Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|miércoles, octubre 23, 2019
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¡Alégrate, Reina del Cielo! 

Cualquier cristianito de a pie no recuerda o sabe cuántas son las apariciones de Jesús resucitado a los suyos; ni falta que le hace: le basta con saber que Jesús resucitó y que está realmente vivo y para siempre. Con todo, el Nuevo Testamento nos deja testimonio de doce apariciones, curiosamente doce, como los Apóstoles, como doce fueron las tribus de Jacob, doce los años de enfermedad de la hemorroísa y los años de la niña que resucitó; doce los cestos de pan que sobraron en la multiplicación de los panes, doce los años que tenía Jesús cuando sus padres lo llevaron a Jerusalén, se perdió y lo hallaron en el templo; doce las legiones de ángeles que le podía enviar su Padre para ayudarle en Getsemaní; doce las veces que dan frutos los árboles de vida en la Jerusalén celeste y doce las estrellas que adornan la cabeza de la Mujer.

Pero recordemos ahora brevemente estas doce apariciones de Jesús resucitado, apuntando sólo alguna referencia bíblica, no todas:

1)    “Se apareció primero a María Magdalena” (Mc 16,9 y Jn 20,11-18).

2)    Aparición a las santas mujeres (Mt 28,9-10).

3)    A los dos discípulos de Emaús (Lc 24,13-33).

4)    A Pedro: “El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón” (Lc 24,34).

5)    El mismo día de Pascua, al atardecer, a los Apóstoles, menos Tomás (Jn 20,19-23).

6)    La semana siguiente, a los Apóstoles, con Tomás (Jn 20,26-29).

7)    A siete discípulos en las orillas del lago de Tiberíades (Jn 21,1-14).

8)    A los once apóstoles en un monte de Galilea (Mt 28,16-30).

9)    San Pablo confirma la aparición a Cefas, a los Doce y “a más de quinientos hermanos a la vez” (1Co 15,6).

10) “Luego se apareció a Santiago” (1Co 15,7).

11) El día de la Ascensión, en Jerusalén, cerca de Betania, a los Apóstoles, después de cuarenta días (Lc 24,50, Hch 1,1-8).

12) A Pablo, camino de Damasco: “Y en último término, se me apareció también a mí, como un abortivo” (1Co 15,8).

Bien; llegados aquí cabe y surge una pregunta: ¿Y la aparición a María, su Madre? Como vemos, los textos bíblicos no la mencionan siquiera. Lo cierto es que no hay nadie, no ya en el sentir general de la creencia popular de todos los tiempos, sino también entre los teólogos y exegetas católicos que no la dé por supuesta.

Canta, hija de Jerusalén, mira a tu rey que viene justo y victorioso

No es necesario apelar a graves razones teológicas basadas en su divina maternidad, ni al privilegio de estar por encima de toda criatura, incluidos los apóstoles y las otras piadosas mujeres que acompañaron a Jesús durante su vida, en su muerte y a las que se apareció resucitado. ¿Y no se iba a aparecer a su Madre? Es impensable.

Ni hace falta recurrir a meros motivos sentimentales para hacer más que comprensible que naturalmente se aparecería ante todo y antes que a nadie a su Madre, porque estas cosas suceden, como se dice, “en las mejores familias”: si un joven, por ejemplo, se va al servicio militar o a cursar estudios al extranjero, cuando vuelve, comienza por visitar a su novia, a sus amigos, etc. Si alguien le pregunta: “A quién has ido a ver primero”, seguro que le responderá: “A Fulano o a Mengano”. “Pero ¿no has ido a ver antes a tus padres?”. “Pues, ¡claro!, ¡qué cosas tienes!; primero he ido a casa a ver a mis padres y luego he hecho —por ejemplo— estas doce visitas…”

Nada de extraño, pues, que los evangelistas no levanten acta de una cosa tan natural y sí de las numerosas circunstancias extraordinarias que rodearon cada una de esas doce apariciones que hemos consignado, lo que tampoco quiere decir que no haya habido otras de las que no nos han llegado noticias.

La joven Madre María, desde el primer momento de su embarazo —primero se quedó “azarada” con la propuesta de San Gabriel y, luego, “embarazada” por la fuerza del Espíritu Santo—, tuvo una espina clavada en el corazón hasta el día cruelísimo del Calvario, pasando por la humillación y la prueba de las aguas amargas por saber de quién era el niño que llevaba en sus entrañas, por la temerosa huida a Egipto porque Herodes quería acabar con la criatura y, antes, poco después de nacer, por la profecía de Simeón: “Y a ti misma una espada te atravesará el alma” (Lc 2,35).

Una espada —no ya una simple espina— que la acompañó toda su vida, los treinta y pico años de la vida de Jesucristo. ¡Son muchos los años del dolor de la Virgen Madre! (En el número 9 de la revista Buenanueva hemos recordado simbólicamente los siete dolores de la Virgen Dolorosa, la Virgen de las Angustias, la Virgen de la Soledad): a Él, a Jesús, fue una lanza la que le atravesó el costado, pero estaba ya muerto; a Ella esa lanzada supuso el paroxismo del dolor anunciado por aquel anciano profeta, que acabó por destrozarle al alma.

¿Por quién de los dos se lamenta el profeta, por el Hijo o por la Madre, cuando llora en su elegía: “Vosotros, todos los que pasáis por el camino, mirad y ved si hay dolor semejante al dolor que se me inflige” (Lm 1,12)? De los dos como de uno solo habla el profeta: la lanza produce esa transfixión en el costado inerte de Cristo mientras esa espada invisible rompe el alma de María, atravesándola de parte a parte. Jesús ha redimido al mundo y Ella lo ha corredimido.

Salve, eterna doncella, que del cielo eres puerta

Si el Padre no ha permitido que su Hijo experimentara la corrupción del sepulcro, levantándolo de los muertos a la gloria para siempre, ¿no va a presentar a ese Hijo resucitado ante la Madre que le dio el ser y que el mismo Espíritu Santo escogió como Arca de la Nueva Alianza? ¿Qué necesidad tenemos de que nadie nos lo cuente para saber que primeramente Jesús se apareció glorioso a su Madre para decirle que, por fin, aquella espada de Simeón había dejado de atormentarla?

Otra cosa es que la imaginación pueda volar y figurarse a Jesús, primogénito de los muertos (Ap 1,5; Col 1,18), acompañado de toda la corte celestial y de todos los santos que estaban esperando el advenimiento de Cristo a los infiernos —comenzando por Adán y Eva—, para estallar en un canto que por primera vez resonara silenciosa e inauditamente en los oídos de la Virgen Madre: “Regina coeli, laetare!”, “Alégrate, Reina del Cielo”; y, desde entonces, así lo entona la Iglesia tres veces al día en el tiempo pascual. Con razón, pues, doce son las estrellas de la corona de gloria que adorna la cabeza de la Mujer (Ap 12,1).

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