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AJUSTAR NUESTRA VIDA A DIOS 
20 de Agosto
Por Tomás Cremades

Dijo Jesús a sus discípulos: “En verdad os digo que difícilmente entrará un rico en el Reino de los Cielos. Lo repito: más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el Reino de los Cielos.” Al oírlo, los discípulos dijeron espantados:” entonces, ¿quién puede salvarse?”. Jesús les dijo: “Es imposible para los hombres, pero Dios  lo puede todo”. Entonces dijo Pedro a Jesús: “Ya ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué nos va a tocar?”. Jesús le dijo:” En verdad os digo: cuando llegue la renovación y el Hijo del hombre se siente en el trono de su gloria, también vosotros, los que me habéis seguido, os sentaréis en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel. Todo el que por mí deje casa, hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o tierras, recibirá cien veces más, y Vida Eterna. Pero muchos primeros serán últimos, y muchos últimos serán primeros” (San Mateo 19, 23-30).

COMENTARIO

En un mundo como el actual, donde tanto vales cuanto tienes, – como vemos muy poco diferente a la época que narra este Evangelio -, es espeluznante la contestación del Señor Jesús:

 “En verdad os digo que difícilmente entrará un rico en el Reino de los Cielos.

Por si hay dudas, lo repite: Lo repito: más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el Reino de los Cielos.

Es decir, es imposible salvarse siendo rico. Imposible para los hombres, no para Dios, también lo dice el Señor. Jesús no está diciendo nada nuevo; para el hombre la salvación es imposible, sea rico o pobre. La salvación es puro don de Dios. Por tanto, no hay que asustarse, por el hecho de ser rico o pobre, en orden a este deseo de salvación.

La salvación es puro don de Dios, pero los hombres para recibir este don, hemos de intentar ajustar nuestra vida a sus enseñanzas. Si quitamos los crucifijos de los colegios, si no enseñamos a nuestros hijos la doctrina de la Iglesia, si no practicamos nuestra fe, si no amamos a nuestros semejantes, en definitiva: si vivimos sin Dios… ¿es lógico luego pedir clemencia a Dios?

“No se puede servir a dos señores…no podéis servir a Dios y al dinero…” (Mt 6.24), nos había dicho el Señor unos versículos antes.

Pero la pregunta sigue en el aire: Entonces, ¿quién puede salvarse? Porque, no nos engañemos, todos luchamos por el dinero. El dinero es necesario para vivir, y es la compensación justa a un trabajo realizado de forma justa. Entendiendo siempre este término de “justo, o justicia”. “Justo” es “ajustarse “a Dios.

El único Justo es Jesucristo, que es quien “ajusta” su Vida a la del Padre.

El problema es que no se puede hacer cualquier cosa por dinero. Se puede ser rico, siendo pobre, y pobre siendo rico. Si a un pobre, un mendigo de los que tanto abundan, un día por cualquier golpe de suerte, se convierte en rico… ¿se acordaría de sus compañeros pobres, que pedían limosna junto a él? Quizá sí, quizá no. El rico que “ajusta” su vida a Dios, se hace pobre en bien de sus hermanos: no se arruina, no pierde su dinero; emplea su dinero en bien de los demás, sin desatender por ello sus negocios, familia…

Yo creo que el tema es tan claro, que el que no quiera entender es porque en su interior “sirve” a ese dios dinero, que “casi” todo lo puede en este mundo, pero que cuando muera lo dejará aquí. En definitiva, lo que dice el Señor es que veamos cómo es nuestra relación con el dinero.

Llama la atención la pregunta de Pedro, que, como siempre, actúa de portavoz del grupo de los Apóstoles: A nosotros, ¿qué nos va a tocar?

Está en la misma dimensión que la madre de los Zebedeos: “…ordena que estos hijos míos se sienten uno a la derecha y otro a la izquierda en tu Reino…” (Mt, 20-20)

Y nosotros ¿no pedimos igual?: “…ya ves que te hemos seguido, que voy a misa los domingos, que doy limosnas, (de lo que me sobra, ¡claro ¡), que confieso mis pecados de vez en cuando, etc., etc., yo, que no tengo pecados… que ni tan siquiera pienso que la murmuración es “normal”, que no es pecado…que cumplo, que cumplo… Pero que no me toquen mis dineros, yo, que no tengo pecados…

¡Cuánta paciencia del Señor¡ Aquí está la respuesta de Jesús: Todo el que por mí deje casa, hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o tierras, recibirá cien veces más, y Vida Eterna

 No se trata de abandonar a nadie, no. Abandonar no es dejar en la miseria a los demás de la familia… Abandonar es poner es su “justa” medida las circunstancias de la vida de cada uno. ¿Alguno de los lectores, si lo medita despacio, no ha recibido ya ciento por uno, en compensación divina por cualquier cosa mínima que hayamos hecho por la evangelización, o por declararnos hijos de su doctrina en público?

Os aseguro que el que os escribe, en su pobreza de corazón, puede dar testimonio de haberlo recibido. Basta que lo pensemos y veremos que muchas de las cosas buenas de nuestra vida, han sido Providencia de Dios, nunca “casualidad”.

Por ello, desterremos de nuestra vida el miedo, el temor de nuestra condenación, pues el Evangelio, Palabra de Dios revelada por Jesucristo, nunca es para atemorizarnos, sino para “ajustar” nuestra vida a Él. El miedo viene del Maligno.

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