Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|miércoles, junio 19, 2019
  • Siguenos!

Adviento : Vigilante espera 

Cuando alguien pretende dialogar sobre temas cristianos con algunos miembros de sectas orientales, o con aquellos que están posicionados en la filosofía griega, o con los jóvenes universitarios fascinados por las obras de Nietzsche, comprueba que no solo es difícil el diálogo, sino que es casi imposible el mutuo entendimiento. No hay mala voluntad en los interlocutores, pero sí una diferente concepción del tiempo.

Para los primeros, la concepción del tiempo es circular: todo se repite cada cierto ciclo de años, nada hay nuevo y la humanidad está condenada al eterno retorno de todo y de todos. El universo es una burbuja hermética en el que la energía no desaparece, se transforma. Por eso creen en la reencarnación. Plantean un mundo falto de esperanza y abocado, como diría Sartre, a la nada, al vacío, al sinsentido. Por eso, la propuesta de estas filosofías orientales es la evasión del mundo presente, la dormición de todos los sentidos y estímulos para evitar el sufrimiento y procurar cuando antes la liberación de la actual condena existencial.

La concepción judeocristiana del tiempo es lineal. El tiempo se comprende como historia que tiene un principio y un final, y además es historia de salvación, abierta a la novedad, donde es posible la esperanza. Para los judíos y los cristianos el inicio del tiempo es Dios y el final de la historia es Dios. ¡Qué bien lo sintetizó san Agustín en aquella hermosa frase: «Nos hiciste, Señor, para ti, e inquieto está nuestro corazón hasta que descanse en ti»; y san Pablo: «Él es origen, guía y meta del universo»!

Este domingo inauguramos un nuevo año litúrgico. Es día de año nuevo, en el que se nos regala un tiempo de gracia para celebrar el misterio de Jesucristo, principio y fin del año litúrgico, centro y culmen de toda la historia de la salvación.

Inauguramos también un nuevo Adviento para preparar la fiesta de la Natividad del Señor y meditar el misterio insondable de la Encarnación. Ciertamente, vivimos en una sociedad que ha asesinado el Adviento. Parece que, después de orar junto a la tumba de nuestros difuntos en noviembre, regresamos del cementerio y nos topamos con unas calles vestidas totalmente de Navidad. Sin embargo, la sabiduría multisecular de la Iglesia sigue convocando a los cristianos a situarse en Adviento, en tiempo de preparación y espera para las fiestas que se avecinan; porque sabe y ha experimentado que lo que no se prepara no se vive ni se valora.

El texto del Evangelio de Lucas proclamado en este domingo advierte de que habrá un final. Usando el lenguaje apocalíptico típicamente judío afirma que «habrá signos» que anunciarán el final del tiempo. Pero, como hemos señalado, el final del tiempo y de la historia es Dios: «Verán al Hijo del Hombre», al Señor glorioso que vuelve, como dice san Pablo en la segunda lectura, en gloria y majestad. ¿Qué hacer, entonces? Vivir el momento presente, el hoy de Dios, seguir adelante, en vigilante espera, «despiertos», con esperanza y confianza en Dios, comprometidos en esta preciosa misión de ser fermento y alma en el corazón del mundo. Y mientras dura este tiempo presente, ¡bien podríamos hacer nuestros hoy –ante el camino por recorrer en el nuevo año litúrgico– los sentimientos humildes del salmista: «Señor, enséñame tus caminos… instrúyeme en tus sendas… haz que camine con lealtad»!

Aurelio García Macías
Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramento

Añadir comentario