Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|miércoles, noviembre 20, 2019
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A tiempo y a destiempo 

Todos los domingos por la tarde, después de la misa matinal, el sacerdote y su sobrino de once años iban a repartir boletines por el pueblo a cada persona que veían. Estos boletines contenían información sobre lo mucho que nos ama Dios y sobre la importancia de ser católico. Este domingo en particular, cuando llegó la hora de repartirlos, el tiempo estaba desapacible; la temperatura era baja y además empezaba a lloviznar. El niño se abrigó para el frío y le dijo a su tío: “Estoy listo”. Su Tío, el sacerdote, le contestó: “¿Listo para qué?”. “Tío, es hora de ir a repartir nuestros boletines”. A lo que tío exclamó: “Hace mucho frío y está lloviznando”.

El niño le miró sorprendido y dijo: “’Pero la gente necesita saber de Dios aun en los días lluviosos”. “Yo no voy a salir con este tiempo”, contestó el tío. Con desespero, el niño preguntó: “¿Puedo ir yo solo, por favor?’  El sacerdote titubeó por un momento y luego contestó: “De acuerdo, vete si quieres, pero ten cuidado. Aquí tienes los boletines”.

“¡Gracias tío!” Y con esto, el niño se fue a pesar de la lluvia. Caminó por todas las calles del pueblo, repartiendo los boletines a las personas que veía. Después de dos horas caminando y teniendo en su mano el último boletín, se detuvo en una esquina y miró a ver si veía a alguien a quien dárselo, pero las calles estaban totalmente desiertas. Entonces se acercó hacia la primera casa que vio, tocó el timbre varias veces y esperó a que alguien respondiera a su llamada.

Después de muchos intentos, finalmente, el niño decidió marcharse, pero al ver luz dentro de la casa, volvió a tocar el timbre y a golpear la puerta fuertemente con los nudillos. Pese a no haber respuesta,  el niño seguía esperando, algo le hacía aguardar frente a la puerta. De nuevo tocó el timbre y esta vez la puerta se abrió suavemente. Salió una señora de mirada muy triste y voz dulce que le preguntó: “¿Qué puedo hacer por ti, hijo?”.

Con unos ojos radiantes y una sonrisa que le cortaba las palabras, el niño respondió: “Señora, siento molestarla, pero sólo quiero decirle que DIOS REALMENTE LA AMA. Vine para darle mi último boletín, que habla sobre DIOS y SU GRAN AMOR”. El niño se acercó a ella y tras entregarle  el papel se marchó. “Gracias, hijo, y que Dios te bendiga”, contestó ella sorprendida.

El siguiente domingo por la mañana, el sacerdote estaba en el púlpito y cuando comenzó la misa preguntó si alguien tenía algún testimonio para compartir. De la última fila de la iglesia se puso en pie una señora mayor. Cuando comenzó a hablar, una mirada radiante y gloriosa brotaba de sus ojos:

“Nadie en esta iglesia me conoce. Nunca antes había estado aquí, incluso todavía el domingo pasado no era cristiana. Mi esposo murió hace un tiempo atrás dejándome totalmente sola en este mundo. El domingo anterior fue un día particularmente frío y lluvioso, y también lo fue en mi corazón. Ese día llegué al final del camino, ya que no tenía esperanza alguna ni ganas de vivir. Entonces tomé una silla y una soga y subí hasta el ático de mi casa. Amarré y aseguré bien un extremo de la soga a las vigas del techo; me subí a la silla y puse el otro extremo de la soga alrededor de mi cuello. Parada en la silla, tan sola y con el corazón destrozado, estaba a punto de tirarme cuando de repente escuché el sonido fuerte del timbre de la puerta. Entonces pensé esperar un minuto y quien quiera que fuera se iría. Esperé y esperé, pero el timbre cada vez era más insistente, hasta que el desconocido comenzó a golpear la puerta con fuerza. Entonces me pregunté quién podría ser.; jamás nadie tocaba mi puerta ni venían a verme. Por pura curiosidad quise saber quién era. Solté la soga de mi cuello y fui hasta la puerta, mientras el timbre seguía sonando cada vez con mayor persistencia. Cuando abrí la puerta no podía creer lo que veían mis ojos. Frente a mí estaba el más radiante y angelical niño que jamás había visto. Su sonrisa, ¡ohhh!, ¡nunca podré describirla! Las palabras que salieron de su boca hicieron que mi corazón, muerto hace tanto tiempo, volviera a la vida, cuando dijo con voz de querubín, “Señora , sólo quiero decirle que DIOS realmente la ama”.

Cuando el pequeño ángel desapareció entre el frío y la lluvia, cerré mi puerta y leí cada palabra del papel. Entonces fui al ático para quitar la silla y la soga. Ya no las necesitaría más. Como ven, ahora soy una hija feliz del REY. Como la dirección de la iglesia estaba en la parte de atrás del boletín, vine personalmente para decirle GRACIAS a ese pequeño ÁNGEL DE DIOS que llegó justo a tiempo para rescatar mi vida de una eternidad en el infierno”.

Todos lloraban en la iglesia. El sacerdote bajó del pulpito hasta el primer banco donde estaba sentado el pequeño ángel; tomó a su sobrino en sus brazos y lloró incontrolablemente. Tal vez no se hubiera vivido antes en esta iglesia un momento más emocionante y glorioso.

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