Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|jueves, agosto 13, 2020
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A solas contigo 

La oración es fundamental en la vida del cristiano. Un cristiano que no reza difícilmente puede cumplir su misión de ser sal y luz en el mundo. Cristo es la Luz y de ella proviene la nuestra, si no se está unido a Él nos apagamos. Por eso la Iglesia invita a todos los fieles a orar “sin cesar”, como dice San Pablo. Ella, como cuerpo de Cristo, se une a su cabeza para interceder a Dios por el mundo. Pero la oración no es solo las devociones particulares de  nuestras abuelas, que de niños nos parecían tan tediosas y aburridas, es mucho más.

Rezar no es tarea pequeña, al contrario, es imprescindible que alguien cumpla esta función de la que depende la salvación de muchos. Pero no es nuestra intención con estas líneas hacer un tratado sobre la importancia de la oración, para ello los Padres de la Iglesia como San Alfonso María de Ligorio u Orígenes han escrito obras que ayudan para tal fin, lo que pretendemos es algo mucho más sencillo pero también importante: hacer un recorrido por el Código de Derecho Canónico para que nos sitúe en este importante campo de la santificación del tiempo o la Liturgia de las horas.

al encuentro del Amigo

La Iglesia primitiva tenía dos pilares sobre la que basar su vida diaria: la eucaristía y la oración. Los Hechos de los apóstoles describen con una frase muy sencilla esta centralidad: “eran asiduos a la oración y a la fracción del pan”. Las primeras comunidades cristianas rezaban como lo hacía Israel, y esto no era un privilegio de los apóstoles o de los presbíteros que presidían la comunidad, al contrario, la Iglesia tenía la oración como el pan nuestro de cada día.

Sin embargo, el Edicto de Milán, firmado por el emperador Constantino y promulgado en el año 313, por el cual se estableció la libertad religiosa en el Imperio Romano dando fin a las persecuciones contra los cristianos, cambió el panorama de la Iglesia. Como era casi imposible hacer que los nuevos católicos rezaran como lo hacían los primeros cristianos, el oficio divino se reservó para los clérigos y los religiosos. Siglos despúes, el Concilio Vaticano II auspiciaría la reforma del oficio divino para que se adaptara a los tiempos de hoy y poder estar al alcance de todos los fieles.

Así, el Derecho Canónico ha contemplado las dos tendencias existentes, por un lado está la obligación jurídica que contraen los ministros sagrados: obispos, presbíteros y diáconos rezar la liturgia de las horas (c. 276 §2 no. 3) y los religiosos regidos por votos (c. 1174 §1); y en lo referente a los fieles laicos, el derecho ha recomendado vivamente el rezo del oficio según las circunstancias (c. 1173). EL código recoge el deseo del Concilio Vaticano II de regresar a todos los fieles esta función sacerdotal encomendada en el bautismo.

Aunque los fieles reciten esta oración cotidianamente, esta no es una oración privada, sino que pertenece a toda la Iglesia. Al unirnos a la oración universal lo hacemos in nomine eclesia en nombre de la Iglesia; a través de los cristianos es Cristo mismo quien ora por su pueblo con “gemidos inefables”. La comunidad cristiana instala en medio de los hombres un tabernáculo en donde Dios se hace presente para hacerse cercano a los hombres. Así, los cristianos cuando recitan el oficio divino no lo hacen a título personal sino que lo realizan, digamos, oficialmente.

 

enséñame dónde y cómo buscarte,  dónde y cómo hallarte…

Pero si somos realistas, para cualquier católico de la calle esta misión es, por lo menos, desconocida. No hemos sido formados para asumir la responsabilidad que Dios, por el bautismo, nos otorga. Por eso aún hoy la liturgia de las horas sigue limitada a los ministros sagrados.

En este Año de la Fe y del Sínodo de los obispos sobre la nueva evangelización se debería reflexionar sobre la forma de entregar a los fieles el tesoro de la oración cotidiana. Es obvio que no se puede pedir a los fieles que asuman responsabilidades sin la debida formación, por ellos los pastores de almas deberían introducir poco a poco a los fieles en el rezo de alguna parte del oficio, aunque sea los domingos. Nadie puede amar lo que no conoce y si los fieles no asumen esta responsabilidad con la diligencia debida, en parte es culpa de los pastores de almas que han dedicado poco tiempo para formarlos en esta tarea.

Dios ha asociado a su misión salvadora a un pueblo que, levantando las manos al cielo, presenten los ruegos y súplicas de todos los hombres, también de aquellos que tal vez nunca rezan. No es misión pequeña.

Orlando Díaz Márquez.
Licenciado en Derecho Canónico 

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