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Ánimo soy yo, no tengáis miedo 
9 de enero
Por Juanjo Calles

<<Después que se saciaron los cinco mil hombres, Jesús en seguida apremió a los discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran hacia la orilla de Betsaida, mientras él despedía a la gente. Y después de despedirse de ellos, se retiró al monte a orar. Llegada la noche, la barca estaba en mitad del lago, y Jesús, solo, en tierra.Viendo el trabajo con que remaban, porque tenían viento contrario, a eso de la madrugada, va hacia ellos andando sobre el lago, e hizo ademán de pasar de largo. Ellos, viéndolo andar sobre el lago, pensaron que era un fantasma y dieron un grito, porque al verlo se habían sobresaltado. Pero él les dirige en seguida la palabra y les dice: —«Ánimo, soy yo, no tengáis miedo.» Entró en la barca con ellos, y amainó el viento. Ellos estaban en el colmo del estupor, pues no habían comprendido lo de los panes, porque eran torpes para entender>>. (Marcos 6, 45-52)

En el contexto litúrgico del tiempo de Navidad, entre la Solemnidad de la Epifanía del Señor y la Fiesta del Bautismo de Jesús, la Liturgia de la Palabra ha insertado la secuencia de la multiplicación de los panes y los peces en la ribera del lago Tiberiades según el evangelista San Marcos. ¿Por qué nos encontramos esta escena de la vida de Jesús en el marco de la celebración de los misterios gozosos de su nacimiento? Quizá para proclamar que el misterio que hemos adorado en Bethlehem que etimológicamente significa “casa de pan” se ha realizado plenamente con el nacimiento de Aquel que es el Pan vivo bajado del cielo, es decir, Jesús. Así es como lo ha contemplado el evangelista San Juan: “Este es el pan que baja del cielo, para quien lo coma no muera. Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre” (Jn 6, 51).

Pero en el gesto de saciar el hambre de la multitud descubrimos dos “signos” que nos sitúan frente a la naturaleza mesiánica de Jesús: el primero es que, en continuidad con grandes profetas como Moisés y Eliseo, también Jesús dará de comer a una multitud, ahora bien, si en el primer éxodo ofreció Dios codornices y maná, por medio de Moisés, para el pueblo israelita, en el desierto, en este nuevo éxodo ofrece Jesús panes y peces de solidaridad a los que vienen. Estamos en el centro del proyecto evangélico. Los panes y los peces compartidos (que Mc presenta de otra forma en 8, 1-10) serán el signo espejo donde se condensa y encuentra su sentido el evangelio, centrado en la experiencia de comunicación que es la Iglesia; el segundo, es que también Moisés y los antiguos israelitas nacieron como pueblo en el desierto, habiendo atravesado el gran mar (Ex 14); también ahora Jesús, como un “nuevo Moisés” caminará sobre las aguas del lago Tiberiades (“viéndolo andar sobre el lago), es decir los discípulos están ante Alguien que se atribuye prerrogativas divinas: “Ánimo, SOY YO, no tengáis miedo”. Son las palabras de Yahvé cuando ofreció su ayuda a los necesitados, orantes y perseguidos. Son palabras que repiten y actualizan el ¡Egô eimi!, soy yo, del Dios que dice su nombre y ayuda a sus creyentes ofreciéndoles su fuego (verdad) desde la zarza ardiente, por Moisés (Ex 3,14). Y es importante también señalar que estas palabras ¡no temáis! sostuvieron al pueblo israelita en el mar Rojo (Ex 14, 13). De ahí que al situarnos frente a las dificultades por las que atraviesa la barca con sus discípulos, su Iglesia en este nuevo éxodo del pueblo de Dios, Jesús haya querido confortar a sus discípulos con esta exhortación: “Ánimo, soy yo, no temáis”.

Jesús ha realizado con los suyos el gran signo de los panes de la Iglesia; ahora son ellos los que deben seguir, navegando sobre el mar de este mundo con su nueva riqueza. Jesús se nos ha mostrado en la Liturgia de la Navidad como el Pan que ha bajado del cielo para saciar el hambre de felicidad y plenitud que todo hombre lleva en su corazón, saciados con su Presencia, vivificados por su donación pascual, la Iglesia, cada uno de los bautizados, somos enviados al mundo para dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, visitar al preso, acoger a los refugiados. ¡No hay nada ni a nadie a quien temer! Por más oscura que nos parezca la noche cultural en la que vivimos inmersos, por más grandes que nos parezcan las olas que amenazan con engullir nuestras pobres y menguadas comunidades, somos invitados, una vez más, a escuchar la voz del Emmanuel: “Ánimo, soy yo, no tengáis miedo”. Con palabras de nuestro Papa Francisco hemos de decirnos a nosotros mismos que “los desafíos están para superarlos. Seamos realistas, pero sin perder la alegría, la audacia y la entrega esperanzada. ¡No nos dejemos robar la fuerza misionera!” (cf. Evangelii gaudium, n. 109).

La escena que contemplamos hoy en el Evangelio es una “parábola” que describe la situación de nuestra Iglesia actual: los discípulos se afanan en la noche, desde el atardecer hasta la cuarta vigilia, cerca ya de la madrugada. Esta es noche entera de navegación difícil (o pesca estéril). Sufren los discípulos en la barca. Pero el Jesús de la montaña pascual (oración) les ve angustiados y se acerca para sostener su travesía. Esta barca en mar adverso es imagen de la Iglesia que debe realizar su misión desde el proyecto de los panes. Es sin duda un recuerdo pascual, proyectado hacia la historia de Jesús y recuperado nuevamente en forma eclesial. La comunidad se identifica con la barca entre las olas: ellos, nosotros, los cristianos somos grupo misionero de Jesús, atrapado por el miedo, en medio de la noche. Los cristianos hoy, tras haber experimentado la cercanía y proximidad de Jesús en la liturgia de estos días santos, somos invitados a entrar sin miedo en el ancho mar de este mundo para llevar tantos náufragos la alegría, la misericordia y la salvación que Jesús nos ha traído.

El signo de los panes ofrecía a los discípulos un modo nuevo de entender y realizar la travesía de la vida. Por eso, Jesús les ha dejado en el mar, como pescadores, navegantes de pascua, peros ellos siguen ignorando y él se vuelve en su ayuda, al final de la noche. Hubiera sido mejor no tener que hacerlo; que hubieran entendido, sabiendo navegar con la seguridad de los panes. Pero no lo han hecho, siguen ciegos, y Jesús ha de venir a corregirles y curarles. La Iglesia parece amenazada, como barca que no logra pasar a la otra orilla, con Jesús en la montaña, con el viento adverso… Pero ella posee el mayor de los tesoros, los panes compartidos son signo de comunión, fuente de confianza, presencia del Resucitado. Que al celebrar la Eucaristía hoy, sintamos la Presencia del Pan vivo bajado del cielo que nos dice: “Ánimo, soy yo, no tengáis miedo”.

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