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Amar a la Santísima Trinidad 
31 de Mayo
Por Juan Alonso

«En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les habla indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero algunos vacilaban. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: “Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”». (Mt 28,16-20)


Me impresionó una anécdota que escuché sobre un pequeño pueblo en Centroamérica. El párroco había convocado a una reunión al grupo de catequistas de la parroquia, todos ellos gente muy sencilla y de gran piedad. Cuando le tocó intervenir a una de las catequistas —una mujer campesina, buena cristiana y de gran empuje apostólico—, antes de iniciar su exposición miró hacia lo alto con este saludo: “Buenos días Padre, buenos días Hijo, buenos días Espíritu Santo”; después, dirigiéndose a los presentes, continuó: “buenos días a todos ustedes”. Y con este preámbulo, prosiguió su exposición.

La liturgia de la Iglesia nos invita hoy a celebrar el Misterio de Dios Uno y Trino y a adentrarnos en él. Podría parecer que no es cosa fácil; que se trata de cuestiones teológicas reservadas a teólogos especialistas o a grandes místicos. Y sin embargo, la Iglesia nos recuerda que toda nuestra vida está envuelta en este misterio sobre la intimidad de Dios que Jesús nos ha revelado. «El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo. Es, pues, la fuente de todos los otros misterios de la fe; es la luz que los ilumina. Es la enseñanza más fundamental y esencial en la “jerarquía de las verdades de fe”». (Catecismo de la Iglesia Católica, 234). «Toda la historia de la salvación —continúa el Catecismo— no es otra cosa que la historia del camino y los medios por los cuales el Dios verdadero y único, Padre, Hijo y Espíritu Santo, se revela, reconcilia consigo a los hombres, apartados por el pecado, y se une con ellos» (Ibid.)

Ciertamente, el misterio de la Santísima Trinidad supera nuestra capacidad de conocimiento, pero eso no impide que podamos conocer y tratar a Dios Padre y a Jesucristo y al Espíritu Santo, como hacía la buena catequista centroamericana.

Como señaló el Papa Francisco en una fiesta como la de hoy, en este domingo de la Santísima Trinidad renovamos la alegría y el asombro de la fe: «Dios no es algo vago, nuestro Dios no es un Dios spray, es concreto, no es abstracto, sino que tiene una nombre: “Dios es amor”. No es un amor sentimental, emocional, sino el amor del Padre, que es la fuente de toda la vida, el amor del Hijo que muere en la cruz y resucita, el amor del Espíritu, que renueva al hombre y al mundo. Y pensar que Dios es amor, nos hace bien, porque nos enseña a amar, a entregarnos a los demás como Jesús mismo se dio por nosotros y camina con nosotros. Y Jesús camina con nosotros en el camino de la vida» (Catequesis del Papa Francisco, 27 de mayo de 2013).

En un encuentro multitudinario en Venezuela, en 1975, San Josemaría dio una bella respuesta a alguien que le preguntó sobre lo que habría que decir a quienes se lamentan o quejan de que no entienden este misterio de Dios: “Cuando ellos te digan que no entienden la Trinidad y la Unidad, les respondes que tampoco yo la entiendo, pero que la amo y la venero. Si comprendiera las grandezas de Dios, si Dios cupiera en esta pobre cabeza, mi Dios sería muy pequeño…, y, sin embargo, cabe —quiere caber— en mi corazón, cabe en la hondura inmensa de mi alma, que es inmortal”. Gracias, Dios mío, porque te nos has dado a conocer, y has salido a nuestro encuentro para que podamos tratarte y amarte.

Nuestra vida cristiana está marcada continuamente por ese misterio: desde el día en que fuimos bautizados “en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”, hasta el día en que aprendimos a hacer la señal de la Cruz, pasando por las continuas invocaciones a la Santísima Trinidad que recoge la liturgia de la Iglesia o que repetimos en nuestra oración. Además, los cristianos vemos en la Trinidad el mejor reflejo y la imagen perfecta de la comunión de personas que es la familia cristiana. Como dice el Catecismo, la actividad procreadora y educativa de la familia es un reflejo de la obra creadora de Dios. La familia está llamada a participar en la oración y el sacrificio de Cristo. Y al reflejar el amor que es Dios, la familia cristiana se hace evangelizadora y misionera (cfr. n. 2205). Acudamos al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, pidiendo por todas las familias del mundo y, de modo especial, por los frutos del próximo Sínodo de la Familia.

 Juan Alonso

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