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Ayuda a tu hermano 
30 de octubre
Por Juan Sánchez

«Un sábado, entró Jesús en casa de uno de los principales fariseos para comer, y ellos le estaban espiando. Se encontró delante un hombre enfermo de hidropesía y, dirigiéndose a los maestros de la Ley y fariseos, preguntó: “¿Es lícito curar los sábados, o no?”. Ellos se quedaron callados. Jesús, tocando al enfermo, lo curó y lo despidió. Y a ellos les dijo: “Si a uno de vosotros se le cae al pozo el hijo o el buey, ¿no lo saca en seguida, aunque sea sábado?”. Y se quedaron sin respuesta». (Lc 14,1-6)


Un evangelio para todos nosotros hoy, un termómetro para medir nuestros miedos en nuestra actitud evangelizadora. La primera cuestión que vemos es que Jesús se relaciona con todo tipo de personas, no margina a nadie. Está con las gentes de la calle y también con personas “principales” como este fariseo que ha invitado a Jesús a comer en su casa. No tiene miedo a estar con pecadores, con personas mal vistas, y siempre se deja ver en todos los ambientes en los que Jesús sabe tiene que realizar su misión.

En esta ocasión el evangelista nos hace la observación de que los fariseos estaban espirándole, esperando verle cogido en la contradicción para atacarle. Relata el evangelio: “Se encontró delante un hombre enfermo de hidropesía y, dirigiéndose a los maestros de la Ley y fariseos, preguntó: ¿Es lícito curar los sábados, o no?”. Jesús no se esconde: al contrario, les pregunta directamente. En realidad está mostrando que cualquier momento es apropiado para ejercer la caridad. En el sábado los judíos no podían hacer actividad alguna, pero con la nueva pregunta dejará muy clara cuál es la actitud del hombre religioso que se preocupa por el prójimo. A la primera pregunta los fariseos guardaron silencio y ahora Jesús «…tocando al enfermo, lo curó y lo despidió. Y a ellos les dijo: “Si a uno de vosotros se le cae al pozo el hijo o el buey, ¿no lo saca en seguida, aunque sea sábado?”. Y se quedaron sin respuesta».”

Sin duda, estamos ante una escena equivalente a la que ocurre en tantos lugares el domingo, el Día del Señor, tan idóneo para realizar obras de caridad y misericordia con los hermanos. Los fariseos habían puesto la ley, el precepto, por encima de la persona, y Jesús nos invita a mirar siempre con ternura, con amor, al otro y a ayudarle, poniendo incluso por delante en momentos puntuales la realización de buenas obras frente al cumplimiento en la asistencia a la liturgia.

Otra lección maravillosa de este evangelio: no tener miedo al qué dirán, seguir siempre nuestra conciencia como guía. Estos días las imágenes y crónicas durísimas sobre los refugiados y emigrantes de tantas zonas del mundo nos interpelan: ¿cómo puedo colaborar ante tanta catástrofe? Es una pregunta que sobre todo tiene que ayudarnos a no caer en la insensibilidad. Tanto sufrimiento, y televisado continuamente, nos puede llevar a un pesimismo pasota e incluso a cierta indiferencia. Tenemos que ver cómo podemos ayudar a esos hermanos, intentando no perder de vista que es el mismo rostro de Cristo el que contemplamos en esos desterrados. Y tenemos que actuar con la certeza de quien sigue a Cristo, que murió en la cruz como un delincuente, pero que con su resurrección llenó de esperanza el mundo.

Y a esa esperanza es la que la Iglesia nos invita a agarrarnos. A no tener miedo de ser testigos de Cristo, aunque no sea a veces “políticamente correcto”. Y una nota más: no se trata simplemente de actitudes solidarias: es algo mucho más fuerte: ayudar al hermano, compadecerse del otro, es sobre todo tener la certeza de estar evangelizando, anunciando el Amor de Cristo, el Reino de Dios, a esas personas. Y no podemos cesar en el empeño evangélico.

Pidamos a Dios, por mediación de la Virgen María, que nos ayude a ser sembradores de esperanza, a mirar al otro con misericordia, a ver en el prójimo al mismo Cristo. El nos acompaña en nuestra misión.

Juan Sánchez Sánchez

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