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Amor y amistad 

Hace unos años, desencantada, una chica se lamentaba: “ya no existe el amor romántico, ahora, tristemente, todo es sexo y agarre”. Me dio mucha pena su comentario, para ella era causa de profunda tristeza, porque tenía nostalgia de un amor romántico que consideraba imposible, solo un bello recuerdo del pasado. La delicadeza y el romanticismo habían perecido, anegados por la imparable ola del sexo precoz y salvaje. En efecto, para ella, en cualquier relación, todo terminaba reduciéndose a sexo. Se “agilizaban los trámites” para llegar a eso, perdiéndose así el amor cortés, y con él, no sin culpa de un cierto feminismo, todas las agradables formas de cortesía hacia la mujer. Ella las echaba de menos.

Se agilizan los trámites para llegar al sexo, y se multiplican las parejas. La estabilidad en las relaciones cada vez está más averiada. Ya ni siquiera el matrimonio parece punto final en ese proceso, considerándose muchas veces un contrato revisable, cuando no rescindible. No hay un puerto seguro en la vida afectiva de las personas y en la sociedad, estamos condenados a vivir a la deriva afectivamente hablando.

Si uno aspira a una relación intensa y efímera, todo está servido. No necesito ni siquiera experimentar el arte de la galantería, la seducción y la conquista. Me basta ahora tener una app, y con ella podemos ir directos al grano. Ahora bien, si aspiro a una relación estable, profunda, duradera, que no dé prioridad al sexo, estoy en problemas. Resulta muy difícil de encontrar, como una aguja en un pajar. Ya no basta poner a San Antonio de cabeza, pues el buen intercesor batalla para crear esas casuales coincidencias que están en el origen de cada historia de amor. Falta la materia prima necesaria, son pocas las personas, aparentemente, que tengan nostalgia del romanticismo y que deseen una relación profunda, duradera, que no tengan prisa por llegar al sexo; una relación respetuosa que no ponga por delante los vehementes reclamos sexuales.

Hay que reconstruir el tejido sentimental de la sociedad o, dicho de otra forma, tenemos necesidad de deconstruir el erotismo precoz imperante. ¿Cómo hacerlo?, ¿cómo volver a mostrar las ventajas del amor cortés, del amor galante y respetuoso, de las relaciones estables y duraderas? Se precisa una formación para el amor y la amistad. Tenemos mucha información sexual –varias veces en clase mis alumnos me han explicado gentilmente cosas que ignoraba- pero poca formación afectiva. Necesitamos una nueva formación para el amor y la amistad de forma urgente, pues la sociedad entreteje una invisible cárcel de individualismo en torno a cada uno de nosotros, y de esta prisión no es sencillo salir, y estando en ella no se puede construir el auténtico amor, que es éxtasis, salida de uno mismo por definición.

Para alcanzar ese punto espiritual, que nos permite superar el individualismo imperante, paradójicamente tenemos que mirar adentro de nosotros mismos. Es preciso redescubrir y cultivar la interioridad personal, para valorar la del otro. Necesitamos aprender a escuchar nuestra voz interior, la más profunda, pues el ruido y la disonancia ambiental nos impiden reconciliarnos con nosotros mismos, y nos enrolan en un estereotipado proyecto afectivo, a la par común y ajeno. Ser libres bien puede significar ser rebeldes respecto del masivo programa sexualmente monótono de la sociedad. Corremos el peligro real de volvernos superficiales y vacíos, simples réplicas en una monocorde cultura del sexo. El reclamo de la interioridad y de la espiritualidad nos salvará.

El amor y la amistad son aquellas realidades que convierten en maravillosa la vida. Pero ninguna de las dos es individualista, egoísta. Individualismo y egoísmo constituyen las antípodas del amor y la amistad. Pero nuestra cultura nos empuja a no mirar más allá de nosotros mismos y nuestros intereses. Se precisa una nueva educación para el amor y la amistad, una nueva propuesta vital, si no queremos perder esos dos tesoros y lamentarnos con nostalgia, como aquella chica, pensado que ya no son posibles. La opción es añorar la felicidad perdida o trabajar nuevamente para reconstruir el tejido afectivo de la cultura, ofrecer como novedosa la alternativa clásica del amor.

Mario Arroyo

Doctor en Filosofía

p.marioa@gmail.com

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