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¿Abandonar las redes? 

¿Puede un Millennial tomar la decisión consciente y libre de abandonar las redes? Pensaba que no, fue una grata sorpresa reconocer el error. Mi amigo Beto, de unos 23 años, lo acaba de hacer hace un tiempo. Echó cuentas y descubrió que saldría ganando; meses después confirma lo acertado de su resolución. Ahora bien, preguntándole por la génesis de su decisión, me explicó que no fue fácil, para él supuso un paso trascendental, equivalente a “cruzar el Rubicón”, a tomar una opción por la autenticidad, aceptar el reto de ser él mismo sin someterse dócilmente a los usos sociales, como hacemos la inmensa mayoría de las personas. Por ello me agradó su decisión, ya que evidenciaba una gran libertad interior, una libertad de espíritu muy necesaria en un mundo en el cual muchas veces aceptamos dócilmente lo que nos dicta la moda.

¿Qué le aportó esta ruptura? ¿Por qué pensaba que valía la pena el esfuerzo? Aparentemente todo son desventajas: quedas “incomunicado”, aislado del inmenso torrente de información, no estás en la “cresta de la ola”, los chismes, las modas, la información en tiempo real pierde su principal fuente. Ahí estriba su arriesgada apuesta: comenzó a darse cuenta de lo que es realmente importante. En vez de gestionar un volumen ingente de información despersonalizada, en lugar de tener que revisar basura informativa haciendo criba de lo relevante, tiene acceso a la que él considera importante, o los medios para profundizar en lo que despierte su interés. Sería como la diferencia entre periodismo de investigación y prensa amarillista o “chicha”. Todos pueden tener acceso al primero, pero muchos se saturan con el segundo, sin apercibirse de que existe otra información, pues no hay tiempo para revisarlo todo.

Cortar con las redes le ayudó a redescubrir la importancia del “tiempo humano”, no solo al observar las nocivas secuelas que deja la inmediatez en la que vivimos inmersos: falta de concentración e impaciencia crónicas; sino también una carencia de algo positivo: el tiempo humano, la amistad que exige dedicación temporal, el valor de la espera, imprescindible para adquirir un conocimiento o desarrollar un hábito. La inmediatez a ultranza nos impide ver el rostro humano con calma, escuchar atentamente, reflexionar sobre nuestras decisiones. Ir demasiado deprisa no nos ayuda a descubrir si vamos al lugar correcto.

En teoría ahora tiene menos “amigos”, pero los que tiene son reales. Le dedica tiempo a ir a verlos, conversar con ellos. La relación adquiere profundidad, no es mera comunicación superficial, transmisión de información, sino auténtico reencuentro. Ha redescubierto el valor de la espera y con él, la importancia de reflexionar sobre el sentido de los propios pasos.

También ha influido una cierta dosis de miedo en su decisión. Le resulta inquietante, o por lo menos sospechoso que otorguemos todos nuestros datos a las redes. Dócilmente confiamos nuestra información. Toda nuestra vida se refleja en Facebook, Instagram, Twitter o se comunica a través de Whats app. Esa información se utiliza, gracias a la inteligencia artificial, en campañas comerciales, políticas, económicas. No le agrada de ser sencillamente otra tuerca del sistema, aunque el simplemente alimente la estadística con sus datos y no sea nadie “digno de espiar”. Le parece que algo mal huele en el sistema, hay algo ahí que no es humano, y nos va quitando la capacidad de reaccionar como humanos. Nos va convirtiendo, lenta y progresivamente en parte de una maquinaria impersonal. Le parece que alguien en la sociedad debe resistir esa ola, él ha dado el primer paso, con la esperanza de no ser el único.

Su actitud me ha hecho pensar. Me da gusto. Muestra que todavía hay jóvenes capaces de ideales, de ir contra corriente. Me recuerda a una alumna que se volvió vegana por amor a su hámster. Le parecía una cuestión de coherencia: si amaba con locura a un animal pequeño, no iba a comerse uno grande. Mi amigo Beto prefiere ser rebelde, antisistema, sin necesidad de recurrir a la violencia, de tener un gesto que invite a pensar. Los demás, que buscamos relacionarnos con él, tenemos que aceptar sus reglas: no basta colgar la información en el grupo de whats app; hay que enviársela personalmente. Exige un trato personal, conforme a sus criterios. Personalmente no me siento capaz de dar ese paso. Hay dos caminos: denunciar el sistema, o intentar aprovechar sus elementos positivos y poner un empeño para orientarlo a mejor fin. Ese es mi camino, pero admiro a quienes eligen el primero, como mi amigo Beto.

Mario Arroyo

Doctor en Filosofía

p.marioa@gmail.com

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