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Apuesta por el Señor 
20 de Agosto
Por Hermenegildo Sevilla

En aquel tiempo, se acercó uno a Jesús y le preguntó: «Maestro, ¿qué tengo que hacer de bueno para obtener la vida eterna?»
Jesús le contestó: «¿Por qué me preguntas qué es bueno? Uno solo es Bueno. Mira, si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos.»
Él le preguntó: «¿Cuáles?» Jesús le contestó: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y ama a tu prójimo como a ti mismo.»
El muchacho le dijo: «Todo eso lo he cumplido. ¿Qué me falta?» Jesús le contestó: «Si quieres llegar hasta el final, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres –así tendrás un tesoro en el cielo– y luego vente conmigo.» Al oír esto, el joven se fue triste, porque era rico (San Mateo 19, 16-22).

COMENTARIO

Las personas que disponen de dinero en abundancia, por lo general, están acostumbradas a rodearse de lo mejor, a moverse entre lo selecto y aspirar a lo que la mayoría no puede tener. Sin embargo, les puede ocurrir que, en medio de tantos bienes materiales, pierdan discernimiento acerca de lo verdaderamente valioso.

Al joven rico, del evangelio de hoy, no le pasa esto, pues tiene claro que lo más importante para él es tener la vida eterna. Está rodeado de dinero, pero experimenta en su interior la imposibilidad de vivir en plenitud y que el dinero no le vale para satisfacer esta necesidad. En medio de esta frustración le pregunta a Jesús como puede conseguir esa vida plena, en definitiva, la vida eterna. Jesucristo le revela que el camino para lograr este deseo pasa por cumplir los mandamientos. Sin embargo él, que creía cumplirlos, no llegaba a esta plenitud. En su vida material estaba acostumbrado a conseguir todo lo que quería, pero su espíritu estaba mermado. Jesús le presenta una verdad acerca de sí mismo. Es su apego al dinero el que le impide acceder a la vida eterna: “Si quieres llegar hasta el final vende lo que tienes, da el dinero a los pobres.” El joven rico se siente impotente y triste. El evangelio no nos revela si este personaje vencería, a lo largo de su vida, esa resistencia a la voluntad de Dios. Lo importante es que, como siempre, la Palabra de Dios es viva y eficaz para nuestra vida y el combate al que estamos llamados, en el que bastantes veces parece vencer el demonio. No debemos caer en la tentación de pensar que esto es cosa de héroes, o que renunciar a determinadas cosas en favor del otro es algo inalcanzable para nosotros. Se trata más bien de empezar a dejar huecos en nuestra agenda diaria para las necesidades de los demás, para aquellos que caminan por la senda del vacío y el sin sentido.

Hoy nos dice Jesús que Él es el camino que lleva a la vida eterna, y Él está en los más necesitados, en aquel para el que no tenemos tiempo. Es necesario e imprescindible seguir sus huellas, dejando atrás todo aquello que nos desvíe de su camino. Jesucristo es el faro que nos guía. No nos dejemos deslumbrar por otras luces engañosas que pone el demonio, como auténticas trampas mortales.

El problema del joven rico no era tanto su dinero, como que en él tenía depositado su corazón. Puede ser este pasaje una ocasión excelente para que nos preguntemos en qué tenemos puesto hoy nuestro corazón, qué hay en nuestra vida por encima del Señor. A veces, por pura misericordia, el Señor nos pone acontecimientos para sacarnos de alguna esclavitud en la que hayamos caído, como a Abraham. Cuando esto suceda, pensemos que Dios nos ha bendecido, no castigado. Porque el Señor es siempre un Padre de amor, no un monstruo que se recrea en hacernos daño. El demonio tratará, por todos los medios, de convencernos de esto último. En la voluntad del Señor recibiremos el ciento por uno, es verdad segura y comprobada. Que nuestra oración diaria sea: “Enséñame Señor a liberarme de las cosas que me retienen y me impiden seguirte más de cerca.” En el fondo eso era lo que el joven rico le estaba pidiendo a Jesús.

El joven rico, como el mundo de hoy, no quería renunciar a la “seguridad” que proporciona el dinero. Ignoraba que lo único seguro en la tierra es la muerte y en el cielo el amor de Dios. Pero en la naturaleza humana reside un foco de resistencia a abandonarse a la providencia diaria de Dios y, aunque hayamos sido testigos de que nunca falla, como el pueblo de Israel en el desierto, seguimos resistiéndonos. En esta resistencia se encuentra la frontera entre la libertad y la esclavitud. El demonio quiere que siendo esclavos nos creamos libres. Es el corazón quien toma las decisiones. Podemos, siendo pobres, tener actitudes y pensamientos de rico.

Jesús quiere que el joven rico y cada uno de nosotros descansemos de las preocupaciones materiales y del afán por planificar y controlar nuestra vida para que podamos abandonarnos a la providencia divina y pisar así suelo de vida eterna.

El Señor no nos quiere burgueses, acomodados al cumplimiento de una serie de preceptos, muchas veces adaptados por nosotros mismos a nuestras necesidades y caprichos. Nos empeñamos tantas veces en llevar una vida de viejos, aburrida, mediocre y chata, cuando Jesús nos llama a la juventud de vivir en la voluntad de Dios, en la que cada día es diferente y nuevo, siempre regado con el maná de su amor y misericordia. El peor engaño en el que podemos caer es preferir lo efímero y perdernos en lo intrascendente y puramente carnal.

Que nuestra vida sea una continua apuesta por el Señor.

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