Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|miércoles, junio 26, 2019
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Atentado yihaidista en París 

Poco se puede añadir a lo mucho que ya se ha dicho sobre la barbarie sufrida por los franceses. Sin embargo, al pensar en las enseñanzas de Jesús, tal como se relatan en los Evangelios, me ha surgido una duda razonable sobre la “calidad” de mi cristianismo.

En efecto; si entre los fallecidos o heridos graves se encontrara alguno de mis hijos ¿pondría en práctica los consejos evangélicos?:  “Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces? Dícele Jesús: `No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete´”(Mt. 18,21-22)

“…y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores” (Mt. 6,12)

“Pues yo os digo (Jesús): Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan” (Mt. 5,44)

Francamente, tengo serias dudas sobre cuál sería mi comportamiento. Desde luego, seguir a rajatabla el camino marcado por el Maestro para todos sus seguidores, no creo que me fuera posible hacerlo. Perdonar es tanto como olvidar, no tener en cuenta el mal recibido, abrir los brazos al hermano ofensor.

Por otra parte, si espero que Dios me perdone todas mis ofensas tal como yo perdono… ¡aviado estoy!

Y ya, lo que considero que es el colmo y me rebasa totalmente es eso de “amar a los enemigos y rezar por los perseguidores”.

Ante esta situación, me cabe la posibilidad –que no me gusta nada- de interpretar la palabra de Dios acomodándola a mis criterios, lo que considero un sucio fariseísmo totalmente inaceptable.

Entonces ¿qué hacer? Creo que Dios sabe que lo que se nos dice es imposible para el hombre, dada su naturaleza caída. Pero, también conoce que tenemos libertad suficiente para desear o no alguna cosa, por inalcanzable que sea. Así pues, no me será imposible desear que se me conceda un corazón capaz de perdonar y amar en la infinita dimensión que nos aconseja Jesús en su Evangelio; es decir perdonar y amar como lo hace Dios, como sólo Él es capaz de hacer.

Por todo ello, estoy seguro de que si rezo con asiduidad solicitando de Dios el don inmenso de poder perdonar y amar, tal como indica Jesucristo, antes o después, me será concedido.

Claro que mi deseo de llegar a tener tal corazón ha de ser sincero, meditado, constante y, previamente, he de poner ante el Señor mi debilidad, mi incapacidad y mi inclinación al mal con el deseo de aborrecer cuanto de pecado hay en mí. O sea, he de humillarme, de doblegar mi orgullo.

Pero, mientras me niegue a considerar la posibilidad de perdonar y amar a tales personas, mientras no encuentre atractiva la propuesta de Jesús, estaré condenado a odiarlas. Eso supone un enorme perjuicio para mí, pues los consejos de Jesucristo son los que nos indican la senda de la felicidad; pues no en vano nos ha creado y sabe perfectamente cómo somos y qué es lo que nos conviene para alcanzar la dicha.

También he comprendido que cuando Jesús habla se dirige a cada persona, a su corazón, no a las instituciones. Esto significa que es compatible el perdón y el amor individual con la acción social de impartir justicia.

En definitiva, dudo que haya muchos cristianos de verdad entre los que se consideran a sí mismos como tales. Hombres y mujeres con absoluta fe en el Señor.

“Pero, cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra?” (Lc. 18,8).

                                                                                                                     Juan José Guerrero.

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