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Alma vacía, culto vacío y al revés 
09 de Febrero
Por César Allende

En aquel tiempo, se reunieron junto a Jesús los fariseos y algunos escribas venidos de Jerusalén; y vieron que algunos discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavarse las manos. (Pues los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos, restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores, y al volver de la plaza no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas).
Y los fariseo y los escribas le preguntaron: «Por qué no caminan tus discípulos según las tradiciones de los mayores y comen el pan con manos impuras?».
Él les contestó: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.
El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos”.
Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres».
Y añadió: «Anuláis el mandamiento de Dios por mantener vuestra tradición. Moisés dijo: “Honra a tu padre y a tu madre” y “el que maldiga a su padre o a su madre es reo de muerte”. Pero vosotros decís: “Si uno le dice al padre o a la madre: los bienes con que podría ayudarte son ‘corbán’, es decir, ofrenda sagrada”, ya no le permitís hacer nada por su padre o por su madre; invalidando la palabra de Dios con esa tradición que os transmitís; y hacéis otras muchas cosas semejantes» (San Marcos 7, 1-13).

COMENTARIO

No es nada fácil encontrar un alma vacía; por lo general todos la tenemos repleta de cosas, a veces con notable desorden.

Almas vacías de Dios es mucho más fácil encontrar. El Evangelio de hoy enseña a mirar con atención en la dirección debida para comprender la situación del alma de cada cual, y la del “alma del mundo”, de la humanidad.

El culto, la Liturgia, es un buen objeto de examen de este asunto. Con palabras de Isaías, Jesús, nos dio la clave del mal más pernicioso de nuestros tiempos: honrar a Dios con labios y manos bien higienizados, pero teniendo el corazón lejos de Él, lleva a una depauperación del espíritu que disuelve toda nuestra cultura y la reduce a vanidad, y le quita las fuerzas necesarias para afrontar la situación que tenemos.

Si la desesperanza, el desánimo, el partidismo egolátrico, el relativismo de tan corto recorrido y la desilusión invasiva de personas, instituciones y pueblos se extienden con mayor virulencia aún que los virus, la pregunta que provoca el Evangelio es si el Covid19 no es más que un “signo de este tiempo” que nos impele a una más honda prospección: mirar la alma, a la relación personal y global con Dios. Si hemos vaciado el mundo de Dios, no debiéramos extrañarnos de que se nos haya llenado de fetiches, ídolos, espejismos y fantasmas mitológicos. Con el alma lejos de Dios, de poco, de nada, sirve lavarse mucho las manos, llevar en la cara antivirus, distanciarse unos de otros… El virus del que hablamos es muchos más sutil y letal que el Coronavirus.

El remedio está en la vuelta del corazón a Dios, al que nos ama incondicionalmente en Jesucristo.

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