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Alargar la mano 

Dicen que un coro de ángeles se apareció a aquellos pastores de Belén para anunciarles aquella feliz noticia, la más grande de la historia de la humanidad. Debían ser como los “niños cantores de Viena” aquellos ángeles, pertenecientes a los más altos coros de los “pueri cantores” del cielo, adonde probablemente llegara San Pablo en sus arrebatos místicos.

¿Qué noticia les dieron? “Paz a los hombres que ama el Señor”; no paz a los hombres que aman al Señor (que también), sino a los que Dios ama. Y es que la iniciativa del Amor parte de Dios, por una simple razón: porque Dios es Amor y el Amor es difusivo de por sí (como una gota de aceite que se extiende sobre un papel secante o un tejido). Luego, ese Amor, difundido sobre estos materiales terrenos, que somos nosotros, evoca y remite a la fuente de donde nació y vino, de modo que el hombre pueda devolverle a Dios lo que es suyo: el Amor. Por eso, “amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente” (Mt 22,37; Dt 6,5).

la iniciativa siempre es de Dios

Los tres evangelios sinópticos recogen el breve relato de la curación de la suegra de Pedro. San Marcos, discípulo directo de San Pedro, que debió contarle montones de detalles sobre los hechos y dichos de Jesús, recoge el episodio y dice que “se acercó y, tomándola de la mano, la levantó” (Mc 1,31).

No es de poca monta este relato: es Dios quien no sólo toma la iniciativa (“se acercó”), sino que, además, “la toma de la mano” y, más aún, “la levanta”. No es la primera vez que recurre en la Escritura este “alargar la mano”; y así, por poner algunos ejemplos, “Extiende la mano”, le mandó al hombre de la mano derecha paralizada (Mc 3,5), como le mandaron a Él que la extendiera en la cruz; a un leproso que le pide que le cure “si quieres, puedes limpiarme”, “Él extendió la mano, le tocó y dijo: Quiero…” (Lc 5,12-13); y, cuando expulsó al demonio de aquel muchacho epiléptico, creyendo su padre que había muerto, “Jesús, tomándolo de la mano, lo levantó y él se puso en pie” (Mc 9,27). En otra ocasión iban a enterrar al hijo de la viuda de Naím: “No llores, y acercándose tocó el féretro…” [y ya sabemos cómo acabó la cosa] (Lc 7,14); o curando a un hidrópico en sábado ¿se puede curar en sábado o no?: “Entonces, lo tomó, lo curó y lo despidió” (Lc 14,3).

Precisamente el primer pecado de la humanidad cristalizó en el gesto transcendental de alargar la mano para coger el fruto del árbol: “Y como viese la mujer que el árbol era bueno… tomó de su fruto y comió” (Gn 3,6). Y volvió a alargar la mano para ofrecérselo a Adán, quien a su vez, también alargó la mano para cogerlo de las manos de Eva y llevárselo a la boca.

el sempiterno deseo de quitarle el puesto a Dios

El hombre se diferencia de los ángeles porque éstos son seres espirituales, mientras nosotros somos un “mix” de espíritu y materia, de alma y cuerpo. Ellos no pueden, por propia naturaleza, tener o hacer gestos corporales. El hecho de que no puedan no es sinónimo de imperfección; simplemente no tienen necesidad de ello porque se comunican espiritualmente, de un modo superior.

Nosotros, en cambio, expresamos nuestra vida con multitud de gestos y signos: la escritura de una palabra o de una frase es un conjunto de signos con que expreso algo; el lenguaje igualmente es otro conjunto de sonidos para lo mismo; un beso expresa un saludo, una muestra de afecto o incluso una traición (Judas); un movimiento de la cabeza de izquierda a derecha, o al revés, dice que sí a algo y, si el movimiento es de arriba abajo, dice que no, etc.

Ciertamente el pecado no está en el gesto de alargar la mano, su raíz se afinca en el corazón y en la mente que codicia lo que representa el fruto, “apetecible a la vista y excelente para lograr sabiduría”, o sea, el querer ser como Dios “seréis como dioses” (Gn 3,5), le había susurrado antes la astuta serpiente a la mujer: “Nada hay fuera del hombre que pueda hacerlo impuro, sino lo que sale de dentro” (Mc 7,15).

Con ese “alargar la mano” la mujer sella el pecado que, primero ha nacido dentro, en su interior, haciendo así un sacramento-pacto-alianza con el demonio-serpiente. De aquí que el Señor diga que “si tu mano te es ocasión de pecado, córtatela y arrójala de ti” (Mt 5,30).

la sabiduría de la cruz repara la necedad del pecado

Pero la Historia de la Salvación, que está igualmente repleta de gestos y signos, hará presente la sanación de ese pecado inicial con otro gesto sublime: habrá un hombre, enviado por Dios, Verbo divino encarnado, que también “alargará la mano”, y no una, sino las dos, como para recalcar que la reparación de aquel “desliz” queda eminente e inmensamente colmada, para extenderlas en la cruz.

Aquello que nuestros primeros padres hicieron voluptuosamente para satisfacer el paladar y, con ello, para adorar su propio ego queriendo emular al Creador, quedará expiado en este hombre, al que le forzarán para clavarle ambas manos al madero, convirtiéndolo en verdadera fuente de sabiduría. Lo que Adán y Eva no pudieron conseguir ni lo habrían podido nunca, como le ocurrió al ángel caído, que es ser como dioses, aquel hombre, clavado en la cruz, con sus manos alargadas en el travesaño horizontal, demostró hasta dónde llega la verdadera sabiduría, que no era otra que la sabiduría de la cruz.

De tal modo que todo aquel que quisiera ser discípulo suyo, ser como Él, efectivamente alcance la auténtica sabiduría que neciamente pretendieron Adán y Eva. Entonces, con Él y como Él, sí que seremos como dioses, no ya emulando torpemente al Creador, sino convertidos en verdaderos hijos de Dios, de su misma naturaleza, en Cristo Jesús, muerto en esa cruz y resucitado de la tumba gloriosamente.

El poder del Maligno fue capaz de trastornar el orden tan bello de la creación, renovando en el corazón del hombre el caos tenebroso del inicio, recuperando las tinieblas e introduciendo la muerte. Pero el poder de Jesucristo resucitado no sólo lo restauró, sino que “donde abundó el pecado (y con él la muerte), sobreabundó la gracia” (Rm 5,20) y, con su resurrección, venció la muerte introducida subrepticiamente “por envidia del demonio” (Sb 2,24).

creer no es exigir, es esperar

Curiosamente hay un caso en que la iniciativa de alargar la mano parece no venir de Dios, sino de la creatura. Es la hemorroísa, que después de doce años agotando sus dineros en médicos para curarse de su enfermedad, se atreve a tocar el borde del manto del Señor, sabiendo que así sanaría: lo hizo “y al punto se le paró el flujo de sangre. Y Jesús dijo: ‘Alguien me ha tocado, porque he sentido que una fuerza ha salido de mí’” (Lc 8,44ss.).

Pero no, la iniciativa era también divina. Jesús iba de camino a curar a la hija de Jairo, el jefe de la sinagoga, cuya niña tenía precisamente doce años y ya había muerto; mas “Él tomándola de la mano…” (Lc 8,54), la devolvió a la vida. Jesucristo quería dar a entender que Él era el Señor de la vida y, con la insistencia del evangelista en los doce años de ambos casos, estaba indicando que no era un detalle casual, sino que abarcaba a las doce tribus de Israel, a todo el pueblo, a todo el mundo, al que Él iba a libertar de las pérdidas de sangre y de la muerte para devolverlo a la vida.

La hemorroísa arrancó de Jesús la iniciativa de la curación, superó el poder de la muerte sobre la enfermedad de su riego sanguíneo, que para ellos era como perder la vida (y para nosotros también). Ella también “alargó la mano”, no para ejecutar algún pecado, sino para provocar la salvación que iba a dimanar de las manos de Cristo extendidas en la cruz. Se cumplía así la profecía de Isaías: “Alargué mis manos todo el día hacia un pueblo rebelde que sigue un camino equivocado en pos de sus pensamientos” (Is 65,2).

Alargar la mano, por lo demás, evoca también imponer las manos, gesto oriental antiguo para impartir la bendición de Dios, del sacerdote, de los padres; para expulsar los demonios y para comunicar el Espíritu Santo.

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