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Antonio Cañizares: «España somos un proyecto común en el que cabemos todos» 

«Cuando el Señor Nuncio Apostólico me comunicó este nombramiento del Santo Padre en mi corazón y en mi cabeza se unían un agradecimiento gozoso y grande a Dios y al Papa Francisco por la misión apostólica que se me confiaba, una aceptación con sencillez, libertad y confianza de su voluntad y una honda súplica, muy viva, de la ayuda de Dios, que tanto voy a necesitar». Es lo primero que se le pasó por la cabeza y por el corazón a don Antonio cuando le confirmaron su nuevo destino. «Me conozco mejor que nadie y sé mis límites, mis necesidades y que sin Dios nada puedo hacer, porque esto es gracia, gracia suya y obra suya, como todo en la Iglesia y en la vida», asegura el arzobispo electo de Valencia, que el próximo 4 de octubre tomará posesión de la archidiócesis.

–Pocos prelados valencianos pueden decir que son profetas en su tierra, de hecho usted es el primer arzobispo valenciano en Valencia después de más de 90 años…

–Siempre, aunque haya faltado mucho de ella, me he sentido querido, acogido y aceptado en mi diócesis, en mi querida tierra valenciana y de nuevo me han mostrado esta cercanía y afecto mis queridos paisanos al conocerse este nombramiento. Es cierto que soy el primer Arzobispo valenciano en tanto tiempo, pero, sin falsa humildad, debo reconocer que antes y ahora han habido y hay muchos otros sacerdotes valencianos que podrían haberlo sido ya; pero así son las cosas de Dios: elige a quien quiere y no siempre a los que pueden tener, sin duda, más cualidades; es el caso de David o de los Apóstoles; así se ve mejor que todo es obra de Dios y que se debe todo a Dios, que es quien lleva la Iglesia, obra suya.

–Sé que a diferencia de los políticos, los obispos no llegan con un programa debajo del brazo. Aun así, ¿qué expectativas tiene para Valencia?

–Dios lleva la Iglesia, acabo de decir, es su obra, por eso mismo mi programa no es otro que hacer la voluntad de Dios, lo que Dios quiere; y lo que Dios quiere nos lo ha dicho claramente en la carne, en la humanidad, de su Hijo: mostrar y traer su amor a los hombres, hacerlos partícipes de ese amor misericordioso, entregarse y darse sin reservas a todos, con predilección por los pobres y los últimos; anunciar esa buena noticia de su amor sin límites a los pobres y más necesitados de misericordia. En definitiva, que los hombres conozcan y sigan a Jesucristo: ese será mi programa, que ya está puesto en marcha por mis queridos y venerados antecesores y que yo debo y quiero continuar, sin rupturas de ningún tipo. Pido a Dios que me conceda y conceda a toda la diócesis como un nuevo respiro e impulso para seguir desplegando con renovado vigor, ánimo y esperanza, la gran renovación del Concilio Vaticano II, verdadero Pentecostés de los últimos tiempos. Porque Dios habla y manifiesta su voluntad en los mismos acontecimientos, y llama a cumplirla en el Vaticano II, en los Papas Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo 1, Juan Pablo II, y ahora en Benedicto XVI y Francisco. Dios nos está diciendo y señalando el camino: es cuestión de seguirlo y no de inventarse uno. Limitándonos a los dos últimos nos está diciendo: en un mundo secularizado en el que se vive como si Dios nos existiese, afirmar a Dios, sólo Dios, para que el hombre viva –es el mensaje de Benedicto XVI, incluso con su renuncia–; este Dios tiene un rostro humano, el de Jesús, Unigénito suyo, verdad de Dios y del hombre. Y en un mundo que padece una profunda crisis que, más que económica, es humana, social y moral, una crisis de verdad, el Papa Francisco nos está diciendo con gestos y palabras la necesidad de presentar la verdad de Dios y del hombres en la caridad, en la misericordia, en la cercanía y solidaridad con los que sufren de tantas maneras en lo que él llama las periferias existenciales, lugares de la inmensidad de pobrezas y sufrimientos, de las carencias y clamores de los hombres de nuestro tiempo.

–¿Y en qué se traduce esta invitación?

–Uno y otro nos están indicando que la senda a seguir es la de una nueva evangelización, una renovación profunda de la humanidad, que es inseparable de un fortalecimiento de la unidad, la comunión, y la renovación eclesial: una vez más nos sale el Vaticano II, en el que no podemos olvidar que su centro, quicio y base están en la constitución sobre la liturgia; profundizar y fortalecer la renovación litúrgica querida por el Vaticano II está en la base de lo que Dios quiere para estos tiempos como programa o ruta a seguir en la Iglesia.

–Tras conocerse su nombramiento y el de don Carlos Osoro, son muchos los que hablan de la llegada de la primavera de Francisco en España. ¿Es un análisis precipitado?

–Todos en la Iglesia, particularmente los obispos, nos sentimos llamados por lo que Dios está haciendo a través de Francisco; y, en concreto, creo que nuestro nombramiento debe situarse en ese movimiento del Espíritu del Señor y contribuir de manera decidida, y con «determinada determinación», en expresión teresiana, a que florezca tal primavera con gestos y palabras tan de manifiesto expresadas en la primera Encíclica del Papa Francisco: «La luz de la fe», y en su Exhortación Apostólica «La alegría del Evangelio». Creo que es la intención tanto de D. Carlos como la mía es ésta, y debo añadir que trabajaremos, como hasta ahora, muy unidos en ese propósito: esperanzador e ilusionante propósito.

–Después de seis años como prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, ¿qué ha aprendido de la tarea encomendada y de la Iglesia universal?

–He recibido muchísimo, me ha enriquecido grandemente mi servicio a esta Congregación. De manera particular, me ha sumergido en la importancia y centralidad de la liturgia en la vida de la Iglesia, sin la que no es posible ni una nueva evangelización, ni una reforma en profundidad de la Iglesia, ni una renovación de la humanidad. Me ha hecho vivir con pasión la urgencia de llevar a cabo la renovación profunda litúrgica querida por el Vaticano II, aún no llevada a cabo en toda su extensión y hondura. Por otra parte mi presencia aquí en Roma y en diversas congregaciones me ha hecho conocer muchísimo más la realidad de la Iglesia en los diversos continentes, la apasionante realidad de las iglesias jóvenes llamadas de misión, los sufrimientos y esperanzas de las diversas diócesis del mundo, tan distintas y tan unidas, el clamor de los pobres que se escucha de todas las partes del mundo, la urgencia de la misión, los sacerdotes, la formación, la urgencia cada día más apremiante de la gran tarea pendiente de la iniciación cristiana, es decir, de todo aquello que debe encaminarse a «hacer cristianos de verdad y gozosos de serlo», etc. Mi paso por Roma, por esta Congregación, ha sido un verdadero regalo del cielo, una gracia que nunca pagaré y un gozo inmenso de ser Iglesia, parte de esta Iglesia que, con los defectos y pecados nuestros, sus hijos, es bellísima y está siendo ese grandísimo don de Dios a la humanidad de todos los tiempos en que se perpetúa su amor inquebrantable y percibo como un gran faro de esperanza para la humanidad entera.

–Durante estos años, estar en Roma le ha permitido tener una mirada privilegiada de España. ¿Cuáles son las necesidades más apremiante de nuestro país?

–A mi modesto y leal entender, la necesidad más apremiante, honda y urgente es la de recuperar el vigor de una fe vivida, la fe, la emergencia de la educación, la superación de la quiebra humana y de la crisis moral que padece, su capacidad para generar una cultura verdaderamente humana y de solidaridad, la recuperación y el fortalecimiento de la familia asentada sobre la verdad del matrimonio, la consolidación de una verdadera democracia firmemente asentada en la afirmación de la verdad y la dignidad de la persona humana, la valoración de la cosa pública y del bien común, la conciencia de que somos una unidad o un proyecto común que aúna a todos y en el que todos cabemos y somos necesarios, creer en España y sus grandes capacidades y tener una gran esperanza de futuro.

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