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Alegría  y obediencia 
20 de Mayo
Por Francisco Jiménez

«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: “Me voy y vuelvo a vuestro lado.” Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, sigáis creyendo. Ya no hablaré mucho con vosotros, pues se acerca el Príncipe del mundo; no es que él tenga poder sobre mi, pero es necesario que el mundo comprenda que yo amo al Padre, y que lo que el Padre me manda yo lo hago”». (Jn 14, 27-31a)


A Pedro El Señor le preguntó por tres veces si lo amaba. Entre personas que se quieren, el solo acto de preguntar por el amor del otro hace que rápidamente este entre  en tristeza o pesar. Es humano traducir la simple duda, la pregunta, como una insinuación de negativa; la duda sí ofende en cuanto al amor se refiere. Si me preguntas si te quiero es porque tú lo dudas, y si lo dudas es porque hay algo que te hace pensar que no te quiero. Este es un esquema psicológico habitual. Una cosa es recibir con agrado la declaración reiterada de amor, y otra muy diferente interrogar sobre el amor para, eventualmente, obtener una declaración afirmativa. De algún modo, el que formula la duda esta delatando falta de amor por el lado del interpelado.

Pedro se rindió a la tercera vez, y tras confesar que amaba al Señor, a su omnisciencia fió la autenticidad de su declaración. En la lectura que la Iglesia proclama hoy, también Jesús nos pregunta por nuestro amor hacia Él; lo pone en duda. Y lo pone en duda de forma sorprendente, paradójica, insólita.

Si algo es pacífico para los estudiosos, poetas, psicólogos, tratadistas del amor — del amor  como fenómeno humano— es que los amantes se buscan entre sí y propenden hacia la unidad. Nada más ajeno a la esencia del amor humano que el alejamiento, la distancia o la pérdida definitiva.  No es concebible el amor sin cercanía, intimidad, convivencia, disfrute mutuo…

Y, sin embargo, Jesús aquí pone en duda nuestro amor por Él, sugiriendo algo que es inimaginable, contrario a nuestra naturaleza: que nos alegremos de que se vaya.

¿A quién, a qué amante,  se le ocurriría pedir alegría ante el propio alejamiento personal? Es desconcertante, ciertamente, pero Jesús pide que nos alegremos de su partida y en esa alegría cifra y comprueba nuestro amor  hacia Él. “Si me amárasis, os alegraríais de que vaya al Padre“.

Se abre ante nosotros un abismo de grandeza insondable cuando explica esa aparente contradicción, que a un tiempo denuncia la miopía de nuestra percepción, el extravío de nuestros sentimientos y la pequeñez de nuestra razón:  “porque el Padre es más que yo”.

Solo Él, que conoce al Padre, sabe cuántos bienes comprende y cuán saciante de las ansias humanas es “El que es”. El reproche profético hacia nosotros es doble;  por no conocer —o siquiera imaginar— como es Dios, y por no desear lo mejor para el amado, que en eso consiste el amor. La declaración que confortaría a Jesús es un unánime “sabemos que lo mejor es tu vuelta al Padre”. Así romperíamos con un posesivo y cortoplacista apego a un hombre extraordinario.

Esto es lo que preocupa a Jesús, ¿cómo vamos a tomarnos su partida? ¿Qué va a pasar con nuestra fe? Fides es confianza. Quiere que sigamos confiando en Él. Para eso, como todos los profetas, se había acreditado con el cumplimiento exacto de lo prometido por Dios. Como no quiere que se pierda ninguno, avisa con el dramatismo del final —”Ya no hablaré mucho“— para que justamente cuando ocurra lo mas decisivo, su reencuentro con el Padre, nadie pierda la fe.

Caritas et Fides, el amor y la confianza confluyen en un destino: su resurrección y vuelta al Padre. Pero la misión no trata de un innecesario —o absurdo— regreso al origen, sino que “es necesario que el mundo comprenda que yo amo al Padre, y lo que el Padre me manda yo lo hago“.

He aquí en toda su virulencia el combate de Jesús; la increencia derrotada por la obediencia. La increencia tiene multitud de avales: el sufrimiento, el escándalo, el cisma, la muerte, la Historia, etc. Por eso quiere que el mundo “comprenda”. No hay fideismo ni sugestión; quiere comprensión, es decir, que los hombres —dotados de memoria, inteligencia y voluntad— se persuadan tan profundamente como necesiten de que Jesucristo no es el absurdo sino el amor. Y el amor no es un sentimiento impreciso a merced de su proyección subjetiva sobre cualquier realidad, el amor tiene un contenido exacto aunque nada fácil de aceptar por los humanos: obedecer. Suena muy mal a nuestros engreídos oídos contemporáneos, pero esta es la verdad: amas al que obedeces. Y la comprensión en Jesucristo de esta gran verdad es el motivo objetivo de nuestra alegría: “…lo que el Padre me manda yo lo hago“.

Francisco Jiménez Ambel

Responder a Alegría  y obediencia

  1. Teresa Valero

    Me hace pensar, realmente es bueno!

     

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