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Muchacha ¡levantate! 
04 de Febrero
Por Ramón Domínguez

En aquel tiempo, Jesús atravesó de nuevo en barca a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor, y se quedó junto al lago. Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y, al verlo, se echó a sus pies, rogándole con insistencia: «Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva.»
Jesús se fue con él, acompañado de mucha gente que lo apretujaba. Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Muchos médicos la habían sometido a toda clase de tratamientos, y se había gastado en eso toda su fortuna; pero, en vez de mejorar, se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando que con sólo tocarle el vestido curaría. Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias, y notó que su cuerpo estaba curado.
Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió en seguida, en medio de la gente, preguntando: «¿Quién me ha tocado el manto?»
Los discípulos le contestaron: «Ves como te apretuja la gente y preguntas: “¿Quién me ha tocado?”»
Él seguía mirando alrededor, para ver quién había sido. La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado, se le echó a los pies y le confesó todo.
Él le dijo: «Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud.»
Todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle: «Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?»
Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: «No temas; basta que tengas fe.»
No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y encontró el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos.
Entró y les dijo: «¿Qué estrépito y qué lloros son éstos? La niña no está muerta, está dormida.»
Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos y, con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes, entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le djo: «Talitha qumi» (que significa: «Contigo hablo, niña, levántate»).
La niña se puso en pie inmediatamente y echó a andar; tenía doce años. Y se quedaron viendo visiones. Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña (San Marcos 5, 21-43).

COMENTARIO

Hay una mujer muerta en vida. Esta se le va a chorros por las continuas hemorragias que la van desangrando poco a poco. Doce largos años viene arrastrando su dolencia; doce habla de recta final, le queda poco tiempo, la muerte se le acerca. Por lo demás, su enfermedad la convierte en una mujer impura que no puede acercarse ni menos tocar a nadie, porque estaría contaminando de impureza a dicha persona. Pasa Jesús. Ella sabe que sólo él puede sanarla y cree, así mismo, que a este Jesús no le importa convertirse en impuro con tal de salvar una vida. Así se lo confirma el mismo Jesús, cuando se dirige a la mujer: “Hija tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu enfermedad”. No importa el mal que uno padezca, Jesús tiene poder para curar toda dolencia, basta tener fe, basta abandonarse a su misericordia. No hay pecado, por grande y constante que sea, que escape a su amor. Él ha cargado con todos nuestros pecados para liberarnos y darnos vida.

Pero no sana solamente a los moribundos sino que da vida a los muertos. La hija de Jairo ha muerto, tenía, así mismo, doce años, había terminado su ciclo vital. El mundo llora la muerte de la niña, pero Jesús es la resurrección y la vida, la muerte no tiene cabida junto a Él, manda callar y echa fuera a los que lloran quedando solos frente a frente, muerte y vida. El señor de la vida ordena: “Muchacha, levántate”, y la muerte obedece y suelta su presa. Es cristo quien tiene la llave de la muerte y del Hades y tiene poder para resucitar a los muertos.

¿Qué podemos, entonces, temer? Por muy graves y arraigados que sean muestro pecados hay uno que tiene poder sobre todos ellos, basta tener la fe de la mujer hemorroísa o la confianza que se le pide a Jairo. Es todo de nuestra parte, el resto le corresponde a él. Nos lo ha recordado: “sin mí nada podéis hacer”. Nada es nada, todo lo hace él, a nosotros, como a María, únicamente nos pide permiso. “Si quieres, puedo curarte”. Basta querer.

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