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Aprendices de brujo – Un intento de reingeniería personal y social 

Los nuevos “dogmas” europeos sobre la persona y la familia

En mayo de este mismo año, el Comité de Ministros del Consejo de Europa, integrado por los representantes de los 47 países de Europa excepto Bielorrusia, al no ser admitida por incumplir los requisitos democráticos exigidos, aprobó una actualización del convenio europeo de 1967 sobre adopción de niños, que entrará en vigencia a mediados de noviembre. Según han declarado fuentes de este organismo, esta actualización obedece a la intención de “incorporar las evoluciones sociales y económicas de los últimos cuarenta años”. Hasta ahí, todo podría parecer razonable y positivo: ¿cómo no alegrarse de que mejoren un convenio para favorecer las adopciones y proteger los derechos de los niños? Sin embargo, cuando se analizan los cambios y las declaraciones de los responsables, todo cambia. El secretario general del Consejo calificó de “avance considerable” el que se abra el “derecho de adoptar niños” a personas solteras y a parejas no casadas. Más adelante explicita que además los Estados tendrán “libertad” de extender el alcance del convenio a la adopción de niños por parejas homosexuales o no, con una relación estable. Este hecho es sólo uno más del triste panorama nacional e internacional sobre la persona y la familia. En efecto, asistimos atónitos a una auténtica revolución profunda, que, si triunfase, habría logrado cambiar las raíces y fundamentos del hombre y la sociedad. No hay disparos ni barricadas, no hay asaltos a palacios, pero sí una auténtica transformación de nuestra esencia. Sólo desde un orgullo desmesurado —¿satánico?— se puede plantear este intento, que, como otras locuras de la historia humana, producirá, como ya lo está haciendo, una sociedad sin norte. En ella, millones de personas se sumen en la infelicidad al pretender vivir esas aberraciones que les han inculcado como “verdad” y buscar sentido a su vida en falsedades y principios inhumanos. “Dime de qué presumes y te diré de qué careces”. Este antiguo y sabio refrán castellano viene como anillo al dedo a la situación actual. Se asumen como banderas todos los valores más nobles que nuestra sociedad recibió como herencia de la religión cristiana —libertad, justicia, etc. — y se retuercen para justificar sus manejos. En nombre de la libertad se imponen las mayores arbitrariedades; en defensa de la igualdad se imponen discriminaciones aberrantes; apelando a la justicia se castiga o se premia el mismo caso según los intereses del poder, etc. En esta sociedad, es donde se plantea el gran reto actual, la “recreación” del hombre. En efecto, se trata nada más y nada menos que de negar al hombre, varón y mujer llamados a la unión conyugal, y reconvertirlo en el hombre (¿?) sin sexo, ya que su naturaleza ya no contaría, pues sería fruto exclusivo de su voluntad la decisión de qué ser, mediante la elección de una “orientación” vital que sería su auténtica realidad. Es la llamada ideología de género. Esto supone que no existen ni el varón ni la mujer, tampoco el matrimonio o la familia, sino que existen seres con distintas orientaciones: hombre atraído por hombre (homosexual), mujer atraída por mujer (lesbiana), hombre atraído por mujer o mujer atraída por hombre (heterosexuales), hombre o mujer atraídos por hombre y por mujer (bisexuales), etc. En consecuencia tampoco existe el matrimonio (unión de un hombre y una mujer), sino que existirían distintos tipos de “familias” según las distintas orientaciones de sus promotores. En este nuevo ámbito tampoco tienen sentido la limitación a “parejas”, y podrían aparecer la poligamia u otras alternativas. Esto, que hace tan sólo unos años parecía una locura, está tomando carta de naturaleza en nuestra sociedad y conformando la nueva “ortodoxia pública”: la misma que los medios de comunicación muestran y promueven y que desde los poderes públicos quieren forzar a nuestros hijos a aprender y aceptar en la asignatura Educación para la Ciudadanía. Los mismos que proclamaban la necesidad de abolir cualquier valor moral de los que el poder debía promover y defender —por ejemplo, hace años se eliminó del Código el delito de escándalo público por “obsoleto”—, ahora usan los resortes del poder para imponer sus ideas “morales”, arrogándose los derechos que sólo los padres tienen. Este proyecto de refundación humana basado en la “ideología de género”, que ha surgido de grupos feministas radicales y adoptada posteriormente por el “lobby gay”, avanza a pasos agigantados. En los momentos actuales, sus defensores no dudan en usar todos los medios a su alcance a fin de lograr su triunfo, desde la propaganda en los medios de comunicación hasta los poderes públicos nacionales e internacionales. En la misma ONU se intenta imponer a los países del tercer mundo el aborto y la anticoncepción masiva, incluyendo prácticas de esterilización forzada o engañosa, mediante presiones, subterfugios, declaraciones, condicionamiento de ayudas, etc., cuando lo que está ocultamente detrás es un nuevo y feroz impulso neomaltusianista. El panorama es desolador. Puede parecer a simple vista que todo está perdido y mejor es no buscarse líos, que es inútil luchar, puesto que tarde o temprano esto se impondrá en todo el mundo. Sin embargo, en la historia hemos asistido a numerosas situaciones donde la ausencia de esperanzas humanas no ha hecho rendirse a todos. Desde el Imperio Romano, donde unos pocos cristianos se negaban a adorar al emperador, hasta los muchos que soportaron las persecuciones, pasando por los que supieron resistir en la Rusia comunista o en la Alemania nazi a la enorme presión totalitaria que englobaba a toda la sociedad, donde todo parecía indicar la victoria definitiva del comunismo o el nazismo sin esperanza de que cambiasen las cosas, son miles los que han plantado cara al abuso del mal. Es decir, allí donde el hombre es capaz de apoyarse en una esperanza superior, puede resistir frente al poder político y social. En España asistimos atónitos a una aplicación radical de este proyecto transformador, con una tremenda presión social y mediática. Llama la atención la eficacia del aparato de propaganda actual, el cual permite presentar como bueno y moderno, y sobre todo como promotor de nuevos derechos cualquiera de estos pasos hacia el suicidio social. Frente a ello es necesario y urgente profundizar en nuestra fe, en nuestros valores, en el sentido común. Debemos ser conscientes de que no es que la sociedad cambia o evoluciona, sino que todas estas aberraciones que cualquier persona con un poco de sentido común consideraría absurdas sin más, hoy están siendo impuestas gracias a una tremenda campaña de promoción política, social y cultural, basada en unos medios de comunicación aplastantes que “catequizan” día y noche en este sentido. Puede que en ocasiones no sea fácil. Puede, es probable, que nos tilden de cualquiera de los epítetos que usan —y concienzudamente diseñan— para imponer sus ideas y atemorizar y acomplejar a los que no comulgan con su proyecto; pero hay que estar preparado para ello y no dejarse arredrar. En cada ocasión que sea conveniente, y siempre que sea necesario, es necesario dar testimonio y no dejarnos imponer por estos nuevos “dogmas”. Frente a los que buscan imponernos política y mediáticamente, incluso a nuestros hijos mediante la “Educación para la ciudadanía”, hay que insistir en la verdad sin miedo alguno. Sólo la verdad “nos hará libres”. Aunque a veces la verdad y la libertad nos puedan causar incomodidades e incluso perjuicios, merece la pena, siempre.

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