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Así vuela el Papa: sencillez y buen humor, pero ningún trato especial 

Habla con cada persona a bordo en cada vuelo, incluidas las azafatas.

Cuando Francisco emprendió su primer viaje como Papa subió al avión llevando en la mano una vieja cartera negra. La novedad hizo que la foto diese la vuelta al mundo. También intrigó a sus acompañantes rumbo a la Jornada Mundial de la Juventud en Río de Janeiro y, en el vuelo de regreso, un periodista le preguntó qué llevaba.

La respuesta fue típicamente suya, una mezcla de buen humor y sencillez. Refiriéndose implícitamente al presidente americano, contestó: “¡Desde luego no llevo las claves de las bombas atómicas! Yo siempre he llevado mi cartera. ¿Qué hay dentro? Pues la máquina de afeitar, el breviario, la agenda, un libro para leer… Me sorprende que la foto haya dado la vuelta al mundo. Tenemos que ser normales.Tenemos que acostumbrarnos a la normalidad”.

La normalidad significa, para Francisco, utilizar los asientos habituales en cada avión, rechazando que los cambien por otros mejores, comer el mismo menú que todos los demás pasajeros –incluidos los bocadillos de chorizo de la Philippine Airlines- y no pedir nunca nada. El único preparativo especial de las aerolíneas consiste en colgar delante del asiento 1A una foto de alguna imagen de la Virgen que tenga relación con el viaje.

Lo que no es normal es el ambiente de alegría que Francisco crea en el avión. Quizá porque siempre se acerca sonriendo. Quizá porque en cada vuelo saluda uno por uno a todos los periodistas y todos los miembros de la tripulación. A las azafatas suele regalarles rosarios o medallas. Y el fotógrafo del Vaticano se asegura de que todos puedan contar con varias fotos de recuerdo.

La única diferencia en el modo de viajar del Papa es que se le ahorra el desplazamiento en coche desde el Vaticano hasta Fiumicino, y la espera antes del despegue. El Papa hace un vuelo brevísimo en helicóptero, aterriza a veinte metros del avión y, en cuanto sube a bordo, se cierra la puerta. Dos o tres minutos después, el aparato empieza a rodar.

El avión, un lugar de trabajo

Al regreso, en cambio, se aterriza en el pequeño aeropuerto de Ciampino, cerca de Castel Gandolfo. Sus predecesores solían ir en helicóptero hasta el Vaticano. Francisco va siempre en coche y, por el camino, se para en la basílica de Santa María la Mayor para dar gracias a la Virgen. A la vuelta de la Jornada Mundial de la Juventud en Río, inolvidable por los encuentros con tres millones de jóvenes junto al mar en Copacabana, Francisco dejó como exvoto sobre el altar un balón de playa con los colores de Brasil.

Para el Papa, el avión es un lugar de trabajo. Además de rezar el breviario y el rosario, estudia y revisa los discursos. Sobre el texto escrito aprobado de antemano, añade los comentarios “improvisados”, los más eficaces a la hora de comunicar. Francisco no da puntada sin hilo. La mayor parte de las veces la “improvisación” es totalmente deliberada.

Los colaboradores del Papa, junto con los gendarmes y guardias suizos representan el 30 o el 40 por ciento de los pasajeros. El resto son periodistas, y el Papa les dedica tiempo. Si se trata de un vuelo largo y el avión tiene dos pasillos, suele estar casi una hora de pie en el de la izquierda, mientras los periodistas van pasando a saludarle y hablar en privado.

En aviones pequeños con un solo pasillo, Francisco pasa a saludar a cada uno en su asiento. Como la conversación ya no es privada, los saludos son más breves. Para una persona de 78 años con problemas de articulaciones y columna, doblarse a estrechar la mano de 60 o 70 personas sentadas es un esfuerzo muy notable.

Algunos le hacen pequeños regalos. En el vuelo hacia Corea del Sur, una periodista española le regaló una caja de azucaradísimas yemas de Santa Teresa para animarle a viajar a Ávila, “donde hay muchas más”. Poco después Francisco se quejaba al otro periodista español: “Sí, su compañera me ha dado las yemas… ¡Pero no me ha dado la medicina para el hígado!”.

A veces va a la cabina de los pilotos. Le invitaron a hacerlo, en el vuelo hacia Corea del Sur, cuando el avión entró en el espacio aéreo de China. Era la primera vez que Pekín daba un permiso de sobrevuelo, que había negado a Juan Pablo II.

A veces hay momentos de riesgo. El pasado sábado, en Tacloban, epicentro de la zona devastada por el supertifón “Yolanda” en noviembre del 2013, la llegada del tifón “Amang” obligó a adelantar el horario y hacer los recorridos a la carrera para abandonar la isla de Leyte a la una de la tarde. El avión del Papa consiguió despegar. El avión del Gobierno, con los altos cargos a bordo, lo intentó poco después, cuando “Amang” golpeaba con más fuerza, y se salió de la pista.

Felicita los cumpleaños

Los momentos más divertidos son siempre las conferencias de prensa, en tono coloquial. En el vuelo de Colombo a Manila, Francisco comentó que el tercer borrador de su encíclica sobre ecología lo están revisando en paralelo la Congregación de la Doctrina de la Fe, la sección exterior de la Secretaria de Estado y el teólogo de la Casa Pontificia“para asegurarse de que yo no diga muchas tonterías”.

En todos los viajes el Papa agradece el trabajo de los periodistas,que muchos días tienen que levantarse a las cuatro o las cinco de la mañana para salir hacia el aeropuerto o viajar en autobús a lugares a los que el Papa se desplaza en helicóptero.

Siempre felicita a los que cumplen años, pero al regreso de Manila hubo una sorpresa. Valentina Alazraki, la corresponsal de Televisa de México, que es la decana de los vaticanistas con más de cien vuelos en su historial, celebraba un cumpleaños “redondo”.

Al final de la conferencia de prensa, Francisco la sorprendió con unaenorme tarta de cumpleaños –“que es para todos”- con una única vela que representaba el número cero “para mantener el secreto”. Le regaló también un precioso nacimiento de cerámica compuesto por tres figuras blancas. Al entregárselo le dijo “Pero no abras el paquete ahora, que son cosas muy delicadas. Aquí tiene esta foto de lo que va dentro”.

El gesto no tenía precedentes, y Valentina se quedó sin palabras. Los demás periodistas rompieron en un aplauso. El Papa se estaba comportando como un caballero.

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