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Amar para ser felices 
21 de Octubre
Por Juanjo Guerrero

Dijo uno entre la gente a Jesús: “Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia”. Él le dijo: “Hombre, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre vosotros?”. Y les dijo: “Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque  uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes”. Y les propuso esta parábola: “Las tierras de un hombre rico produjeron una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos, diciéndose: “Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el trigo y mis bienes. Y entonces me diré a mí mismo: alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, banquetea alegremente”. Pero Dios le dijo: “Necio, esta noche te van a reclamar el alma, y ¿de quién será lo que has preparado?”. Así será el que atesora riquezas para sí y no es rico ante Dios” (San Lucas 12, 13-21).

COMENTARIO

Ante este Evangelio se impone una reflexión que pocas personas son capaces de hacer: “¿No estaré, yo, también, entre los que valoran los bienes materiales por encima de todo lo demás?” Porque una cosa es la teoría: “Amar a Dios sobre todas las cosas” y otra es el comportamiento cuando se nos presenta una lucha de intereses contrapuestos, como ocurre generalmente con las herencias.

Naturalmente, siempre se piensa que el malo es el otro y que lo que a mí se me debe es de justicia que se me entregue. Tanto valor se da a esos bienes que por ellos, se es capaz de crear odios eternos, luchas fratricidas que se prolongan por generaciones hasta que se olvida el motivo que dio origen a esa situación, pero no que hay que mantener la separación y el odio hacia esas personas.

Jesucristo, con su actitud, deja patente el poco valor de esos bienes deseados. Muestra que tan equivocados están los que estafan como los que a toda costa quieren evitar ser estafados. El amor, la cordialidad y las buenas relaciones deben prevalecer sobre el ansia de “que se me haga justicia” en todo conflicto de intereses.

Todos tenemos defectos, somos pecadores; así que la comprensión hacia los demás, el perdón y el amor en la medida en que Dios se lo conceda a cada uno son los valores que hay que mantener por encima de todo.

Ante la presencia de Dios, todos debemos hacer un sincero y objetivo examen de conciencia sobre nuestras intenciones cada vez que se vislumbra un posible conflicto de intereses.

No se debe perder de vista que, ante los ojos de Dios, yo no soy mejor que el otro. En todo caso Él es el único que puede juzgar con veracidad y justicia; de manera que dejémonos de juicios temerarios y dediquémonos a buscar nuestra felicidad en todo lo que contribuya al amor hacia los demás, sin excepción, y a Dios por encima de todo.

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