Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|lunes, noviembre 18, 2019
  • Siguenos!

Arrojar a Jesús fuera de nuestra vida 
31 de enero
Por Jesús Esteban

En aquel tiempo, Jesús comenzó a decir en la sinagoga: – «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír.» Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca. Y decían: – «¿No es éste el hijo de José?» Pero Jesús les dijo: – «Sin duda me diréis aquel refrán: “Médico, cúrate a ti mismo”; haz también aquí, en tu pueblo, lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún.» Y añadió: – «En verdad os digo que ningún profeta es aceptado en su pueblo. Puedo aseguraros que en Israel había muchas viudas en los días de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías sino a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, sin embargo, ninguno de ellos fue curado sino Naamán, el sirio.»

Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se seguía su camino.(Lc 4, 21-30)

1. El domingo pasado habíamos acabado el Evangelio del III Domingo del Tiempo Ordinario con aquella homilía brevísima y preciosa en la que Jesús pretendía hacerles ver que se cumplía entonces esa palabra en él, tal como estaba profetizado en Is 61,1ss. Lo cierto es que todos aprobaban y admiraban esa enseñanza de Jesús en la sinagoga de Nazaret, aunque, en el fondo, les costaba asentir de verdad en su corazón a ese mensaje y le pedían que hiciera en Cafarnaún los mismos milagros que había hecho en su tierra natal, si bien ellos mismos se daban cuenta de que lo que pedían podía ser un disparate, por lo que le atacan con aquel antiguo refrán, tachándole de un vulgar obrero, hijo de José el carpintero: “Médico, cúrate a ti mismo”, es decir, antes de realizar prodigios por ahí, procura ser una persona erudita con nosotros, algo así como cuando es nuestro refranero español decimos “Consejos vendo y para mi no tengo”, aplicado a los entremetidos que se creen capaces de saber lo que tienen que hacer los demás, mientras ellos (sabihondos de profesión) no saben por dónde se andan. Refrán este con el que se critica a los entrometidos que no dudan en ocuparse de lo que debe hacer el vecino, mientras que en sus propios asuntos no dan pie con bolo. Por eso les replica en seguida que “en Israel había muchas viudas en tiempos de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, más que a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado, más que Naamán, el sirio”.

2. Esto acabó de exasperarlos en los entresijos de su alma, y más cuando les aseguró “que ningún profeta es bien mirado en su tierra”, de modo que se soliviantaron al máximo, “se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba”.

3. Hay un par de detalles que me llaman muchísimo la atención: por un lado, la furia y el odio que se levantó en sus oyentes, hasta el punto de querer deshacerse de él empujándolo brutalmente por una peligrosa pendiente, que acabaría con su vida. ¿Cómo se puede llegar a tanto si no es porque él sabe que sube a Jerusalén, donde le harán toda serie de perrerías, burlas, escarnios, odios irreprimibles y deseos inexplicables de matarlo? ¿De qué es capaz el hombre cuando aparece con piel de oveja y basta rascar un poquito para que salga a luz la bestia que llevamos dentro? ¿No sería este motivo más que suficiente para andar con pies de plomo con nuestros amigos y enemigos, de modo que no salpiquemos nuestra vida con continuos zarpazos, especialmente contra los que consideramos nuestros enemigos, desoyendo por completo la exhortación del Señor: “No os resistáis al mal” (Mt 5,39), “no devolvías mal por mal” (1 Tes 5,15; 1 Ped 3,9; Rom 12,17)?

4. El otro detalle que nunca me he sabido explicar y me deja perplejo es la facilidad con que el Señor, en medio de toda aquella gente, dotada de un gran índice locura, trata despeñar a Jesús, “que, pasando por medio de ellos, se marchó”. Sin duda debió tratarse otro milagro, que, por menos, lo tornó invisible, cosa que, por ejemplo, no ocurrió en la lapidación de San Esteban (ver Hch 7,55ss).

5. Ninguno de nosotros está exento de dar muestras de esa locura que quiere despeñar a Jesús arrojándolo de nuestras vidas, donde el mensaje del Evangelio y la verdad nos interpelan y quieren penetrar hasta el hondón de nuestro ser y nos ponemos de perfil como si la cosa no fuera con nosotros, mirando hacia otro lado para justificar los gritos de nuestra conciencia, que no puede ni debe aceptar el mal por el mal.

Añadir comentario