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Al borde del camino 
Por Tomás Cremades

 

       Posturas del hombre ante Dios

Cuando se acercaba a Jericó estaba un ciego sentado junto al camino pidiendo limosna; al oír que pasaba gente preguntó qué era aquello. Le informaron que pasaba Jesús el Nazareno, y empezó a gritar diciendo: ¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mi!”(Lc18, 35-39)

Es interesante el paso de Jesús: Él salió del Padre y vuelve al Padre; nunca vemos a Jesús parado, a no ser que, en su Majestad, revele a las gentes el Reino de los Cielos, la Misericordia de Dios o se pare para responder a las preguntas o interpelaciones de la gente de su tiempo.

Ya nos dice el discurso de Pedro a Cornelio que relatan los Hechos de los Apóstoles (Hch. 10,28): “…pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo…”

El ciego en cuestión se dedicaba a pedir limosna, sentado junto al camino, esperando la piedad o misericordia de la gente que pasaba. No sabemos cuál era la situación que le había llevado a este lamentable estado, pero lo que es cierto es que se había acomodado a esa situación y ya sólo esperaba que le resolvieran su problema. Su posición ante la vida era ya la de permanecer sentado junto al camino.

Llama la atención la “postura” de estar sentado. Los Evangelios con relativa frecuencia nos hablan de determinadas actitudes, o posturas, que podemos analizar: estar sentado, estar de pie, estar acostado…

Fijémonos en Mateo (9,10) en la llamada a Mateo: “…Cuando se iba de allí, al pasar vio Jesús a un hombre sentado a la mesa de los impuestos. Y le dice: ¡Sígueme! Él se levantó y le siguió…”

Mateo sólo vivía para cobrar impuestos; era un publicano cuyo modo de vida era recaudar los impuestos que los romanos habían instituido, quedándose con un tanto por ciento de la recaudación. Era la forma de vivir, de los llamados publicanos, considerados por ello pecadores en el pueblo de Israel. El problema es que su objetivo en la vida era ese: el dinero. Estaba sentado a la mesa de los impuestos y era, podríamos decir, un impuesto viviente. Todo su ser, como si fuera su carne una continuación de la mesa, era eso: los impuestos, el dinero.

Sin embargo, el Señor, cuando lo elige, no le reprocha nada; no le increpa su mal proceder. Simplemente se limita a decirle: ¡sígueme! ¡Qué diferente de nosotros! De los reproches de un padre a un hijo, de un amigo a otro amigo, de los esposos entre sí! No es que no haya que educar, pero siempre desde la caridad, con la CORRECCIÓN FRATERNA. ¡Qué diferente el paso del Señor! ¡Sígueme! Así es nuestro Dios. ¿Cuándo te conoceré como eres? ¿Y cuándo podré amarte con la sencillez con que Tú me amas?

Continuamos con otro texto: Lc, 10 38-40: “…Yendo ellos de camino entró en un pueblo; y una mujer llamada Marta le recibió en su casa. Tenía ella una hermana llamada María, que, sentada a los pies de Jesús, escuchaba su Palabra…” También Marta había hecho en esa postura de estar sentada una forma de unirse a Jesús; era la forma de acoger de forma cómoda su Palabra. Podríamos decir que en esa postura se olvida de todo lo que le rodea convirtiéndose en el “sarmiento” de la Vid-Jesús.

Muchos son los textos que nos revela la Majestad de Dios hecho carne en Jesús de Nazaret. Me atrevo a señalar uno, Mt (5,1-3) : “…Viendo la muchedumbre subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron…”. Jesús, en toda su Magnificencia, pero al mismo tiempo con toda humildad, con toda paciencia, va desgranando el discurso de las Bienaventuranzas, verdadera síntesis de sus enseñanzas, donde nos revela el Misterio de la Redención, el Pensamiento de Dios en cuanto a la actitud del cristiano ante la Vida, tan distante del pensamiento de los hombres.

No en vano recrimina a Pedro el “pensar como los hombres, no como Dios”, en otro texto evangélico. En la catequesis de las Bienaventuranzas, el Señor Jesús, se sienta, para poner en resonancia al hombre con Dios,-que es el significado de la palabra catequesis-, para elevar al hombre a la categoría de Dios. Dios se hizo hombre en la segunda persona de la Santísima Trinidad, para que el hombre fuera imagen y semejanza de Él.

El texto en el que Jesús comienza las Bienaventuranzas, dice así: Jesús se ha sentado, para explicar más cómodamente el texto indicado. Se sienta con toda su Majestad, tomando la Palabra para revelar la forma en que Dios entiende el Reino de los Cielos.

Al hilo de esta alocución, podemos hacer un paréntesis para meditar sobre otra actitud o postura, que aparece con frecuencia en las Escrituras: estar de pie.

Hay un texto bellísimo en el martirio de Esteban que se relata en los Hechos de los Apóstoles (Hech.7,55):

Esteban, (cuyo nombre significa Coronado, y que hizo honor a este nombre siendo coronado con el martirio de la lapidación), da testimonio público de su fe en Jesús: “…pero él, lleno del espíritu Santo, miró fijamente al cielo, vio la gloria de Dios y a Jesús, de pie, a la diestra de Dios, y dijo: Estoy viendo los cielos abiertos y al Hijo del Hombre de pie a la diestra de Dios…”.

El Señor Jesús, como Testigo fiel, está de pie ante el Padre testificando a su favor. Este estar de pie, es la postura del abogado defensor, nuestro Abogado defensor, que un día también testificará en nuestro favor ante el Padre cuando comparezcamos a juicio. Ya en el libro del Apocalipsis se nos revela que será precipitado el Acusador (Ap 12,10): “…porque ha sido arrojado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba día y noche delante de nuestro Dios…”.

El diablo nos engaña una y mil veces enseñándonos como bien lo que está mal y como mal lo que está bien. Y luego nos acusa ante Dios de nuestros pecados, fruto de su engaño. Pero Jesús, el TESTIGO FIEL, nos defenderá ante el Padre.

Y estamos seguros de ello, porque “…s i negamos a Dios, Él también nos negará, pero si somos infieles, Él permanece fiel, porque no puede negarse a si mismo…”( 2 Tim, 12). Esta es nuestra garantía de salvación, la Fidelidad del Señor, la seguridad que cumple su Palabra y sus promesas.

Hay otro texto que, como de puntillas, se nos habla de la postura de estar de pie. Y digo “de puntillas”, porque el detalle puede parecer insignificante como detalle, pero que nos conduce nuevamente al pensamiento indicado antes. Es en el Evangelio de Nuestro Señor según san Juan. (Jn 20, 14-15), en la aparición de Jesús resucitado a María Magdalena: “…dicho esto, se volvió y vio a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús…”. Él estaba revelando su profecía de la Resurrección ante María Magdalena, y en pie, testificaba la verdad de su Mensaje, la Fidelidad de su Palabra, el cumplimiento de las Escrituras, la Verdad de la Revelación, la plenitud de nuestra fe: su Resurrección.

Es fundamental en nuestro camino de fe, fijarse en los detalles del Evangelio y de la Escritura en general: hay que ser cautos en las interpretaciones, pues nuestro adversario enemigo pretenderá llevarnos a equívocos, que nos dispersarán de nuestras iniciales buenas intenciones; pero poniéndonos en manos de Dios, con la mirada puesta en Él, en Aquel que nos conforta, como San Esteban protomártir, con la mirada y sencillez de los pequeños de Dios, no erraremos jamás, porque Él nos habla con su Palabra, y no permitirá que nuestro pie tropiece en la piedra ( Sal 90,12).

El Sembrador.- Lc (8,5-8)

Salió un sembrador a sembrar su simiente, y, al sembrar, una parte cayó a lo largo del camino, fue pisada, y las aves del cielo se la comieron; otra cayó sobre piedra, y después de brotar, se secó por no tener humedad; otra cayó en medio de abrojos, y creciendo los abrojos con ella la ahogaron. Y otra cayó en tierra buena, y creciendo, dio fruto centuplicado” Dicho esto exclamó: “el que tenga oídos para oír, que oiga”

A lo largo del camino, o sentado al borde del camino como el ciego de Jericó. ¿Estoy yo sentado al borde del camino, o a lo largo del camino de mi vida? Quizá estoy “sentado” muy cómodamente en ese borde, identificándome con el camino donde no brota la simiente =PALABRA de Dios, en mi vida.

Y me conformo todos los días con las migajas que me da la vida, adaptándome a esa situación de la que no me atrevo a salir, y que, además, defiendo con uñas y dientes diciéndome a mí mismo, y los demás: ¡virgencita, que me quede como estoy!

Esas migajas pueden ser un salario cómodo, una situación ventajosa en la vida, unos hábitos adquiridos de los que no me puedo salir…o no quiero salir

Y así pasan los días, y pasa mi vida; pero Dios me ama. Me ama y quiere que salga de esta situación. Y me espera; me espera un día, y dos, y tres…y me da cientos y cientos de oportunidades de salir de esta situación.

Una vez es un amigo que me dice: ¡ven a esta catequesis! Otra vez la llamada puede ser más dura, como una determinada desgracia personal, o familiar, una quiebra económica, un fallecimiento…que te hacen reflexionar…

¿Cuántas veces muchas conversiones han venido de la mano de alguien a quien el Señor inspiró una frase, una llamada, un ¡ven y sígueme a esta o a tal iglesia! Y ni siquiera caemos en la cuenta de que somos portadores de la Palabra de Dios en ese momento, llevando un tesoro en nuestra propia vasija de barro.

¡Qué cerca está el Señor Jesús de cada uno de nosotros, pendiente de nuestro amor, de nuestra aceptación del Evangelio, que es el mismo Verbo de Dios encarnado! Y nosotros sin enterarnos.

A todo esto, ¿cómo reaccionó el ciego de Jericó, cuando se enteró de que pasaba Jesús? Leemos en Lc (18, 39 y ss):

Los que iban delante le increpaban para que se callara, para que se callara, pero él gritaba mucho más: “Hijo de David, ten compasión de mi” Jesús se detuvo, y mandó que se lo trajeran. Cuando se acercó le preguntó: ¿Qué quieres que te haga? Él dijo: Señor, que vea. Jesús le dijo: “Recobra la vista, tu fe te ha salvado” Y al instante recobró la vista y le seguía glorificando a Dios. Y todo el pueblo, al verlo, alabó a Dios.

Los que iban delante le increpan para que se calle. Actualmente, cuando pones tu confianza en Dios y lo manifiestas, los que van delante, los sabios, los poderosos, los que confían en sus fuerzas, en su dinero, en su poder…te increpan para que te calles. Eres molesto y te preguntan, burlonamente: ¿todavía crees en los Reyes Magos? ¿Aún no sabes que son los padres? O, si queremos acogernos al lenguaje de Dios manifestado en los Salmos, “… son mis lágrimas mi pan de día y de noche, todo el día me preguntan ¿dónde está tu Dios? (Sal 42,4)”

Pero Jesús se detiene: Él hace un camino: viene del Padre y va al Padre; pero se detiene. No pasa de largo ante el dolor humano, cuando alguien pone su confianza en Él. Ante la oración que sale del corazón, al Señor se abren las entrañas maternas, y no puede por menos de detenerse. “¿Qué quieres que te haga?” De sobra sabe Jesús lo que necesita; pero quiere confirmar la fe del ciego y de todos los que presencian la escena. Jesús sólo nos pide FE. Que públicamente demos testimonio de ella, sabiendo que Él todo lo puede, que nos FIEMOS de su Palabra. Fe es fiarse de Jesucristo. La explicación que nos dieron de niños: fe es creer lo que no vemos, es válida pero se queda raquítica. Fe adulta es fiarnos de Dios. Como diría el Salmo: “…como un niño en brazos de su madre…”(Sal 131).

También Jesús se paró en el camino de Emaús, haciendo intento de seguir, (Lc, 24, 13-35) Pero no le dejaron los discípulos: “¡Quédate con nosotros…” Incluso Jacob (Gen 23, 27), en el episodio de la lucha con Dios, le sujeta al rayar el alba diciéndole: “… no te soltaré hasta que me bendigas…” Y Jesús se detiene. ¡Que vea! Pide el ciego.

Señor, yo también te pido ver. ¿Dónde te veo? Te veo en el Evangelio, tu Palabra escrita, te veo en la Escritura, palabra revelada desde antiguo a los hombres por los profetas. Te veo en las personas que sufren, en las Bienaventuranzas, en la Creación… Te veo en mis miserias, te veo esperándome cuando peco, porque el pecado no es sino el engaño de Satán al hombre que busca la felicidad donde no existe, fuera de Ti

Y continuamos con el Sembrador. Hay semillas que al caer sobre piedra se secan por falta de humedad. Parece muy lógico este razonamiento. Lo que me llama la atención es que un sembrador, siembre sobre un lecho de piedra. Algo nos quiere decir el Evangelio.

La semilla, que representa la palabra de Dios, cae sobre nuestro propio corazón de piedra. Nuevamente viene la Escritura en nuestra ayuda. Dice el libro de Ezequiel (Ez 36, 26 y ss): “…quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne…” Está profetizado, la semilla de Dios caerá sobre nosotros como AGUA PURA QUE NOS PURIFICARÁ (Jesucristo, el Agua viva), cambiando nuestro corazón de piedra en corazón de carne. ¿Por qué no dio fruto? Le faltaba HUMEDAD. No tenía humedad, no tenía Agua. El agua que yo te daré será un manantial que salta a la Vida Eterna, le dice Jesús a la Samaritana.

Y termina Lucas: el que tenga oídos para oír que oiga, en palabras de Jesús. ¿A qué oídos se refiere el Señor? Todos tenemos oídos y orejas. No. No se refiere a los oídos del cuerpo; se refiere a los sentidos del alma. Esos no los tenemos todos despiertos. El alma, tiene sentidos como los del cuerpo, pero hay que educarlos.

Israel el pueblo que Dios se escogió como heredad, y del que somos herederos nosotros también, es el pueblo de la escucha. “Shemá Israel”, escucha Israel. Y en la Transfiguración Jesús en el monte Tabor, se oyó la Voz del Cielo que decía: “Este es mi Hijo, ESCUCHADLE”(Mt 9,28-35)

Y Jesús nos lo vuelve a recordar, “”el que tenga oídos para oír, que oiga”. Por tanto, Señor, ¡abre nuestros oídos, no nos niegues tu Santo Espíritu! Que tu Misericordia, Señor, venga sobre nosotros como lo esperamos de Ti. Alabado sea Jesucristo.

                 Tomás Cremades.

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