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Ángel Javier Pérez Pueyo – Pasión por el Evangelio 

“Pasión por el Evangelio” es el mensaje que resonará con fuerza en todas las diócesis de España con motivo de la celebración del día del Seminario, el domingo 18 de marzo. Ángel Javier Pérez Pueyo es el director del Secretariado de la Comisión Episcopal de Seminarios y Universidades. Compartimos con este aragonés, natural de Ejea de los Caballeros, de amable sonrisa y admirable generosidad su experiencia de vida sacerdotal y sus actuales responsabilidades.

-¿Quién es Ángel Javier Pérez Pueyo?
-Soy sacerdote y nada más que sacerdote, es decir, sacerdote operario. Siempre me ha conmovido el celo y la pasión que imprimió Juan Pablo II a toda la Iglesia invitándonos a impulsar una nueva evangelización. En mi caso personal desde el carisma específico de la promoción, el acompañamiento, el discernimiento, la formación y el sostenimiento de cuantos ejercen un ministerio en la Iglesia.

-¿Qué tareas realiza como director del Secretariado de la Comisión Episcopal de Seminarios de la Conferencia Episcopal Española?
-Mi servicio es sencillamente colaborar con las diferentes diócesis espa¬ño¬las ofreciéndoles un apoyo subsidiario en la formación de los propios formadores, los equipos de pastoral vocacional y los semi¬naristas, a través de jornadas, encuentros, cursos, la elaboración de la Campaña del Día del Seminario y de la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones… Todo con objeto de ir creando una verdadera cultura vocacional en las diócesis españolas.

-Usted es sacerdote operario diocesano. ¿Cuál es el carisma del Instituto sacerdotal al que pertenece?
-La Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos del Corazón de Jesús fue fundada en 1883 por el Beato Manuel Domingo y Sol en ayuda de las vocaciones sacerdotales. A lo largo de su historia ha tratado de promover, acompañar, discernir, formar y sostener la vocación a la que el Señor llama a cada uno.

-¿Cuáles eran para Mosén Sol las claves para ello?
-La clave, en aquel momento no menos complejo y difícil que el actual, fue elevar el listón tanto en la selección como en la formación de los candi¬datos al sacerdocio. Su visión providente fue la creación de los “colegios de San José”, con el deseo de constituir un verdadero hogar donde pudieran crecer humana, espiritual, intelectual y pas-toralmente los futuros pastores.

las manos, los pies, los ojos y el corazón de Cristo

¿Qué es ser sacerdote?
-Para mí, ser sacerdote es una de las formas más reales de ser feliz; de hacer visible el Reino de Dios, de encarnar los ideales que tiene hoy cualquier joven; de hacer la voluntad de Dios y sentirse plenamente realizado; aunque parezca paradójico, de ser totalmente libre y fecundo en la vida. Es una bendición, no solo para la Iglesia sino para toda la humanidad, que siempre resultará «providente» porque Dios, ayer igual que hoy, es capaz de sacar hijos de Abrahán de las piedras para que glorifiquen su nombre. Ver para creer.

¿Cómo es el perfil del joven sacerdote en España?
-Los sacerdotes no caen del cielo, con los bolsillos repletos de estrellas, sino que nacen en el seno de una familia y crecen al calor de los diferentes grupos juveniles, comunidades cristianas, movimientos apostólicos… Son jóvenes normales, hijos de su tiempo. Sin embargo, se sienten interiormente cautivados por el Señor y su Evangelio, dispuestos a vivir su seguimiento al Señor en condiciones de riesgo, radicalidad y total disponibilidad. La mediocridad no cautiva a nadie; jóvenes que viven sin complejos (les gusta vestir clergyman como expresión de su identidad); jóvenes que aceptan su debilidad y vulnerabilidad, se saben criaturas, necesitados de la GRACIA, que es de donde proviene verdaderamente su fuerza ministerial.

-¿No se han pasado los del estudio Forbes al considerar a los curas como la «profesión» más feliz?
-Aunque haya podido sorprender a propios y extraños… yo también suscribo que, de ordinario, los sacerdotes son realmente felices. Y la razón no es otra que saber dar sentido y plenitud a la vida. Lo que distingue al sacerdote no es tanto lo que hace (profesión) cuanto lo que es (vocación), lo que representa o simboliza. Lo que le da plenitud y sentido es su proyecto de vida, que exige una respuesta a una llamada de Dios que afecta a todas las dimensiones de la vida (corpórea, afectiva, intelectual, etcétera), que pide exclusividad, entrega y fidelidad absolutas, y que es animado por una pasión: la pasión por el Evangelio.

¿Tiene sentido ser sacerdote hoy?
-Hace unos meses me llamó la atención un graffiti que vi pintado cerca del Seminario de Granada: «¡Eres normal, todavía piensas…!». Me resisto a creer que algún día haya jóvenes que no piensen, que no sientan, que no se compadezcan de tantos hombres y mujeres heridos, vacíos…, que no escuchen la voz del Señor en ellos que les invita a ser su «cirineo», a cargar con su cruz para que puedan sentirse verdaderamente amados incondicionalmente por Dios.

La vida y la misión del sacerdote sigue siendo fascinante para aquellos jóvenes que se sienten urgidos a propiciar y favorecer la armonía, el respeto, la libertad, la dignidad, la reconciliación entre los hombres y Dios… ¡Quién si no estaría dispuesto a dejar su trabajo, en muchos casos mejor remunerado que el que va a tener como sacerdote, su carrera o sus estudios a punto de terminar, su relación de pareja…! Así de fulgurante es el encuentro con el Señor. ¡Un verdadero don para quien lo recibe!

punto de encuentro entre el cielo y la cruz

-¿Qué deben tener los seminaristas?
-No basta con una cabeza bien amueblada si no tienen bien equipado su corazón. Por eso, es imprescindible cultivar también la formación humana, comunitaria, espiritual y pastoral de cada candidato. Mosén Sol no se cansó de urgir a los formadores y a los Obispos que no les ilusionara tanto el número cuanto la calidad. La meta última es lograr que los candidatos adquieran un corazón pastoral como el de Cristo que se compadece de las necesidades humanas, sale en busca de las «ovejas» perdidas y descarriadas, entrega su vida por ellas, busca servir antes que ser servido…
De ordinario, la mayoría de la gente no se adhiere a la fe por un razonamiento brillante sino por un testimonio de vida. Hay personas que hacen creíble a Dios en el mundo. Este es hoy nuestro gran desafío: «hacer creíble a Dios, hasta dar la vida si hiciera falta». Hacer de nuestra propia vida un diálogo continuo con Dios.

-Pero, si la mayoría de los jóvenes no creen ni bautizan a sus hijos.…
-Sin embargo llevan impreso en su corazón un anhelo de trascendencia y eternidad que, aunque se empeñen en silenciarlo, aflorará cuando intenten ser ellos mismos. Si lograran descubrirlo y traspasar su dintel percibirían la vida en toda su profundidad. Se sorprenderían cómo la vida de todo ser humano pende de una mirada divina que todo lo ilumina. Y es que, aunque nos neguemos a aceptarlo, hemos sido creados, como decía San Agustín, con un corazón que solo puede ser satisfecho por Aquel que lo ha creado.

Entonces, les estamos estafando…
-Efectivamente. Y no tardando mucho nuestros jóvenes recriminarán a sus padres la estafa de la que han sido objeto al haberles privado de la dimensión trascendente de su vida. La civilización del amor que propugnaba el Beato Juan Pablo II pasa por la recuperación de la dignidad y libertad del ser humano que solo Dios puede ofrecer a los que creen en Él.
Necesitamos escuchar la voz de Dios que no se cansa de repetir a cada uno de sus hijos: «Tú eres mi amado, en ti me complazco». Sé que no es fácil escuchar esta voz porque se interfieren otras muchas que atenazan nuestro corazón. Voces que, aunque en apariencia se muestran liberadoras, sin embargo conducen inexorablemente a la «autoinfravaloración» de las personas. Es la trampa del «autodesprecio», uno de los engaños más sibilinos y peligrosos que nos tiende la sociedad actual: «Eres despreciable si no logras vencer a todos y superar todos los obstáculos que se interpongan en tu carrera hacia la cima».
Cuando uno se descubre irrelevante y todo el mundo te «ningunea», cuando uno se siente despreciable e indigno de poder ser amado… cualquier tipo de adición, presentada siempre bajo un envoltorio de poder, popularidad o éxito se convierte en sucedáneo fácil y atractivo para saciar el ansia de felicidad y de plenitud de sentido que todos tenemos dentro. Ser amado, ¡llamado!, expresa la verdad más profunda e íntima de nuestra existencia.

“sé valiente y confía; María te acompaña”

A nadie se le escapa el insuficiente número sacerdotes, su envejecimiento, su irrelevancia social…
-Sin duda. Pero la mayor preocupación de la Iglesia no es de índole organizativa sino la que atañe a la identidad del ser humano. Nos recuerda insistentemente que Dios tiene escrito nuestro nombre en su corazón y nos ayuda a descubrir lo que espera de nosotros para que su proyecto de salvación alcance a toda la humanidad. Paradójicamente, este gesto de confianza y abandono, apenas imperceptible, basta para planificar y llenar de sentido la vida de todo hombre y mujer. Quien lo ha experimentado sabe que estoy diciendo la verdad.
Todo lo demás vendrá por añadidura. Sin embargo el mayor desafío que tiene ahora la Iglesia es crear entre los católicos una verdadera cultura vocacional, es decir, «vocacionalizar» todas las pastorales.

¿A que se refiere con «vocacionalizar» las pastorales?
– Esta cultura vocacional nos ayudará a descubrir que si Dios sigue llamando a cada uno por su nombre, como acabamos de indicar, y le ha dotado con la gracia necesaria para que sea testigo de su Reino en el corazón del mundo, a cada quien le tocará descubrir «desde dónde» va a contribuir y compartir lo mejor de sí mismo… De esta forma, la alegría y la paz interior que cada uno experimenta será el mejor signo de credibilidad, y la plenitud de sentido y de vida, su fruto más preciado.

¿Cuál cree que son los motivos de ese déficit de vocaciones?
-Las motivaciones del decrecimiento son múltiples. Algunas factores se circunscriben al ámbito eclesial: la ignorancia sobre los fundamentos de la fe, incluidos también los cristianos practicantes; el clima de cansancio y desencanto que se respira en algunas comunidades cristianas.
Otros son de orden sociológico, social o económico: disminución de la natalidad, menor relevancia, incremento del bienestar… También influye la secularización: la crisis de fe y de su transmisión; el repliegue sobre el bienestar interior y la autorrealización, el «culto a sí mismo» que encuentra su expresión en la New Age, etcétera.
En el mundo juvenil se ha detectado además un rapidísimo cambio antropológico, por ejemplo, la dificultad de tener que elegir definitivamente, de perseverar y de vivir en fidelidad, la incomprensión de la renuncia; el deseo de autoafirmación en el plano profesional y económico; la huida del sufrimiento y de la fatiga; la impopularidad social del celibato y de la castidad; el analfabetismo de la fe… Es comprensible que todo esto asuste a no pocos jóvenes y les mueva a descartar la posibilidad de ser hoy sacerdotes.

-El aumento de seminaristas que se forman este año en España, ¿se ha debido a la JMJ?
-Este año, efectivamente, ha habido un ligero incremento de seminaristas. Aunque todavía es demasiado pronto como para cuantificar y valorar, sí podemos afirmar que la JMJ propició en los jóvenes que participaron un encuentro personal con el Señor. Muchos han llegado a replantearse el sentido de su vida desde la fe y, no pocos, han dado y darán una respuesta generosa a Dios.
Sigo creyendo en los jóvenes. Nos han enseñado que se puede ser joven, moderno, alegre, feliz… y al mismo tiempo creyente. La Iglesia es plural y tiene mucha vitalidad. Existe una necesidad de espiritualidad y sed de sentido. Los cristianos no somos bichos raros sino que, adheridos a Cristo, podemos dar testimonio valiente de nuestra fe, siguiéndole no como francotirador, sino en comunidad. Como dice Benedicto XVI: “Que ninguna adversidad, os paralice. No tengáis miedo al mundo ni al futuro, ni siquiera a vuestra propia debilidad”.

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