Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|jueves, junio 20, 2019
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Atraeré a todos hacia mí 

Volver a Dios es obra de la gracia, que a veces actúa como una dentellada, como un ataque; la pura gracia es la que nos hace volver los ojos a Él. Él nos amó primero; antes de nuestro grito, Él salió a buscarnos; cuando estábamos perdidos, Él nos encontró. Volvemos por Cristo, Él es la gracia que nos hace volver al Padre. La respuesta al enigma, el final de todas nuestras búsquedas, en el fondo de todas nuestras pérdidas, está en el Crucificado.

¿Por qué un crucificado nos confirma como hombres y nos atrae a Él? Porque nos revela la condición propia que nos atormenta, porque esa imagen verdadera de mí misma es la que me atrae, me obliga a mirarla, a enfrentarla. Ecce homo. Esa soy yo. Ese rostro herido es el mío. Este Dios crucificado nos revela a nosotros mismos. Este dice de nosotros. El hombre se ha encontrado a sí mismo en Él, clavado en una cruz y escarnecido. Tú eres mi verdadero rostro.

Pero el Crucificado también nos revela la condición referencial de la existencia, pues en Él por primera vez hombre y Dios riman, se miran y se reconocen. Él nos revela lo que somos y nos abraza hasta allí donde nosotros no podemos ni llegar, y nos dice: “Tú eres a quien yo amo”; y eso nos eleva desde el polvo, nos alza de la basura (Salmo 112,7), nos atrae de las lejanías en las que estamos perdidos.

El amor es el que nos llama, con voz de cascadas y a voces, y logra atraernos. “Así te amo, y porque te amo, te salvo. Te amo así, como tú eres; como tú me ves a mí así te veo yo a ti y te amo. Herido, sin apariencia, sin belleza alguna, ¡te amo! Te atraigo a mí.” Cristo es la Presencia amorosa que salva. Solo un amor tan total es capaz de atraernos, de doblegar nuestros pasos erráticos, de torcer los caminos equivocados, de llamar a gritos al que, perdido, ya no oye.

Nos hace falta haber visto al amor arrastrado, hecho cordero, sin aspecto atrayente, siervo nuestro, abajado hasta la tierra por nosotros, para atraernos. Hemos necesitado ver un amor sin fisuras, sin condiciones, sin retoques, sin decorados, absolutamente bello y bueno, para ser atraídos definitivamente hacia Dios. Este amor herido es la respuesta que esperábamos y es lo que nos hace volver. “Cuando sea alzado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 8,27; 3,14). Es a Él al que llegamos para preguntarle adónde vamos, quién soy yo, dime quién eres. “Ven, pues, Señor Jesús… Ven hacia mí, búscame, encuéntrame, tómame en brazos, llévame”.

 

M. Prado
Monasterio de la Conversión

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