Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|martes, junio 18, 2019
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Algo sobre educación 

Pasado el ecuador del mes de junio, el mundo estudiantil está en plena ebullición: nervios, exámenes, notas, paso al curso siguiente… Todo en la casa gira alrededor de los hijos para facilitarles el estudio y que el sprint final produzca el éxito deseado. Sería conveniente hacer una reflexión sobre algo más importante que el éxito escolar. Estamos asistiendo a un fenómeno social que nos preocupa a nivel familiar pero que no trasciende, al menos como debiera, desde los medios informativos, me refiero a la falta de respeto generalizada en los centros escolares, sobre todo en los de ámbito público.

Conozco de primera mano lo que sucede en algunos de ellos, cómo los alumnos responden con absoluta falta de educación a los profesores llegando a insultarles e incluso agredirlos o amenazarlos. Este caldo de cultivo se ha ido gestando a lo largo de algunos años. No se puede hablar de culpables puesto que todos los implicados en el hecho educativo lo son: los padres por su permisividad, los equipos directivos por no imponer la necesaria autoridad, los profesores por aguantar en silencio, los alumnos por creer que todo les está permitido, la administración pública por imponer unas ratios altísimas de hasta más de treinta alumnos por aula, por ponerse sistemáticamente del lado de los padres cuando no tienen razón… y así de este maremágnum hemos desembocado en la situación actual, ya se sabe, esos polvos traen estos lodos.

En fin que nos encontramos ante un momento por demás difícil de enderezar, y nadie levanta la voz para reclamar una solución, es mejor callar y seguir nadando. Sólo si ocurre algo tremendo e irreversible los medios informan: cuando ha muerto un buen profesor a manos de un alumno, cuando una muchacha se suicida por ser víctima de acoso etc.

¿Hasta cuándo hemos de asistir impasibles ante este grave problema? Reaccionemos, asumamos la culpa que a cada uno atañe y sobre todo revirtamos esta realidad para que nuestra sociedad no muera por falta de principios éticos.

                                                                                   Isabel Rodríguez de Vera 

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