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ANDRÉS EL PESCADOR 
30 de Noviembre
Por Antonio Segoviano

En aquel tiempo, pasando Jesús junto al lago de Galilea, vio a dos hermanos, a Simón, al que llaman Pedro, y a Andrés, su hermano, que estaban echando el copo en el lago, pues eran pescadores. Les dijo: «Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres.»
Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Y, pasando adelante, vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre. Jesús los llamó también. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron (San Mateo 4, 18-22).

COMENTARIO

En este día celebra la Iglesia, la fiesta de S. Andrés, apóstol. El evangelio del día nos habla de su vocación, junto con la de Pedro, Santiago y Juan, los primeros discípulos llamados por Jesús a seguirle.

¿Quién era Andrés? Un humilde pescador del Mar de Galilea. Y ¿cómo se entiende que, a la primera llamada del Señor, las dos parejas de hermanos abandonaran todo lo que era su vida: casa, familia, trabajo, para ir tras alguien a quien apenas conocían?

Si buscamos comprender sus razones, hemos de ir al Evangelio de Juan. En el texto de Jn. 1,35 y siguientes se nos narra un episodio cronológicamente anterior pero muy vinculado al de hoy, veámoslo: Andrés y otro discípulo están hablando con Juan el Bautista, pues son seguidores suyos. De pronto, el profeta ve pasar a Jesús, y se lo muestra a ambos, diciendo: -“Este es el Cordero de Dios.” Es decir, el Mesías. Los dos discípulos siguen a Jesús. Él les pregunta: “¿Qué buscáis?”. Responden ellos: “¿Maestro, dónde vives?”. Buscan conocerle, entrar en su vida. Sabemos, por el detalle de la hora, las cuatro de la tarde, que el otro discípulo era el propio autor del relato, el evangelista Juan.

Esa tarde vivida con Jesús, hubo de ser decisiva en la vida de Andrés, pues al caer la noche, buscó a su hermano y le presentó a Jesús, convencido ya de que Él era, efectivamente, el Mesías. He aquí el secreto de la vocación de los cuatro pescadores: tuvieron un encuentro personal con Jesús en el Jordán. Volvieron con El a Galilea. Vivieron unos tres días en su compañía, envueltos en el misterio de su persona, que conocía lo más íntimo de sus corazones, les aceptaba en todas sus miserias, les ofrecía un amor gratuito y una insospechada cercanía con el Dios de sus padres. Esta fascinante experiencia cambió la vida de los sencillos pescadores.

¡Si pudiésemos nosotros ser tan sencillos como ellos! ¡Si pudiésemos dejarnos atrapar por el amor gratuito de Jesús! ¡Si fuésemos capaces de quitar la doblez interior, tanta capa de desconfianza con que protegemos nuestro corazón de los fracasos y decepciones sufridos a lo largo de la vida! ¡Ojalá!

Los que hemos tenido a nuestro alrededor, nos han defraudado casi siempre. Nosotros mismos nos hemos defraudado al tropezar con nuestras miserias. La vida misma nos ha defraudado. Hemos tenido que asumir tantos fallos propios y ajenos, que ya no esperamos un amor incondicional como el de Jesús. Si nos encontramos frente a Él, dudamos de nosotros mismos, de nuestra fidelidad; y de Él, que sea capaz de mantenernos la suya, pese a todo. Eso nos impide abrirle el corazón, sin reservas, como los pobres pescadores galileos. Somos complicados, desconfiados, y, sobre todo, incrédulos.

Sin embargo, Jesús es el mismo para nosotros que para ellos. Su invitación a seguirlo hoy, es idéntica a la que hizo en su día a las parejas de hermanos. Sólo es preciso confiar en su amor, más fuerte que nuestra debilidad. Él puede hacer, también de nosotros, pescadores de hombres.

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