siembra en el corazón/espíritu del hombre, la riqueza que su palabra hace germinar en él, da al traste con las voces de los agoreros que nos impelen a conformarnos y agachar la cabeza; en definitiva, a desertar de la vida que Dios nos da.

Nunca fue fácil la búsqueda de Dios. La presión diabólica, que nos empuja a acomodarnos a las conquistas que sólo podemos ver con nuestros ojos y palpar con nuestras manos, se respira en el ambiente. La estrechez de miras a la que somos inducidos y casi hasta empujados, pesan demasiado sobre nosotros. La apertura hacia la trascendencia, ahí donde nuestros proyectos adquieren ciudadanía de  infinitud, aparece seriamente dañada en su credibilidad. Parece más rentable canalizar nuestra vida hacia experiencias mucho más seductoras por su inmediatez y pragmatismo. Experiencias con fuerte carga engañosa ya que desvían nuestra mente de su caducidad.

                                                                                                   Antonio Pavía.

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