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Agustín de Hipona 

San Agustín es uno de esos hombres para quienes la muerte no existe. Sus huesos podrán estar repartidos aquí o allá, entre Europa y África, pero su alma posee el privilegio de la ubicuidad: de estar en el cielo a la luz de Dios y de haberse quedado en la tierra para darnos luz a nosotros.

semejante a nosotros en el pecado, superior en la gracia

En él tenemos al  Santo, al que goza del Eterno, pero también al hombre; un hombre que se nos asemeja, que divisamos todo transfigurado y refulgente en la ciudad celestial, pero a quien siempre podemos considerar como a un hermano nuestro que ha conocido nuestras miserias, que ha pecado como nosotros, que ha llorado de adulto como un niño, que se ha enamorado, que ha sentido la amistad, que ha sido orgulloso como lo somos todos, que ha chapoteado como todavía nosotros chapoteamos, pero que nos muestra el camino para salir del charco y nos alarga su mano firme y cálida para ayudarnos.

Agustín es como nosotros. Sus pecados fueron los pecados comunes a la mayoría: el amor a las mujeres, al lucro, a la fama. Pero su sensualidad fue sublimada en ansias de la beatitud espiritual; su deseo de felicidad, en apaciguamiento en la sabiduría divina; su amistad apasionada, en vínculos de caridad a todos; su orgullo, en la aspiración de rehacer en sí la imagen perdida de Dios y de unirse a Él

En Agustín está todo. Es el hombre integral, el hombre universal, el hombre sin vacíos. El superhombre, no en el sentido de Nietzsche, sino en el de San Gregorio Magno, es decir, uno de esos superhombres que lo son por saber las cosas divinas. Y no sólo por ser poeta, orador, psicólogo, filósofo, teólogo y místico, sino porque reúne en sí, en armoniosa síntesis, todos aquellos contrastes que en la mayoría, aislados, provocan crisis, errores, conflictos, y en él, en cambio, reflejan una verdad superior.

Es, primero, pecador, después santo; antes profesor, luego pastor y, más tarde y a la vez, cenobita y hombre de gobierno, poeta y racionalista, dialéctico y romántico, tradicionalista y revolucionario, retórico elocuente y orador popular.

Insiste en la necesidad de la razón para llegar a comprender los dogmas de la fe, pero al mismo tiempo reconoce que la fe ayuda a comprender.

Disputa y argumenta como un abogado y se eleva en éxtasis como un místico: “A veces (me) metes en una extraña e íntima plenitud de no sé qué dulzura que, si llevase al colmo, se convertiría en algo que no sería ya esta vida”.

¡oh Verdad, luz de mi corazón, en ti vuelvo a la vida!

Según Agustín, el hombre es tanto más libre cuanto más escoge el bien y se acerca a él. La verdadera libertad no consiste en poder hacer el bien lo mismo que el mal, sino en poder volverse hacia el bien y abandonar el mal.”¿Cuándo es, por ventura, más libre el libre albedrío, sino cuando no sirve al pecado?

Para él, Dios no es un concepto por conocer, sino una realidad viviente por gozar; lo verdadero no es algo que sencillamente se aprende, sino un bien que quiere apropiarse una parte de su cotidiana sustancia; el Cristianismo no es una colección de doctrinas, sino una vida que es preciso vivir integralmente.

Y nadie, después de San Pablo, ha definido al Cristo místico como él lo ha hecho. Su alma, ávida de felicidad, no podía saciarse sino en  Dios, es decir, en la plenitud de una eterna felicidad, pero ya saboreada, aquí abajo, en breves instantes, en la comunión con Cristo siempre vivo. Y tanta fuerza tiene en él este sentimiento de fraternidad con el Crucificado, que el sólo sobrellevar nuestra vida, “gobernar nuestra mortalidad”, le parece llevar la cruz a la par de quien venció a la muerte

todo es ganancia por Jesucristo, pese al sacrificio

Nosotros le vemos, de lejos, a través de la consagración de los siglos, de la canonización, de las siluetas de los discípulos y de los comentadores, y nos produce el efecto del soberano intelectual de su tiempo, del fuego sobre la montaña, del Padre de la Iglesia envuelto en sus ornamentos episcopales. Pero si nos acercamos a él y tratamos de leer entre las líneas de los sermones y de las cartas, descubrimos, a la par que su grandeza, su enorme soledad.

En realidad, Agustín no es durante toda su vida  sino el obispo de una pequeña ciudad africana. Este hombre, que a nosotros nos parece la más luminosa cima de la cristiandad del siglo V, ha permanecido durante treinta y cinco años en una sede de quinto orden, tratando con gente ignorante, que le ama, pero no le comprende.

En Cartago le estiman y solicitan el concurso de su ingenio en los momentos difíciles, pero ninguno de sus admiradores piensa en sacarle fuera de aquel encierro medio destierro de Hipona (Argelia). Con  Roma sostiene pocas relaciones; los teólogos de la Galia se levantan contra él, Julián de Eclano se divierte en hacer su anatomía con muy fina y maligna ironía. Su conversación era ambicionada por los mejores espíritus de la época; pero estaban, la mayoría, al otro lado de los mares, y durante más de cuarenta años Agustín no zarpará una sola vez de África.

¡tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva!

¿Quién podía consolarle sino Dios? ¿Quién podía comprender la continua efervescencia de su espíritu sino Aquel que le había creado de aquel modo para demostrar en él su poderío? Este es el motivo de que la forma más espontánea de su arte sea el soliloquio, porque ¿qué son las Confesiones sino un apasionado soliloquio en la presencia de Dios?

Águila en los cielos y buceador en el mar, San Agustín nos transporta entre las constelaciones y nos guía en las inmensidades abismales. Su entendimiento nos acompaña a las lumbreras de los más inasequibles misterios, y su corazón amoroso y abrasado encuentra todavía, después de tantos siglos, los caminos de nuestro corazón y lo hace vibrar con el latido de sus palpitaciones.

Si olvidamos por un momento al Doctor de la Gracia para ver en él al Doctor de la Caridad, reconoceremos en Agustín no solo al arquitecto de la teología y al titán de la filosofía, sino al hermano que lloró y pecó con nosotros, al santo que logró escalar la ciudad del eterno gozo y sentarse a los pies del Dios recuperado para siempre.

“Deseaba y ansiaba la liberación; sin embargo, seguía atado al suelo, no por cadenas exteriores, sino por los hierros de mi propia voluntad. El Enemigo se había posesionado de mi voluntad y la había convertido en una cadena que me impedía todo movimiento, porque de la perversión de la voluntad había nacido la lujuria y de la lujuria la costumbre y, la costumbre a la que yo no había resistido, había creado en mí una especie de necesidad cuyos eslabones, unidos unos a otros, me mantenían en cruel esclavitud. Y ya no tenía la excusa de dilatar mi entrega a Ti alegando que aún no había descubierto plenamente tu verdad, porque ahora ya la conocía y, sin embargo, seguía encadenado … Nada podía responderte cuando me decías:  ‘Levántate del sueño y resucita de los muertos y Cristo te iluminará . . .”

Nada podía responderte, repito, a pesar de que estaba ya convencido de la verdad de la fe, sino palabras vanas y perezosas. Así pues, te decía:  “Lo haré pronto, poco a poco; dame más tiempo”. Pero ese pronto no llegaba nunca, las dilaciones se prolongaban, y el poco tiempo se convertía en mucho tiempo.

“No quiero salvarme sin vosotros. ¿Cuál es mi deseo? ¿Para qué soy obispo? ¿Para qué he venido al mundo? Sólo para vivir en Jesucristo, para vivir en Él con vosotros. Esa es mi pasión, mi honor, mi gloria, mi gozo y mi riqueza”.

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