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“Cuanto menos es uno, más se encarga Él de todo” 
9 de Marzo
Por Hermenegildo Sevilla

«En aquel tiempo, a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola: “Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: “¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”. El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; solo se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador”. Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido». (Lc 18, 9-14)


Vivimos en la actualidad, y desde hace ya algún tiempo, instalados en la dictadura del “pensamiento único”. De esta lacra social, que constituye un atentado contra la libertad, la inteligencia y la dignidad del hombre, dimanan una serie de sentencias y lugares comunes propios de dicho pensamiento. Podemos citar, entre ellos, el consabido: “no me arrepiento de nada”, con el que tantas personas hacen balance de su vida. Todos conocemos a personajes del mundo de la política, la economía, la cultura o el deporte, que apadrinan dicha frase. Actitudes y hechos que antes eran motivo de sonrojo o de rechazo son justificados ahora, al amparo de la tolerancia del “todo vale”, reflejo de la suplantación de Dios por un “yo” egoísta y caprichoso que ocupa el vacío en el corazón del hombre. La irresponsabilidad y la impunidad campa a sus anchas en medio de este caos, provocando un grave deterioro en el tejido social.

El hombre contemporáneo, con el que convivimos a diario, tiene como principal o única meta el conseguir cotas de poder cada vez más altas y disfrutar, desaforadamente,  de un estado de “bienestar” social y económico lo más elevado posible. No se reparan en medios para conseguir estos objetivos y cuando alguien es sorprendido con “las manos en la masa”, en lo último que se piensa es en reconocer la culpa o reparar el daño causado. Los medios de comunicación reflejan casi a diario sucesos de este tipo.

Este mal, que afecta a lo más profundo del hombre, aparece también inmerso en el evangelio de hoy. La Palabra de Dios siempre es actual y nueva, y en ella aparece continuamente la “preocupación” del Señor por la humanidad. Este fragmento del Evangelio según San Lucas va dirigido también a cada uno de nosotros. Su validez y eficacia rompen cualquier barrera geográfica o temporal.

Jesucristo aparece como la roca con la que tropieza todo aquel que camina por senderos alejados de Él. Su Palabra denuncia  la mentira que, sembrada por el demonio, amenaza la “vida” del hombre y ataca sus raíces más profundas.

El Señor nos presenta, una vez más, a la humildad como una virtud indispensable para poder llegar a Él. Los fariseos de la parábola se tenían por justos y despreciaban a los demás. No se conocían a sí mismos, vivían en el engaño; y solo estando en la verdad acerca de uno mismo se puede ser humilde. La humildad y la verdad se encuentran intrínsecamente unidas. Cuando uno es consciente de sus propias debilidades y limitaciones se puede evitar el despreciar a nadie. Pero el hombre de hoy ha ocupado el lugar de Dios y desde esa posición, situándose en el centro del universo, considera a todos los demás como seres inferiores que tienen que girar alrededor de él.

Todos los cristianos tenemos la misión de ser “luz del mundo”; debemos ponernos al servicio del Señor para combatir la mentira que lleva al hombre a tener que estar justificándose a sí mismo continuamente y a creerse merecedor de todo lo “bueno” que  se encuentra a su alrededor; el hombre se ha convertido en un consumidor compulsivo de toda una serie de bienes materiales que, lejos de saciarle, le vacían interiormente y le llevan al desencanto y la frustración. Teniendo la vida así de desordenada,  pierde por completo el discernimiento y la capacidad de comprender lo que le sucede a diario y el porqué de las cosas;  permanece ciego al obrar de Dios en la historia personal; la dimensión espiritual está solapada, y se es lo suficientemente necio para  rechazar la mano tendida del Señor.

Jesucristo nos alerta hoy acerca del peligro de que el pecado del orgullo invada nuestro actos más espirituales, como les sucedía a los fariseos. Todo lo que hagamos estará devaluado para nosotros mismos si lo hacemos desde la vanidad o la presunción. La recompensa de estos actos se reduce a pura vanagloria.

Solo en y desde la humildad podemos ofrecer al mundo la vía de salvación de la que somos depositarios; y solamente después de haber cumplido está misión, en la voluntad del Señor, nuestro corazón podrá descansar y gozar de la presencia de Dios.

 Paz para tu vida y feliz Pascua del Señor.

Hermenegildo Sevilla

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