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“Aquí estoy, Señor, toma mi vida” – Monasterio carmelita de la Madre de Dios, en Fontiveros (Ávila) 

En un apacible lugar de la estepa castellana, mientras el sol abre perezoso la mañana, ocho mujeres estrenan el nuevo día con aclamaciones al Dios de misericordia. Es tanto su amor que hacia él confluirá cada pensamiento y acción de la jornada. Son las hermanas carmelitas de la Antigua Observancia del convento Madre de Dios en Fontiveros, el pequeño pueblo de la provincia de Ávila que tiene el honor de haber sido cuna de San Juan de la Cruz.

Herederas de la bendición, son tierra fecunda que, regada con el agua de la gracia, da flores y frutos de intercesión por toda la humanidad. Su vida es un corazón enamorado y desprendido que busca poner en práctica en todo momento el lema carmelita: “Vive Dios en cuya presencia estoy”. Y aunque pueda parecer que su generosa entrega pase desapercibida a los ojos del mundo, e incluso de los mismos cristianos, como ocurre con las catedrales, cuyo autor nadie recuerda, su obra permanece incólume para mayor gloria de Dios, por encima de tiempos y generaciones.
Es Fontiveros sin duda un lugar muy especial para la orden carmelita, y en general para la vida contemplativa, por el magnífico patrimonio histórico y religioso que atesora. Esta comunidad carmelita hunde sus raíces en un grupo de mujeres piadosas que posteriormente se unieron a la orden. “Tenemos un libro donde se registran las profesiones de fe de las monjas desde principios del 1.500, y en el que ya se hace alusión a la priora de Fontiveros de 1520. Hasta una de las profesiones está firmada por el puño y letra de Fray Antonio de Jesús Heredia, el compañero primero de San Juan de la Cruz en la reforma. ¡Esto es una joya! También conservamos un libro en el que se hace referencia al santo fontivereño como venerable, lo que significa que es anterior a su beatificación en el año 1675”.
El convento de la Madre de Dios estuvo enclavado en un primer momento fuera del pueblo, curiosamente cerca de la laguna cenagosa donde cuentan que cayó de niño el santo y místico carmelita, y fue la mismísima Virgen María la que le quiso rescatar, pero él, viendo a la hermosa señora que le ofrecía su mano, la rehusó por temor a ensuciársela, ayudándole finalmente un labrador a salir. “Años más tarde, en plena reforma carmelita, Santa Teresa de Jesús se hospedó aquí de paso para fundaciones” desvela con admiración la madre priora, Sor Mª del Pilar de la Trinidad.
Sin embargo en 1609 un incendió obligó a las hermanas a cambiar de ubicación, en la actual casa donde se encuentra. Todavía se conserva la escritura pública original de aquella adquisición por un importe de 600 ducados.
tu voluntad es mi delicia
Las monjas de clausura son el corazón de la Iglesia y constituyen un tesoro para toda la comunidad cristiana. Su fe profunda y amor sincero es imagen de Cristo orante en el monte. “Es un estímulo pensar en tantas almas como han pasado por aquí durante siglos y una responsabilidad a la hora de dejar el testigo de una comunidad tan antigua… Todo ello nos empuja a vivir nuestra vida en seriedad, con alegría y paz, ¡claro!, pero dentro de la fidelidad al carisma que hemos recibido, y más en estos tiempos tan especiales”.
La vida de cada una expresa su propio fiat –como María- con todas las consecuencias que supone ser de Dios, ser pertenencia suya. “Tú das la vida al Señor y él la emplea para lo que quiere”, dice la Madre. Viven alegres en medio de duras pruebas, de momentos de incertidumbre, de precariedad económica… Y es que donde hay espíritu del Señor, hay libertad. “La gente no se explica cómo puedo ser feliz sin libertad. Pero no saben que soy más libre aún que antes, pues en el Señor uno siente la completa libertad” apunta la hermana María Carmela de la Cruz.
Como María de Betania estas ocho mujeres han elegido la mejor parte, y a los pies del Maestro escuchan sus palabras. Dios es su fundamento y en todo lo reconocen como el Padre amoroso y providente que es. ¿Por qué a mí? Nunca hay razones que expliquen el motivo de la elección divina sobre uno y menos aún méritos que la justifiquen. Es un misterio que desborda. “El Señor llama a quien quiere, donde quiere y a la hora que quiere. Esa es nuestra experiencia”, reconoce la hermana María Carmela de la Cruz.
“La vocación es una obra de la gracia. No es algo estático sino un bullir del Espíritu Santo. Parece que el ritmo de la vida es el mismo pero no es igual. Como dijo el Señor:”Cada día hago nuevas todas las cosas”, y nos anima porque él estará todos los días con nosotros hasta el fin del mundo. Somos testigos de que se ha cumplido en nosotras la Palabra de la Escritura que dice:”El que deja padre y mi madre, hermanos… por mí recibirá el ciento por uno en esta vida, y después, la vida eterna”, apunta la hermana Fátima María de la Resurrección.
Hace unos años el Espíritu Santo inspiró a la madre priora a solicitar refuerzos fuera de nuestras fronteras debido a la avanzada edad de muchas hermanas. La respuesta ha sido fecunda y generosa: dos hermanas de la República Dominicana junto a cuatro de Filipinas conviven en comunión fraterna con las únicas dos españolas.
“Queremos vivir la contemplación tal y como dice la Iglesia, nuestra madre y maestra. Para nosotras respetar la regla y la observancia nunca puede ser un peso, si así lo fuera intentaríamos quitárnoslo de encima, sino una ayuda. Si es la voluntad de Dios que Fontiveros siga para adelante, en sus manos estamos. Él lo hará; pero sin componendas ni mangas anchas para que entren más hermanas. No. Así solo se destruiría”.
gozad con el Señor los de corazón sincero
La oración litúrgica y personal es el fermento de la vida de una carmelita. Se levantan a las 6 de la mañana, y media hora más tarde acuden al coro para rezar el oficio de lectura y las Laudes, seguido de una hora de oración personal. A las 8:30 es la Misa, el centro de la jornada, y al finalizar se reza Hora Tercia. Tras el desayuno cada una se dirige a su trabajo, el cual va rotando cada semana; bien en la cocina, el lavadero o la costura, o también en los pequeños trabajos manuales. A las doce se reza puntual el Ángelus y las labores continúan hasta las 13:00, que comienza el rezo de la Hora Sexta. Después viene la comida y el recreo también en comunidad, de 14 a 15 horas. “Me gusta mucho la vida en familia, por eso ayudamos entre todas a quienes les toca fregar para estar más tiempo juntas. Si hace buen tiempo salimos por la huerta”, cuenta la madre priora.
A las 15 horas comienza la hora libre pero en la celda: descansar, escribir, leer… A las 16:00 se reza Hora Nona, se ensaya un poco del canto, y de nuevo a las labores particulares. A las 18.30 se dan las tablillas: “Esta costumbre debe ser del tiempo de Santa Teresa de Jesús o incluso anterior a ella. Son dos pequeñas tablas de madera que se baten una con la otra: ¡Clas, clas, clas! y se dice una sentencia, diez minutos antes de ir al coro. La tañedora, la monja encargada cada semana, recita, por ejemplo: “Alabado sea nuestro Señor Jesucristo y la Virgen María, su madre: A oración, hermanas, a alabar al Señor”. Entonces sabemos que tenemos diez minutos para estar listas en el coro y rezar Vísperas junto con una hora de oración personal”.
A las 20:30 horas se sirve la cena y al finalizar hay una hora de recreo en comunidad. A las 22 horas se inicia Completas, a las que los jueves añaden una oración especial por los sacerdotes, dando por finalizada la jornada. Antes de entrar en las celdas, de nuevo la tañedora recita una sentencia espiritual, elegida acorde con el tiempo litúrgico correspondiente. con objeto de que cada hermana la medite al acostarse. En Cuaresma sería, entre otras: “Hermana, ve a la escuela del Calvario, que es donde mejor se aprende lo que Dios ha amado al mundo y lo que el mundo le ofende”. O en la festividad de Pentecostés: “Hermana, has de vaciar tu alma de todo lo que no es Dios, si quieres que a ti descienda el Espíritu de amor”. En los días cercanos a la festividad de la Virgen del Carmen, acompañan a las tablillas sentencias como: “Si al Carmelo te acogiste de María, Bella Planta, si no has venido a ser santa, dime hermana, ¿a qué viniste?”
una medida generosa, colmada, remecida, rebosante…
Que Dios lo es todo para ellas se adivina en el buen temple de cada uno de sus rostros, a cuál más feliz y sereno. Su vida es una respuesta esponsal a Cristo, esposo de la Iglesia, que se deshace en detalles de amor por cada una. “Nuestra felicidad siempre es purificada, marcada por la cruz. Vivo cada día el abandono en esa mano del Padre que realiza su voluntad sobre mí -señala Sor Fátima de la Redención-. ¡Son tantos los detalles de amor de parte del Señor! Las monjas somos las mimadas del Amado. La Madre dice que yo soy la monja de la providencia; ¡es que yo sé que el Señor no falla! Vivimos pobremente de lo que el Señor nos da y de sencillos trabajos manuales como pintar telas, hacer broches y adornos para el pelo…, pero nuestra experiencia es que damos por una mano y recibimos por otra. Un día estaba en la cocina y dije: “Señor, no tenemos más fideos. Estoy segura que tú los traerás”. A los dos días recibimos por el torno una caja de fideos. Y así con todo”.
A lo que añade la hermana Rosa María de Jesús: “El Señor está respondiendo a la oración mientras dura la necesidad. Donde terminan las posibilidades empieza la confianza”.
Tú derrotas a mis adversarios
Al igual que sucede con cualquier otro cristiano, la fe en cada carmelita es probada como oro al crisol. No se puede alcanzar el amanecer si no es por el camino de la noche. Por eso las hermanas no se amedrentan ante los apuros y las tentaciones, pues ponen de manifiesto la omnipotencia de Dios: “Claro que he tenido alguna noche oscura, dificultades y problemas. No pueden faltar, porque ayudan a madurar, pero hay que ser humilde y pedir ayuda a Dios. Como priora les digo que no tenemos que asustarnos si caemos, pero debemos levantarnos, con la gracia de Dios. Lo mejor es olvidarse de una misma. A mí misma y a las demás digo: ¡Calla, no te hagas caso! Tú vive la vocación tocando el suelo, que es el Señor el que construye la casa”.
“El Maligno tienta a todo hijo de Adán y Eva, y nosotras no somos menos. Se combate sobre todo con la oración, aunque la formación también es muy necesaria”.
“El demonio me engaña –confiesa la Hermana María Carmela de la Cruz- presentándome mi debilidad En las dificultades me dice claramente: “Si tú no puedes, ¿dónde vas?”. Pero yo le digo: ¡Claro que yo no puedo, pero con el Señor sí! Entonces rezo y combato”.
como tú, María , luz de mi alma
En el Carmelo, María es la Madre., de ahí que cada religiosa lleve el nombre de María, la Señora del lugar, al principio o al final. “Para mi la Virgen María es la que ha hecho que yo esté aquí, lo arregló todo perfectamente. ¡Todo lo ha hecho ella en mi vida!” relata emocionada la hermana María Margarita de la Madre de Dios.
Asimismo el apellido religioso que acompaña al nombre es como un programa de vida, identifica la existencia de quien la lleva. La hermana Rosa María de Jesús relata que una noche, apenas acababa de entrar como monja de clausura, oyó una voz que, como a Samuel, le llamaba “Hermana Rosa Mª de Jesús” por tres veces: “A la mañana siguiente la madre priora delante del Sagrario, curiosamente me dice: “Si quieres llamarte Rosa María de Jesús, este es el momento”. Me quedé de piedra y desde entonces es mi nombre”.
La Madre María del Pilar de la Trinidad es la priora, a sus 71 años lleva 18 años ejerciendo este servicio. “Mi sueño era colocarme en una oficina, y por suerte conseguí empleo en una notaría. Cuando tenía 19 años escuché que anunciaban una misión popular por los jesuitas y allí acudí con mis amigas. A partir de entonces algo en mí comenzó a cambiar; ya no me llenaba el ir al cine o de paseo. Un día pasé por la Iglesia de las Maravillas y entré. Por gracia de Dios se me acercó un padre carmelita, quien me dijo después de comentarle mi inquietud sobre la vocación: “Aquí hay madera de monja”. Mi familia se sorprendió. Cuando entré en el convento mi madre me recordó que yo de pequeña siempre le decía: ¡No sé cómo la gente se casa y es capaz de dejar a sus padres…! Estaba claro que yo solo pude dejarles por Dios, por ningún otro tendría fuerza para hacerlo. Llevo cincuenta años de monja, cuarenta en este convento, y soy muy feliz. ¡Este es mi sitio!”
“En mi vida no hay más deseo que el de agradar a Cristo, pase lo que pase y suceda lo que suceda. Como dice San Juan Bautista “Él tiene que crecer y yo menguar”. Cuando como priora he visto la situación del convento tan difícil, con tan pocas monjas y tan mayores, he dicho: ¡Señor, si tú quieres, que se cierre. Llévanos donde tú digas! Primero, ser fieles, y luego lo que el Señor quiera”.
La Hermana María Margarita de la Madre de Dios es la mayor de todas. Nacida en 1923 en Viloria del Henar, un pequeño pueblo de la provincia de Valladolid, lleva 65 felices años de monja carmelita.
“Mi vida era muy piadosa pero a los 18 años sentí propiamente la vocación. Al principio encontré mucha oposición por parte de mis padres, tanta que tuve que dejar la idea durante un tiempo, aunque seguía por dentro. Llegó un día en el que decididamente pensé que mi vida era ser monja. El día de Año Nuevo de 1947 fui con mis padres al santuario de la Virgen del Henar, que está a 3 kilómetros de mi pueblo. En la confesión le conté al sacerdote la llamada pero también la disconformidad de mis padres, y él me dijo: “No te preocupes, cuando salgas de la confesión, pídele a la Virgen que prepare el corazón de tu madre”. Así lo hice y en la misma puerta de la iglesia me dijo mi madre: “Hija mía, si quieres ser monja, por la parte de tu padre y por la mía puedes irte cuando quieras”. ¡No me lo podía creer, era un milagro de la Virgen! Estaba tan contenta que no sabía si llorar o reír. Les di un abrazo a cada uno y dije: “Sí padres, sí quiero, ¡y me voy de monja de clausura!”.
El 28 de marzo de 1947 entré en el Convento del Carmen de Piedrahita (Ávila). Recuerdo que llovía a cántaros. Bajé del coche bastante mareada por el viaje, pero cuando se abrieron las puertas del convento se me pasó toda molestia. La noche más feliz de mi vida fue la que primera que dormí en el convento. ¡Ya estoy aquí, ya estoy en casa! le decía al Señor. Y a partir de ahí, contenta y feliz. Después, por situaciones que Dios permite, me trajeron a Fontiveros ¡Y esto es el disloque!”.
La Hermana María Justina de Jesús tiene 46 años y es una de las tres hermanas filipinas que se incorporaron a la comunidad en el año 2008. “Una amiga de la familia entró en un monasterio carmelita, y de vez en cuando iba a visitarla. Poco a poco crecía mi interés por la vida contemplativa, hasta que en un momento dado me planteé ser monja. A los 17 años ingresé. Una vez allí supe que mi madre le había pedido al Señor tener una hija religiosa”.
“Para mí ser carmelita es dejar a Dios ser Dios de mi vida; que Él la dirija. Cuando nos dijeron que se necesitaban hermanas para Fontiveros me ofrecí voluntaria. Estoy muy contenta de estar aquí, aunque las primeras semanas me costó adaptarme al idioma, la comida y sobre todo al frío, al que no estaba acostumbrada. ¡Menos mal que el Espíritu nos calienta el alma!”.
La Hermana María Carmela de la Cruz, también nacida en Filipinas, tiene 40 años y es la más joven de todas. “Entre mis padres y mi hermana me ayudaron a discernir sobre la vocación. Mi hermana ingresó en un monasterio carmelita y cuando iba a visitarla me animaba a quedarme: ¡Vente conmigo, que aquí la vida es impresionante! Pero yo lo rechazaba. Un día le conté a mi hermana que sentía una inclinación por la vida religiosa y me aconsejó hablar con un sacerdote. En 1995 entré en el mismo monasterio de mi hermana y desde entonces siento una alegría que nunca la he experimentado fuera. Aquí también soy muy feliz”.
La Hermana María Cintia del Sagrado Corazón de Jesús reconoce ante todo que Dios es fiel. Nació hace 50 años en Filipinas, y, al igual que las otras hermanas, ha tenido que defender duramente su vocación. “Recuerdo de pequeña que una tía mía quería entrar en el monasterio pero mi abuelo no le dejaba. Me llamó tanto la atención cómo defendió valientemente su vocación, que yo también quería ser monja como ella.. Pero en casa trataban de quitarme la idea de la cabeza. A los 19 años visité a mi tía en el monasterio por primera vez, pues antes no me dejaron, y ya no pude frenar la llamada. A los 22 años acudí con mi madre a un retiro en el monasterio y aproveché para pedir los papeles para el ingreso. Necesitaba obligatoriamente la autorización de mis padres pero mi padre se resistía. Finalmente me la firmó. Él estaba convencido de que en cualquier momento abandonaría la clausura y volvería a casa, por eso todos los días esperaba mi regreso, como el padre del hijo pródigo. Pasaron los años y cayó muy enfermo. Pedí permiso para volver a casa y cuidarle, pero al verme me dijo: “Vuelve al monasterio, que ese es tu sitio, y me dio su bendición”. Murió feliz de que yo fuera monja”.
La Hermana María Josefina de la Resurrección es comparada unánimemente por las hermanas con la figura de Jacob, siempre en lucha. Apenas hace ocho meses que llegó de Filipinas y da muestras de un encomiable interés por aprender la lengua e integrarse plenamente en nuestra cultura y tradiciones.
“Mi abuela había sido monja pero se salió y se casó. Yo crecí con el deseo de continuar con su misión. Ha sido una lucha titánica: como era pequeña todavía para entrar en el convento, tenía que seguir estudiando, pero a la vez debía trabajar para pagar los estudios. Como mi salario aumentaba, me daba miedo que la atracción por el dinero me hiciera perder interés por mi vocación. A veces, incluso me llegué a plantear el matrimonio. Así estuve durante cuatro años, desde los 13 hasta los 17. Finalmente ganó la llamada”.
Cuando el pasado año recibieron en su convento de Filipinas la petición no dudó en ofrecer su disponibilidad. Aprender a rezar en la lengua de Cervantes era una deuda que albergaba su corazón. Con un castellano entremezclado con inglés, pero mucha emoción, cuenta cómo las primeras oraciones escuchadas en su vida fueron recitadas en español. “Mi madre no sabía leer ni escribir, pero de niña le enseñaron a rezar a través de unas oraciones en español que se sabía de memoria. Solo recuerdo estar todos juntos repitiendo las oraciones, porque yo era muy pequeña y no las pude memorizar. Siempre quise rezar como mi madre, pero en la escuela pública no nos enseñaban religión católica. Ahora en España he recordado esas oraciones, sobre todo aquellas que decía cuando había tormenta”.
La Hermana Rosa María de Jesús es de la República Dominicana. Nació hace 63 años en una familia de 13 hijos. “De niña yo quería mucho a unos ancianos que se los llevaron a una residencia de monjas para ser atendidos. Crecí con la idea de ser también yo monja para cuidar a los viejitos pero mis padres intentaron quitarme esa idea de la cabeza, prohibiéndome tajantemente que así fuera. A los 16 años ya tenía novio formal y comenzamos a preparar todo para la boda. Se trataba de un chico de muy buena posición social, y con mi matrimonio se abría una puerta para toda la familia. Pero quiso Dios que fuera yo a un retiro espiritual, en el que sentí en mi corazón cómo el Señor decía: ¡Muchacho, quítate que yo me pongo!, y a la vuelta a casa le dije a mi padre que yo no me podía casar. ¡La que se formó! Al final mi padre cedió y respetó mi decisión. Dejé al muchacho y me apunté a dar catequesis. Pasado el tiempo conocí a unas monjas carmelitas de vida activa y sentí que ese era mi sitio. A los doce años de monja, cuando estaba todo preparado para realizar mi profesión solemne, sentí que el Señor me llamaba seriamente a la vida contemplativa”.
“A las 14:00 terminé mi trabajo en el hospital y a las 16:00 entraba en la clausura. Esto me demuestra que Dios es Dios y lo que quiere lo hace. Llevo 33 felices años de monja de clausura; quince en el Monasterio de la Vega en Santo Domingo y 18 aquí en Fontiveros. En estos 45 años de vida religiosa he sido muy feliz. Lo que me ha dado la felicidad es el cumplimiento de la voluntad de Dios.
“Cuando era religiosa activa –prosigue- pensaba que estaba loca por querer ir a un convento de clausura desde donde no podría hacer apostolado. Al llegar aquí he comprobado que allí iban mis manos y mis pies, y aquí va mi corazón. Yo doy la vuelta al mundo entero todos los días, lo que en la vida activa no podía hacer. Allí estaba en el hospital, en el orfanato, dando clases, catequesis … en una misión concreta. Pero aquí el mundo entero me interesa. Ahora precisamente estoy orando por Europa, pero hasta las dos de la tarde estaba en Santo Domingo y a partir de las seis estaré en Oceanía. Cada cuatro horas doy la vuelta al mundo con una intención determinada. Hoy rezo por los que tienen cargos y responsabilidades; otro día por los que sufren… En general por todos los creados a imagen y semejanza de Dios”.
La Hermana Fátima María de la Redención también dominicana, lleva 18 años formando parte de esta comunidad. El próximo mes de mayo cumplirá sus bodas de plata de vida religiosa. Para ella la llamada es una respuesta a la gracia del Señor. “Le debo mi vocación a las oraciones de mi madre, pues yo viví un tiempo alejada de la Iglesia y oía a mi madre decir con nostalgia: “Señor, ¿no te vas a fijar en una de mis hijas?”. Mira por dónde, dos de sus cuatro hijas somos carmelitas”.
“El Señor me ha protegido de muchos peligros; una vez en el convento lo he descubierto. Recuerdo que había un chico muy guapo y muy rico al que yo le gustaba. El Señor quiso que no fuera fácil estar juntos pues en la universidad, cuando yo tenía libre, él estaba ocupado, y al revés. Eso me hacía fácil la lucha, pues me gustaba el chico pero al mismo tiempo sentía también la llamada. Una vez, bailando con mi hermana mayor en la discoteca comprendí que el Señor me estaba vaciando para llenarme de él. Ya nada me interesaba que no fuera Él. Como no sabía muy bien por dónde tirar, seriamente le pedí al Señor, que me dejara ver clara su voluntad. Al poco me dijo mi madre que me habían mandado un folleto del convento de la Vega de parte de su prima monja. ¡A mí personalmente!, cuando yo era la única de mis hermanas que nunca había ido a visitarla. Esto fue la confirmación de que la llamada era real y fuerte”.
“Estando en el retiro me arrodillé delante del sagrario y comencé a llorar sin saber porqué. Entonces dije: “Sí, Señor” y fui transformada. El Señor me arrebató del mundo en tan solo tres meses. Mi tía me dijo: “Cuídate y prepárate para la lucha porque Satanás está rabioso contigo, eres una presa que le han arrebatado”.
“El 5 de octubre, fiesta de las Témporas entré en el convento. ¡Estaba feliz! Sentía que Él me pedía mi vida completa para Él. Todos los días le contesto a su llamada diciéndole: Señor, aunque sea poco, que lo dé todo, que no me reserve nada para mí. Que te sea fiel hasta en lo pequeño”.

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