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Aborto y paternidad 

Es evidente que no puede hablarse de paternidad sin referencia a la filiación. El concepto de padre entraña el concepto de hijo, hasta el punto de que el uno no puede darse sin el otro puesto que ambos recíprocamente se necesitan. Tan es así que de hecho solo cabe establecer una única relación —aunque, ciertamente, bidireccional y de muy diverso sentido— entre uno y otro, si bien con matices y peculiaridades diversas, en función de que esa relación se defina desde el padre (paternidad) o desde el hijo (filiación). La emergencia de la paternidad necesariamente conlleva la comparecencia de la filiación, y viceversa.

No obstante, tanto desde la perspectiva del imaginario colectivo como desde la ley, se da una cierta asimetría en la relevancia que se concede a la paternidad. Esto es lo que sucede, por ejemplo, en el reconocimiento e investigación de la paternidad, una cuestión hoy de especial importancia legal. ¿Por qué fuera del matrimonio la investigación y el reconocimiento de la paternidad de un hijo tienen poderosas repercusiones jurídicas y, en cambio, su eliminación puede llevarse a cabo sin el consentimiento del padre biológico? ¿Por qué este hecho, en lo que se refiere a la paternidad, pasa inadvertido a la ley?

A lo que parece, la justicia solo se ocupa de la paternidad una vez que el hijo ha nacido, o, como algunos dirían hoy, se ha externalizado. Mientras el hijo esté internalizado en el claustro materno, la voluntad de la mujer es la única soberana, con independencia de que el padre biológico esté huido o no, y tenga o no conocimiento de su paternidad.

¿Es que solo procede de la mujer el embrión que anida en su cuerpo? ¿Cuál es el origen de ese embrión? ¿Puede haber fecundación sin la aportación biológica del varón? Y esto con independencia de la reproducción asistida. El ser que necesariamente procede de dos, no se entiende cómo puede ser eliminado por uno solo de ellos, como si fuera “propiedad” exclusiva y excluyente de la mujer. No se entiende cómo puede ser eliminado sin el consentimiento del padre que le engendró.

Otra cosa es que el padre suela desentenderse del hijo y lo abandone a lo que decida la madre. Pero ¿puede la madre eliminar lo engendrado sin consultar con el varón engendrador? El hecho de que el padre se desentienda de la mujer y de su hijo gestante, y esté huido, no parece que sea razón suficiente para que la madre tome ella sola tan grave determinación. ¿Qué pasaría si el varón, que no ha huido, demandara a la mujer por haber abortado a su hijo biológico sin su consentimiento? ¿Se abriría paso y encontraría el cauce eficiente para alcanzar la justicia que demanda?

la paternidad se anticipa al nacimiento

Es preciso admitir que en la especie humana la paternidad no se identifica necesariamente con la procreación, además de que, en otro cierto sentido, pueda darse la paternidad (adopción) sin procreación o la procreación sin paternidad (reproducción artificial, hijos no reconocidos, etc.). La paternidad humana no se ordena únicamente a satisfacer una necesidad de la naturaleza (reproducción y conservación de la especie), sino también y muy principalmente a hacer posible la autorrealización del hombre en la conquista de su propia felicidad (plenitud personal). Es el hijo engendrado y no su nacimiento el que hace padre al varón. La paternidad es consecuencia de la fecundación procreadora y no del parto del hijo. Si el niño no hubiera sido engendrado —no habría nada que naciera—, no habría tal nacimiento.

El orden de las personas y el orden de la naturaleza pueden cumplirse y satisfacerse aquí simultáneamente, sin que ninguno de ellos esté priorizado o subordinado respecto del otro. Es lógico que esto sea así, pues lo propio del hombre es amar —es lo que realmente le trasciende— y no solo cumplir con una ley necesaria de la naturaleza, por importante que esta sea.

Sin embargo, es un hecho de la experiencia empírica que, cuando el hombre se comporta así, cuando se decide a amar, puede satisfacer al mismo tiempo tanto el orden de la naturaleza como el orden personal. Si el hombre no amara, no se realizaría como persona. En ese caso, de poco le serviría satisfacer una ley de la naturaleza a través de su comportamiento. Esto demuestra, una vez más, que el orden personal es también un orden natural, aunque en las intenciones y motivaciones humanas el personal sea primero y más íntimo al hombre que el natural. Desvincular el aborto de la paternidad es un craso y gravísimo error —además de un gigantesco y asimétrico vacío legal—, que, injustamente, hace de menos a la masculinidad, hunde al no nacido en el desvalimiento y condena a la soledad traumática a la mujer, a la vez que robustece el estatuto de irresponsabilidad del varón engendrador.

paternidad y filiación indisoluble

Tanto la paternidad como la filiación se establecen como una relación permanente. En efecto, ningún hombre puede nominarse ex-padre respecto de su hijo, como tampoco ninguno puede automencionarse como ex-hijo respecto de su padre. Y eso independientemente de que uno u otro haya muerto, porque la paternidad señala el hecho fundacional y originario de todo ser humano.

La consistencia y estabilidad de este hecho originario y originante tiene una vigencia transtemporal. Quiere esto decir que la relación padre-hijo no pervive solo en función de que ambos coincidan en la travesía de la vida durante una determinada etapa más o menos larga. Esa relación, en tanto que es constitutiva, fundacional y originaria, remite inevitablemente al origen del propio ser, avivándose en sus raíces e interpelando al hombre desde ellas. En las vidas del padre y del hijo, paternidad y filiación tienen vocación de eternidad y, en consecuencia, son más fuertes que la muerte de los hombres a los que siempre sobreviven.

Es lógica la pervivencia de este hecho fundacional del ser personal. Cualquiera que sea la duración de una biografía, y con independencia de que el padre viva o no, el hombre será siempre interpelado por la cuestión de su origen; interpelación esta que le encamina al reconocimiento de un hecho —el de su origen— al que no puede hurtarse por no ser renunciable y, mucho menos, soslayable o sustituible. Por eso la paternidad es la referencia anterior y primera de cualquier otra, la referencia de las referencias. Acto fundacional, hecho constitutivo e identidad personal resultan, por esta causa, indisociables. Ciertamente, la paternidad funda y vertebra la identidad personal, por ser el origen constitutivo y el marco referencial al que necesariamente el hombre ha de apelar una y otra vez y siempre que se plantee el problema de quién es.

Thomas Wolfe[1] pone en boca del padre de Grover unas duras palabras contra el avaro señor Crocker que le ha robado unas estampillas a su hijo y no se las quiere devolver: “Usted no sabe lo que es ser padre, usted nunca ha sabido lo que siente un padre o nunca ha comprendido lo que siente un hijo… Por eso actúa así… Pero se hará justicia tarde o temprano. Dios lo ha maldecido, ha hecho de usted un hombre miserable, le ha dado esa cojera y le ha impedido tener hijos… Y así, cojo y sin hijos, miserable como es, se irá a la tumba y nadie le recordará”.

Es posible que algunos varones, como el señor Crocker, no sepan lo que siente un padre y por eso se comporten con indiferencia frente al aborto decidido únicamente por la mujer. Es posible que algunas mujeres, como el señor Crocker, tampoco sepan lo que siente un padre y por eso decidan por sí solas el aborto de sus hijos.

 

[1] Thomas Wolfe, El niño perdido (Editorial Periférica, Madrid 2011),  p. 45.

Dr. Aquilino Polaino
Catedrático de Psicopatología. Universidad CEU San Pablo  

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