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Aunque es de noche 

Aunque es de noche, repite una y otra vez el alma a la que Juan de la Cruz presta su voz. Nuestro místico recoge sus propios impulsos para hablarnos de la necesidad que tiene el alma enamorada de saciarse de Dios. Él es la fuente, el manantial de aguas vivas, como nos lo hace saber por medio de Jeremías (Jr 2,13). Solo en las aguas vivas sacia su sed ese “algo de Dios” que todos llevamos dentro (Gn 1,27).

Aunque es de noche y la oscuridad se impone al alma, esta sabe de la fuente; por eso, y repito, aunque es de noche, sale en su búsqueda. Resuena en lo más cristalino de su ser el tintineo de las aguas que mueve los pasos y los ritmos de todo buscador. Todo él, cuerpo y espíritu, está convulsionado por la voz inmaterial que se ha entrelazado, como si fueran dedos, entre todas y cada una de sus entrañas. Es entonces cuando el alma se levanta altiva porque altivas, por sus derroches y abundancias, son todas las obras de Dios. Hablamos de la inmensidad insondable de lo que es infinito.

En este ámbito de resonancia, todo buscador de Dios descubre atónito tanto el Misterio de lo alto como el suyo propio, entrando así en lo que podría llamarse la esfera de un conocimiento sublime que desemboca en pertenencia (Flp 3,9). El hombre se descubre perteneciente a Dios no en cuanto dependiente sino en cuanto partícipe de su Ser. En este sentido decimos que todo lo que un ser humano descubre de Dios, lo descubre también reflejado en sí mismo. Podríamos incluso atestiguar que un hombre vale tanto cuanto lo que ha descubierto de valioso en Dios. Sólo desde esta riqueza encontrada, también apropiada, aprende a adorar a Dios como impulso natural. Es una adoración no sujeta a horas ni lugares o espacios sagrados. Se adora desde lo divino que hemos descubierto en nosotros mismos, casi siempre en plena noche, y que da a la adoración esa calidad de espíritu y verdad de la que Jesús hizo mención (Jn 4,24).

La experiencia de la noche como abismo en el que el hombre alarga y extiende sus manos queriendo palpar, una y otra vez, lo que muchos llaman vacíos absurdos pero que terminan por acariciar  un rostro…, el de Dios, está bellamente expresado en sus más variadas formas a lo largo de la Escritura. Vamos a centrarnos en una de ellas cuya hermosura es sencillamente indescriptible. Me estoy refiriendo a un encuentro que tiene tres protagonistas: Dios, el alma y la noche. Encuentro que nos ofrece  el Cantar de los Cantares (5,2-7).

La primera escena que encontramos en el texto es la de una alcoba en cuyo lecho descansa la esposa. Entregada al sueño de la noche, se encuentra en la etapa del sopor: duerme y vela al mismo tiempo (v 2a). Quizás el autor nos esté confesando la naturaleza de la tentación que acosa a toda alma hambrienta y rastreadora de Dios. Es el sopor de la debilidad, de la constatación de la inmensa distancia existente entre los anhelos y aspiraciones del alma y la realidad que se impone a sus ojos. Es una situación casi de asfixia a causa del sueño cargado de fantasía, idílico, que supone para ella la llamada a ser del Ser. En el fragor de la tentación resuena la Voz inmaterial de Dios, la de Aquel  que el tentador nos hace creer como  utópica, no existente. Sin  embargo, la ha oído. “La voz de mi amado que me llama: ¡Ábreme, amada mía!” (v 2b).

Nadie jamás ha podido, ni siquiera intentado, dar cuerpo a la tonalidad o sonido de la Voz…, es inmaterial y, como tal, irreconocible incluso para los aparatos más sensibles de la tecnología punta inventados para recoger hasta los sonidos más imperceptibles. Se oye, se escucha, y su resonancia tiene fuerza hasta para cambiar la dirección de una vida; sin embargo, es incatalogable, no se mide en decibelios. Lo más que se puede decir es que los que la perciben alcanzan a conocer a Dios. Es una voz que se prolonga en el tiempo y que se convierte en la columna vertebral de la propia existencia. No es un espejismo, ya que estos, igual que todo lo que está sujeto al tiempo, tienen un principio y un fin. Es… es la voz del amado que resuena en el alma “haciéndola suya”. Este su hacer se explica porque es palabra operante tal y como la define el apóstol Pablo: “No cesamos de dar gracias a Dios porque, al recibir la Palabra de Dios que os predicamos, la acogisteis, no como palabra de hombre, sino cual es en verdad, como Palabra de Dios, que permanece operante en vosotros, los creyentes” (1Ts 2,13).

Antonio Pavía

 

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